15
Paula nunca
había visto a Pedro tan rígido salvo cuando le había dado un golpe de calor después
de haber montado todo un día a caballo sin sombrero. Normalmente estaba cargado
de energía y ahora permanecía inerte en sus brazos. Por otra parte, la
experiencia de amar a Pedro la había excitado de nuevo. Por fin había
experimentado cosas que hasta el momento sólo había leído y sentía que se había
abierto un nuevo mundo ante ella. Estaba lista... para más.
Miró
entonces su cara relajada.
-
Pedro, ¿te he hecho daño?
Él esbozó
una débil sonrisa.
-
En absoluto.
Paula le
acarició el pelo de la frente.
-
Estás muy quieto.
-
Tus libros deberían explicarte por qué.
-
¿Ha sido tan bueno?
-
Sí, Pau, lo ha sido.
-
Me alegro -sonrió en la oscuridad-. Me estaba
preguntando si lo había hecho bien.
-
Extremadamente bien.
-
Estupendo -se cambió de postura-. ¿Te molesta si te
beso de nuevo?
-
¿Dónde?
-
Pedro abrió los ojos de golpe.
-
En la boca. ¿Dónde pensabas?
-
No estaba seguro. Para ser virgen, tienes unas ideas
sorprendentes.
Ella frotó
los labios contra los de él.
-
Me lo tomaré como un cumplido.
-
Lo era.
Paula posó
sus labios sobre los de él jugando con su lengua. Al principio, la respuesta de
Pedro fue perezosa, pero gradualmente el ritmo de su respiración aumentó.
Mientras la temperatura del beso pasaba de cálida a ardiente, él le abarcó un
seno frotándolo con dedos seguros. A Paula le palpitó el cuerpo y gimió
apretándose contra su virilidad.
Pedro apartó
la boca un poco.
-
¡Oh, Pau! Me estoy poniendo duro de nuevo.
Ella bajó la
mano.
-
Déjame...
-
No -le atrapó la mano para detenerla-. Tenemos que
parar. Pensé que estaba tan saciado que podía juguetear sin excitarme
demasiado, pero me he equivocado. No confío en mí mismo si empezamos de nuevo.
A ella se le
tensó el cuerpo de anticipación.
-
¿Me poseerías?
-
Hay muchas posibilidades -alcanzó el tirante de su
vestido-. Vamos a poner esto en su sitio.
-
Paula apenas podía creer que fuera ella la que hiciera
una sugerencia tan descarada, pero no quería que aquella noche terminara nunca.
-
Estoy segura de que tendrás preservativos en casa. ¿Por
qué no me llevas a casa, vas a buscarlos y vuelves?
Él se detuvo
en el acto de cubrirle los senos.
-
Verás, yo también te deseo -murmuró ella. Pedro se
estremeció y estrujó la tela en la mano-. Y queda mucho tiempo antes de que
amanezca.
-
Él lanzó un largo suspiro y buscó la cremallera de su
vestido.
-
Probablemente sea una estupidez, pero prefiero
ajustarme a lo que habíamos quedado. Sólo tendrás la experiencia de perder la
virginidad una vez en la vida y quiero que sea muy especial.
-
Podríamos hacerlo especial esta noche.
-
No lo suficiente. Dame la oportunidad de cortejarte un
toco. Déjame comprarte flores y quizá una botella de buen vino.
-
¿Debería comprar lencería o algo?
-
La lencería estaría bien -le colocó la perla entre los
senos-. Y ponte esto. Me gusta la forma en que descansa ahí.
-
Supongo que cuando la compraste, nunca imaginaste una
escena como ésta.
-
Conscientemente no, pero en cuanto la vi quise
regalártela. Supongo que quería que algo mío te tocara donde yo no podía
hacerlo.
-
Hemos superado las restricciones sin demasiado
problema.
-
Sí, pero ahora tenemos que enfrentarnos al mundo real
con la culpabilidad y esas cosas.
-
Y todavía tenemos que dar el gran salto -la miró
intensamente-. Quizá cuando llegue el momento, no sea capaz de hacerlo.
Paula sonrió
con superioridad.
-
Estoy segura de que sí, a juzgar por lo de esta noche.
-
Supongo que tienes razón.
-
Entonces, ¿cuándo?
-
¿Mañana por la noche? Ah, no, espera. Maldición. Le
prometí a mi madre que la llevaría a Flagstaff a una feria de antigüedades. Mi
padre también irá y aprovecharemos para comprar unos caballos.
-
¿Y cuánto tiempo estarás fuera?
-
Tres días. Hasta el domingo. Maldita sea. No creo que
pueda cancelarlo. Lleva meses planeado.
-
Tres días se me harán una eternidad.
-
Dímelo a mí.
Paula dibujó la línea de su mandíbula.
-
Podríamos volver a mi plan original y acabar en mi casa
esta noche.
Él la miró
un largo momento y por fin sacudió la cabeza.
-
No. De verdad que quiero que sea una ocasión que
recuerdes para siempre.
-
No creo que la olvide, sea cuando sea. Para decirte la
verdad... me da miedo de que cambies de idea en tres días.
-
¿Después de lo de esta noche? ¿Estás de broma?
-
¿Lo has pasado bien esta noche?
Pedro le
agarró la cara entre las manos.
-
Lo he pasado mejor que en toda mi vida. Y te prometo
que no cambiaré de idea.
El corazón
se le inflamó de una emoción que no podía nombrar y las lágrimas le afloraron a
los ojos.
-
Gracias, Pedro. Eres un verdadero amigo.
-
Hago lo que puedo.
-
¿A qué hora volverás el domingo?
-
Cerca del mediodía.
-
Entonces podrías venir a mi casa esa noche.
-
Lo haré.
El corazón
le dio un vuelco en el pecho.
-
Te esperaré hacia las ocho.
Dejar a
Paula en la puerta de su casa fue lo más difícil que Pedro había hecho en su
vida.
Probablemente
fuera un tonto por no haber aceptado su invitación y pasarse toda la noche
haciéndole el amor. Ahora tendría que esperar tres días. Después de haber
estado esperando toda su vida.
Un momento.
¿De dónde había sacado aquella idea? No podía ser verdad. Seguramente Paula no
habría tenido nada que ver con su infructuosa búsqueda de esposa. Era sólo que
no había encontrado la mujer adecuada todavía. Oh, Dios. Quizá sí.
Por impulso, se detuvo en el bar Ore Cart a tomar una cerveza.
Todavía era un hombre soltero y sin obligaciones y eso era lo que hacían los
solteros y a él le gustaba disfrutar de su libertad.
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Lean el que sigue...
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