jueves, 2 de enero de 2014

Capítulo 9.


9

           Pedro pensó en cómo iba a extrañar Paula a los camareros que supieran que tomaba café caliente en invierno y té helado en verano. Y también tendría que comer sola en los restaurantes o lo que era peor, con algún tipo que la miraría con las mismas ideas que él estaba teniendo en ese momento.

-          Os traeré las ensaladas y el té en un instante -dijo Janice antes de volver a la cocina.

          Pedro miró a Paula, sin saber qué decir por primera vez en toda su vida.

          Ella se inclinó hacia adelante y la perla se ocultó bajo el escote de su vestido.

-          ¿Recuerdas la vez que pusimos peniques en los raíles del tren?

          Él miró la zona donde la perla había desaparecido antes de desviar la vista sabiendo que no debería mirarla allí en un sitio público.

-          Sí, me acuerdo.

-          Nunca se lo he dicho a nadie.

-          No yo tampoco.

-          Eso fue hace veinte años, Peter. Tú y yo hemos mantenido ese tonto secreto durante veinte años porque los dos tenemos el mismo sentido del honor. Por eso es por lo que te he pedido ayuda a ti. Sé que guardarás el secreto.

-          Juraría que los dos estáis tramando algo -dijo Janice al posar los dos tes helados, las ensaladas y el cesto del pan-. ¡No sois un poco mayores para planear travesuras?

-          Se acerca el aniversario de mis padres - dijo Paula-. Treinta y cinco años.

-          ¡Ajá! Y vais a darles una fiesta sorpresa.

-          Podría ser.

-          Mis labios están sellados -dijo Janice-. Pero asegúrate de invitarme.

-          Desde luego.

          En cuanto se fue, Pedro se inclinó hacia Paula. El aroma de su colonia le asaltó dándole ideas que no debería tener cuando se inclinó para que nadie lo escuchara.

-          ¿Ves lo complicado que se puede poner? Ahora vas a tener que darles una fiesta a tus padres para que no sospechen.

          Ella se encogió de hombros y los tirantes del vestido se movieron.

-          No importa. Es una buena idea de todas formas.

          A Pedro le cosquillearon los dedos de ganas de deslizarle los tirantes y bajarle el vestido.

-          Supongo que te estarás quedando helada, ¿no?

-          La verdad es que no.

          Paula alzó las manos para apartarse el pelo mojado y el movimiento le alzó los senos. No había duda de que no llevaba sujetador.

          Pedro se dijo a sí mismo que no se estaba excitando. Definitivamente no.

-          Deja que vaya a buscar una camisa de franela que tengo en la furgoneta.

-          No la necesito. Estoy bien. Pero él necesitaba taparla.

-          Podría ir de todas formas. Por si acaso - insistió él empezando a levantarse.

-          Peter, no quiero la maldita camisa, ¿de acuerdo? Quiero poner en marcha este proyecto. Siéntate y dime lo que has pensado.

          Él la miró con la mente en un remolino. Debería decirle lo de Mitch y Randy. De verdad debería hacerlo.

-          ¡Aquí está el rollo de carne! -anunció Janice-. ¡Dios santo! ¡Si no habéis probado las ensaladas! Debe de ser una fiesta muy especial la que estáis planeando.

-          No te lo puedes ni imaginar -dijo Paula, apartando el plato de ensalada-. Déjalo ahí y lo comeremos todo junto.

-          Ya podéis dejar los platos limpios o no os traeré postre -los regañó Janice-. Y Sally ha hecho hoy pastel de albaricoque.

          En cuanto Janice desapareció, Paula se inclinó hacia adelante de nuevo.

-          Eso me recuerda -susurró- que he estado aprendiendo las cosas más sorprendentes en esos libros. Por ejemplo, el uso de aceites aromáticos. ¿Sabías que te dejan la piel como el melocotón?

-          No.

          A Pedro le estaban comprimiendo los pantalones cada vez más.

-          ¿Has leído algún libro sobre el tema?

-          No.

-          Pues hay algunas ideas maravillosas en ellos. Deberías echar un vistazo.

          Pedro perdió el control del tenedor, que chocó en el plato.

-          No creo que me haga falta.

-          ¡Por Dios bendito! Los hombres y su ego. Supongo que podrías aprender algo.

-          Gracias, pero prefiero mi propia intuición.

-          De acuerdo, pero ésta es la oportunidad perfecta para que veas esos libros sin que nadie lo sepa. Cuando yo me vaya, me los llevaré y te quedarás solo.

-          No creo que vaya a olvidarme de tu partida con facilidad.

          El brillo de diversión desapareció de los ojos de ella.

-          ¡Oh, Peter! Lo siento. No quería decir una cosa así. Ya sé que te encantaría hacer lo mismo.

-          Yo no diría eso. Y alguien tiene que cuidar del rancho. Ya noté el invierno pasado que mis padres cada vez están más torpes.

-          ¿Les has insinuado alguna vez que no querías hacerte cargo?

-          Es que sí quiero hacerme cargo. Han luchado mucho por levantar ese negocio y mantenerlo. Se morirían si tuvieran que venderlo a unos desconocidos cuando ya no pudieran trabajar -la miró a los ojos-. Si tú fueras hija única, ¿te irías a Nueva York?

          Paula estaba a punto de decir que sí cuando vaciló.

-          Probablemente no. Es una suerte que mis hermanos quieran quedarse aquí para toda la vida -dirigió una mirada de simpatía a Pedro-. Puedes venir a verme cuando quieras. Te enseñaré Nueva York a fondo.

-          Gracias. Quizá te tome la palabra.

-          Podríamos pasarlo de maravilla. Iremos a lo alto del Empire State, a la Estatua de la Libertad, a Central Park y a Times Square. Prométeme que irás a verme, Peter. ¡Sería maravilloso!

-          De acuerdo. Te lo prometo.

          El corazón se le encogió al pensar lo bien que lo pasarían para después tener que regresar y dejarla allí.

-          Me siento mucho mejor sabiendo que vendrás a verme. Supongo que siempre he soñado ver esas cosas contigo. Hasta puede que espere a que vayas para hacer algo de turismo. Así lo veremos juntos por primera vez. Y hasta podríamos ir a un restaurante caro al menos una vez y...

-          No pienso llevarte a un restaurante caro a menos que comas algo más que ahora.

          Paula miró a su plato y agarró el tenedor.

-          Supongo que estoy distraída. No puedo pensar en otra cosa que en mi viaje y en prepararme para él -alzó la vista hacia él-. Peter, sé que crees que estoy loca por querer hacer eso antes de irme.

-          No, no estás loca.

          Pedro posó el tenedor y dejó de intentar comer.

          Dios, estaba preciosa. No bonita, atractiva o pasable, sino preciosa. Nunca se lo había admitido a sí mismo antes, pero probablemente siempre lo hubiera sabido a un nivel inconsciente.

-          ¿Entonces lo entiendes?

-          Sí.

          Paula lanzó un suspiro de alivio.

-          Gracias a Dios. Me preguntaba cómo podría convencerte.

-          Ya estoy convencido.

-          ¿Entonces vas a ayudarme? ¿Buscarás a alguien y me lo presentarás?

          Quizá Pedro hubiera sabido todo el tiempo lo que tenía que hacer o quizá sólo hubiera necesitado tiempo para asimilar la verdad. Pero ahora no podía verlo de otra forma. Era peligroso, extremadamente peligroso y había muchas cosas en juego. Sin embargo, era la única respuesta y él era lo bastante hombre como para cargar con las consecuencias.

          Inspiró con fuerza.

-          No tengo que buscar a nadie. Ya sé quién lo hará.

-          ¿Lo sabes? -los ojos le chispearon y se sonrojó-. ¿Quién?


-          Yo.













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Feliz año!! Espero que hayan empezado con toda el 2014. Acá les dejo 2 capítulos y les aviso q empieza la parte interesante ;). Comenten acá o en mi tw (@LasPepitasDePau) y avisenme si quieren que les pase la nove 

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