domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 26.


26

          Paula permaneció tendida en la manta con la espalda protegida por el cuerpo de Pedro preguntándose cómo se habría creado aquel problema tan terrible. Se había enamorado loca, apasionada y desesperadamente de su mejor amigo. Lo que había empezado como un juego de liberación para ella se había convertido en lo más importante de su vida.

          Ella no creía que una mujer debiera sacrificar su carrera por ningún hombre y sin embargo, eso era exactamente lo que deseaba hacer.

          Sabía que Pedro nunca dejaría Copperville mientras sus padres lo necesitaran, o sea que cualquier mujer que quisiera estar con él tendría que quedarse en el pueblo. Y ella quería estar con Pedro, hacer el amor, reírse y jugar con él y tener hijos con él.
Sobre todo tener hijos y hacer el amor como lo hacían pero sin usar protección. Pero por otra parte su sueño había sido explorar una gran ciudad, hacer viajes exóticos y tener muchos amantes. Y cuando se cansara de todo aquello, sentaría la cabeza y formaría una familia, probablemente allí mismo, en Copperville.

          Pero ahora todos aquellos sueños le parecían vacíos y solitarios. ¿Qué sentido tenían si no podía estar con Pedro? Casi preferiría quedarse y llevar la vida de una ranchera antes de perderlo.

          Pero Pedro tampoco se lo había pedido. Nunca le había dado ninguna señal de que pensara en ella en aquellos términos. No actuaba como si estuviera preparado para asentarse y formar una familia.

          Entonces, le acarició la cadera.

-          ¿En qué estás pensando?

          Paula decidió una verdad a medias.

-          Que es una pena que me vaya a Nueva York a finales de agosto.

          El la apretó más.

-          ¿Porque esto es divertido, quieres decir?

-          Sí.

          Más que divertido; se había unido a él con alma y cuerpo, pero no se atrevía a decírselo.

-          Sí, es divertido, pero casi es mejor que tengamos un límite de tiempo. No podríamos mantener el secreto si durara mucho más.

-          Cierto.

          Quizá él estuviera contento con aquel secreto para poder mantener la amistad intacta con sus hermanos. La única forma en que consentirían que Paula y Pedro tuvieran relaciones sexuales sería si estuvieran casados, y no parecía que Pedro quisiera el matrimonio de momento.

-          ¿Lista para bañarnos desnudos?

          Paula se dio la vuelta hacia él.

-          ¿Seguro?

          Pedro le dio un rápido beso.

-          Claro. Estamos calientes y pegajosos y nos sentará bien. Además, es parte de tu educación.

-          Pedro, no creo que podamos hacer el amor en medio del río.

-          ¿Por qué no? ¿Porque no viene en tu libro?

-          Porque no tendremos ningún bolsillo donde guardar un preservativo

-          Vamos, no es la única forma. Verás lo que pasa cuando estés desnuda hasta la altura de los muslos. Ya improvisaremos.

          Le había despertado la sensualidad de tal manera que la convenció con facilidad de que aceptara al río como amante. Manteniéndola sujeta, sumando sus propias caricias a las del río, dejó que la corriente la acariciara de forma íntima llevándola a un crescendo de sensaciones. En el momento del alivio, Paula no pudo decir si era el agua burbujeante o las manos de Pedro lo que la había llevado al límite. La excitación la asaltó. Aquello era otra de las cosas que le encantaban de Pedro. Cada vez que ella sugería algo nuevo, él usaba también su imaginación para sorprenderla.

          Y eso fue lo que hicieron, improvisar aunque chapotearon, se salpicaron y rieron hasta que él la tuvo en la posición deseada. Entonces, Pedro la tomó en brazos antes de que terminaran los estertores de placer y le hizo el amor de nuevo en la manta con los cuerpos todavía mojados. Paula nunca había sentido una libertad tan triunfal. Se sentía ligera, sutil y capaz de todo. Se retorcieron en la manta y alternaron las diferentes posiciones para conseguir el placer más increíble.

          Paula estaba segura de que Pedro estaba disfrutando. Sus murmullos así se lo indicaban y, cuando su tono se hizo ronco, supo que estaba al borde del límite. Cuando por fin él se rindió a la pasión, lo abrazó con fuerza y absorbió los fuertes temblores de su cuerno. No podía imaginarse vivir sin aquello, vivir sin él. Quizá si lo amara lo suficientemente bien durante el resto del verano, Pedro comprendería que tampoco podía vivir sin ella.

          El verano pasó con demasiada rapidez para el gusto de Paula. Por cada forma creativa de hacer el amor que a ella se le ocurría, Pedro aparecía con una propia. Paula sugirió pasar un día en Phoenix donde nadie los conocía y se pasaron el día entero en la cama de un motel. La siguiente vez, Pedro la llevó en la avioneta a Flagstaff, donde siguieron el arroyo de una montaña e hicieron el amor en un campo lleno de margaritas bajo el brillante cielo azul.

          Las intensas horas que pasaba con Pedro parecían pintadas de brillantes colores mientras que el resto de sus actividades rutinarias se le hacía gris. Ni siquiera los planes de la fiesta de sus padres le parecían muy reales porque no podía contarles a sus seres queridos lo más importante y significativo que le había pasado ese verano, que se había enamorado perdidamente de Pedro.

          Y deseaba contárselo al mundo entero. Sobre todo se moría por confiar en su madre y poder hablar de Pedro delante de sus cuñadas como ellas hablaban de sus maridos.

          Pedro parecía tan involucrado con ella como ella con él, pero ni una palabra de compromiso había salido de su boca. Durante los ardientes días estivales compartieron todo, menos un futuro. Y aunque compartir el secreto con Pedro le había parecido esencial al principio, ahora estaba harta. Pero a menos que él aceptara, no podía contárselo a nadie. Y eso le dolía en el alma.

          Hacia la primera semana de agosto, Pedro había llegado a la dolorosa conclusión de que debía romper con Paula. Debería haber acabado su relación mucho antes, de hecho. Era evidente que él era bueno para la cama, pero no lo bastante bueno como para que Paula considerara cambiar sus planes profesionales ni para que el mundo supiera su relación. Había intentado ver si su decisión de irse vacilaba, pero no había notado ninguna señal.

          Mientras se dirigía a su casa para otra noche de pasión, maldijo para sus adentros. Si no podía considerar el sexo con ella como un rápido revolcón en el heno para olvidarse en cuanto se hubiera ido, sería mejor cortar cuanto antes.

          De hecho, eso sería lo que haría. Y esa misma noche. No haría el amor con ella a pesar de lo que le costara. Su cordura estaba en juego.

          Entraría en su casa y le diría que aquella actividad le estaba robando demasiado tiempo y tenía que ponerse al día con los papeles del rancho, lo que en parte era cierto.

          Llegó al único semáforo del pueblo cuando se puso rojo y, a pesar del ser el único coche en llegar al cruce, se detuvo. Mientras esperaba por el verde, un claxon pitó tras él.

          Al mirar por el retrovisor vio a Gonzalo con Hammer. Pedro alzó la mano para saludarlos y Gonzalo salió de la furgoneta y se acercó a la ventanilla de Pedro.

-          ¿Qué tal? -saludó Pedro al bajar el cristal.

-          Joan y Deena se han ido al cine y a Hammer y a mí nos apetecía echar una partida de dardos. ¿Qué dices?

          Pedro vaciló sólo un segundo. Si tenía algún sitio al que ir le costaría menos cortar con Paula.

-          De acuerdo, pero tengo que pasar por casa de Paula unos minutos, así que estaré allí en una media hora.

-          Estupendo. Ya lo tienes en verde.

          Pedro arrancó y pensó que el destino debía haber llegado en forma de Gonzalo y Hammer. Si acababa con Paula esa noche, sus hermanos nunca descubrirían las actividades que habían tenido lugar delante de sus narices. Y ella también necesitaría un tiempo para recuperarse antes de ir a Nueva York. Podía no darse cuenta todavía, pero también lo pasaría mal intentando olvidar lo que habían compartido ese verano.


          Durante el resto del camino hasta casa de Paula, se repitió todas las razones para terminar su aventura. Todas eran buenas razones y, sin embargo, se sentía como si le hubieran tirado una carga de cobre sobre el pecho. Saber que nunca volvería a hacer el amor con Paula le resultaba insoportable. Tenía que ser fuerte.    













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Lean el que sigue... 


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