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Paula
permaneció tendida en la manta con la espalda protegida por el cuerpo de Pedro
preguntándose cómo se habría creado aquel problema tan terrible. Se había
enamorado loca, apasionada y desesperadamente de su mejor amigo. Lo que había
empezado como un juego de liberación para ella se había convertido en lo más
importante de su vida.
Ella no
creía que una mujer debiera sacrificar su carrera por ningún hombre y sin
embargo, eso era exactamente lo que deseaba hacer.
Sabía que
Pedro nunca dejaría Copperville mientras sus padres lo necesitaran, o sea que
cualquier mujer que quisiera estar con él tendría que quedarse en el pueblo. Y
ella quería estar con Pedro, hacer el amor, reírse y jugar con él y tener hijos
con él.
Sobre todo tener hijos y hacer el amor como lo hacían pero
sin usar protección. Pero por otra parte su sueño había sido explorar una gran
ciudad, hacer viajes exóticos y tener muchos amantes. Y cuando se cansara de
todo aquello, sentaría la cabeza y formaría una familia, probablemente allí
mismo, en Copperville.
Pero ahora todos aquellos sueños le
parecían vacíos y solitarios. ¿Qué sentido tenían si no podía estar con Pedro?
Casi preferiría quedarse y llevar la vida de una ranchera antes de perderlo.
Pero Pedro
tampoco se lo había pedido. Nunca le había dado ninguna señal de que pensara en
ella en aquellos términos. No actuaba como si estuviera preparado para
asentarse y formar una familia.
Entonces, le
acarició la cadera.
-
¿En qué estás pensando?
Paula
decidió una verdad a medias.
-
Que es una pena que me vaya a Nueva York a finales de
agosto.
El la apretó
más.
-
¿Porque esto es divertido, quieres decir?
-
Sí.
Más que
divertido; se había unido a él con alma y cuerpo, pero no se atrevía a
decírselo.
-
Sí, es divertido, pero casi es mejor que tengamos un
límite de tiempo. No podríamos mantener el secreto si durara mucho más.
-
Cierto.
Quizá él
estuviera contento con aquel secreto para poder mantener la amistad intacta con
sus hermanos. La única forma en que consentirían que Paula y Pedro tuvieran
relaciones sexuales sería si estuvieran casados, y no parecía que Pedro
quisiera el matrimonio de momento.
-
¿Lista para bañarnos desnudos?
Paula se dio
la vuelta hacia él.
-
¿Seguro?
Pedro le dio
un rápido beso.
-
Claro. Estamos calientes y pegajosos y nos sentará
bien. Además, es parte de tu educación.
-
Pedro, no creo que podamos hacer el amor en medio del
río.
-
¿Por qué no? ¿Porque no viene en tu libro?
-
Porque no tendremos ningún bolsillo donde guardar un
preservativo
-
Vamos, no es la única forma. Verás lo que pasa cuando
estés desnuda hasta la altura de los muslos. Ya improvisaremos.
Le había
despertado la sensualidad de tal manera que la convenció con facilidad de que
aceptara al río como amante. Manteniéndola sujeta, sumando sus propias caricias
a las del río, dejó que la corriente la acariciara de forma íntima llevándola a
un crescendo de sensaciones. En el momento del alivio, Paula no pudo decir si
era el agua burbujeante o las manos de Pedro lo que la había llevado al límite.
La excitación la asaltó. Aquello era otra de las cosas que le encantaban de
Pedro. Cada vez que ella sugería algo nuevo, él usaba también su imaginación
para sorprenderla.
Y eso fue lo que hicieron, improvisar aunque
chapotearon, se salpicaron y rieron hasta que él la tuvo en la posición
deseada. Entonces, Pedro la tomó en brazos antes de que terminaran los estertores
de placer y le hizo el amor de nuevo en la manta con los cuerpos todavía
mojados. Paula nunca había sentido una libertad tan triunfal. Se sentía ligera,
sutil y capaz de todo. Se retorcieron en la manta y alternaron las diferentes
posiciones para conseguir el placer más increíble.
Paula estaba
segura de que Pedro estaba disfrutando. Sus murmullos así se lo indicaban y,
cuando su tono se hizo ronco, supo que estaba al borde del límite. Cuando por
fin él se rindió a la pasión, lo abrazó con fuerza y absorbió los fuertes
temblores de su cuerno. No podía imaginarse vivir sin aquello, vivir sin él.
Quizá si lo amara lo suficientemente bien durante el resto del verano, Pedro
comprendería que tampoco podía vivir sin ella.
El verano
pasó con demasiada rapidez para el gusto de Paula. Por cada forma creativa de
hacer el amor que a ella se le ocurría, Pedro aparecía con una propia. Paula
sugirió pasar un día en Phoenix donde nadie los conocía y se pasaron el día
entero en la cama de un motel. La siguiente vez, Pedro la llevó en la avioneta
a Flagstaff, donde siguieron el arroyo de una montaña e hicieron el amor en un
campo lleno de margaritas bajo el brillante cielo azul.
Las intensas
horas que pasaba con Pedro parecían pintadas de brillantes colores mientras que
el resto de sus actividades rutinarias se le hacía gris. Ni siquiera los planes
de la fiesta de sus padres le parecían muy reales porque no podía contarles a
sus seres queridos lo más importante y significativo que le había pasado ese
verano, que se había enamorado perdidamente de Pedro.
Y deseaba
contárselo al mundo entero. Sobre todo se moría por confiar en su madre y poder
hablar de Pedro delante de sus cuñadas como ellas hablaban de sus maridos.
Pedro
parecía tan involucrado con ella como ella con él, pero ni una palabra de
compromiso había salido de su boca. Durante los ardientes días estivales
compartieron todo, menos un futuro. Y aunque compartir el secreto con Pedro le
había parecido esencial al principio, ahora estaba harta. Pero a menos que él
aceptara, no podía contárselo a nadie. Y eso le dolía en el alma.
Hacia la
primera semana de agosto, Pedro había llegado a la dolorosa conclusión de que
debía romper con Paula. Debería haber acabado su relación mucho antes, de
hecho. Era evidente que él era bueno para la cama, pero no lo bastante bueno
como para que Paula considerara cambiar sus planes profesionales ni para que el
mundo supiera su relación. Había intentado ver si su decisión de irse vacilaba,
pero no había notado ninguna señal.
Mientras se dirigía a su casa para otra
noche de pasión, maldijo para sus adentros. Si no podía considerar el sexo con
ella como un rápido revolcón en el heno para olvidarse en cuanto se hubiera
ido, sería mejor cortar cuanto antes.
De hecho,
eso sería lo que haría. Y esa misma noche. No haría el amor con ella a pesar de
lo que le costara. Su cordura estaba en juego.
Entraría en
su casa y le diría que aquella actividad le estaba robando demasiado tiempo y
tenía que ponerse al día con los papeles del rancho, lo que en parte era
cierto.
Llegó al
único semáforo del pueblo cuando se puso rojo y, a pesar del ser el único coche
en llegar al cruce, se detuvo. Mientras esperaba por el verde, un claxon pitó
tras él.
Al mirar por el retrovisor vio a Gonzalo
con Hammer. Pedro alzó la mano para saludarlos y Gonzalo salió de la furgoneta
y se acercó a la ventanilla de Pedro.
-
¿Qué tal? -saludó Pedro al bajar el cristal.
-
Joan y Deena se han ido al cine y a Hammer y a mí nos
apetecía echar una partida de dardos. ¿Qué dices?
Pedro vaciló
sólo un segundo. Si tenía algún sitio al que ir le costaría menos cortar con
Paula.
-
De acuerdo, pero tengo que pasar por casa de Paula unos
minutos, así que estaré allí en una media hora.
-
Estupendo. Ya lo tienes en verde.
Pedro
arrancó y pensó que el destino debía haber llegado en forma de Gonzalo y
Hammer. Si acababa con Paula esa noche, sus hermanos nunca descubrirían las
actividades que habían tenido lugar delante de sus narices. Y ella también
necesitaría un tiempo para recuperarse antes de ir a Nueva York. Podía no darse
cuenta todavía, pero también lo pasaría mal intentando olvidar lo que habían
compartido ese verano.
Durante el
resto del camino hasta casa de Paula, se repitió todas las razones para
terminar su aventura. Todas eran buenas razones y, sin embargo, se sentía como
si le hubieran tirado una carga de cobre sobre el pecho. Saber que nunca
volvería a hacer el amor con Paula le resultaba insoportable. Tenía que ser
fuerte.
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Lean el que sigue...
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