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Paula apenas
se había puesto vestidos en su vida, pero esa noche le pareció apropiado. No
quería llevar algo demasiado recargado cuando el calor había subido a casi
treinta y cinco grados, así que acabó escogiendo un vestido playero de margaritas
porque sabía que a Pedro le gustaban esas flores.
Cuando se
plantó ante el espejo preguntándose si debía ponerse alguna joya recordó la
perla ovalada que le había regalado Pedro en su graduación. Sólo se la ponía en
ocasiones especiales y esa noche le pareció una de ellas.
En cuanto
estuvo lista, sintió otra oleada de aprensión. Si Pedro había aceptado su plan,
debería estar más calmada a esas alturas, pero aquel plan era demasiado excitante
incluso con la ayuda de Pedro.
Su bungalow
alquilado no estaba muy lejos del pueblo y decidió ir andando para aplacar un
poco los nervios. Se puso las gafas de sol, se colgó el bolso y salió. En
cuanto hubo recorrido una manzana comprendió que había cometido un error.
Llegaría al restaurante más asada que el rollo de carne.
Pedro aparcó
frente al Nugett cuando ella pasó ante la farmacia a dos manzanas más allá.
Mientras caminaba, Paula lo observó saltar de la furgoneta polvorienta. Pero él
llevaba una camisa limpia y un sombrero Stetson de color gris que nunca le
había visto.
Estaba
condenadamente atractivo, con aquellos fuertes muslos encasquetados en los
vaqueros y la espalda acentuada por la bonita camisa vaquera gris. Bastante a
menudo, en los años que hacía que lo conocía se había encontrado pensando que
su amigo era muy guapo, pero últimamente no le había pasado. Lo estaba notando
de nuevo en ese momento.
Quizá le
estuviera afectando toda aquella lectura. De repente, se encontró pensando qué
tipo de amante sería Pedro, pero apartó la idea con rapidez. No debería tener
aquel tipo de pensamientos acerca de él. Pedro se horrorizaría si se enterara.
Como si
hubiera sentido sus ojos clavados en él, Pedro se dio la vuelta antes de entrar
en el Nugget.
-
¿Se te ha estropeado el coche?
-
He decidido venir andando.
-
¡Pero si estamos en junio!
-
Ya me he dado cuenta. Tengo que admitir que tengo un
poco de calor.
Al
acercarse, Paula olió su loción de afeitar y vio que no tenía barba. Por algún
motivo, el hecho de que se hubiera afeitado para ella le produjo un cosquilleo
en el estómago.
Pedro la
miró de arriba abajo tras las gafas y sacudió la cabeza.
-
Pensé que te había enseñado algo. Ahora, después del
paseo, ese aire acondicionado helado te sentará fatal.
-
¡Por Dios! Pareces mi madre. ¿No podrías al menos haber
dicho que me queda bien este vestido? Me lo he puesto porque sé que te gustan
las margaritas.
-
El vestido está muy bien. Pero vas a pillar un
resfriado.
Cada vez más
irritada, comprendió que en secreto había esperado la típica reacción de las
películas cuando una chica que es un poco chicazo aparece con un vestido.
Pedro abrió
la puerta para ella y las campanillas sonaron.
-
Mira, si vas a mantener esa actitud, quizá sea mejor
que nos olvidemos del asunto.
-
¿Y entonces qué?
-
¡Eh, vosotros dos! No queremos refrigerar a todo el
pueblo -gritó Janice, la camarera que llevaba toda la vida trabajando en el
Nugget.
Pedro dejó
que la puerta se deslizara y se dio la vuelta hacia Paula con expresión impasible.
-
¿Qué hacemos?
Ella no
quería abandonar su plan. Necesitaba a Pedro y, además, él se había arreglado y
duchado para la cena.
-
Vamos a tomar un poco de rollo de carne.
Pedro
mantuvo la puerta abierta para ella por segunda vez e intentó no aspirar su
aroma al pasar. Cuando la había visto llegar con aquel coqueto vestido de
flores, casi se le había secado la garganta. Entonces, ella se había acercado
lo suficiente como para poder ver la transpiración en su escote, justo donde
descansaba la perla.
Había tenido
que hacer un esfuerzo por no agacharse a lamer la humedad que desaparecía en el
valle de sus senos. ¡Debía haber perdido la cabeza! Aquellas fantasías no iban
con Paula, la chica que montaba la bici sin manos por la Colina Suicida o
tiraba la bola de béisbol con tal fuerza que te hacía daño en la mano. ¡Pero
esa chica era una mujer ahora! Ya no podía ignorar la verdad por más tiempo. Se
había fijado alguna vez en ello, como la primera vez que la había visto en
bikini y había notado que llenaba las copas del sujetador. Y la vez del baile
en que había estado a punto de besarla, pero había recuperado la razón antes de
cometer una estupidez.
La siguió al
interior del restaurante hasta el fondo, el sitio que siempre ocupaban en el
Nugget. Por el camino consiguió devolver los saludos de gente a la que conocía
de toda la vida, pero toda su atención estaba clavada en la forma en que las
caderas de Paula se contoneaban bajo la tela de margaritas. El vestido se
abrochaba en la espalda y se imaginó que no llevaría más que unas braguitas
debajo.
¡Maldición!
Tenía que, dejar de pensar de aquella manera. A finales de la tarde había
decidido que quizá debería intentar que tuviera una aventura. Se le habían
ocurrido dos posibilidades y se había dicho a sí mismo que más valía que fueran
Mitch o Randy antes que algún buitre de Nueva York.
Pero ahora
no quería ni pensar en Mitch o Randy cerca de ella.
Pero si no la ayudaba, lo haría ella sola.
Recordaba la vez en que su proyecto de verano había sido aprender a patinar con
patines de ruedas en hilera y se había hecho un esguince y raspado las dos
rodillas, pero había aprendido.
Pedro apartó
el taburete frente al de ella e intentó aparentar que todo era igual que las
otras veces que habían cenado en el Nugget.
-
¿Tienes hambre?
-
Puedes apostarlo -mintió él.
Se preguntó
si podría tragar un bocado. Nunca podría mirarla de la misma forma que antes,
comprendió desesperado. Pasara lo que pasara, su amistad había cambiado para
siempre. Había dado el salto mental de considerarla una mujer deseable, más
deseable de lo que nunca hubiera imaginado. Apenas podía creer haber conseguido
mantener tantos años la barrera ante aquella sexualidad femenina.
-
¿Has pensado en... lo que hemos hablado?
-
Algo. Bueno, mucho.
-
¿Alguna idea?
“Sí, y todas
pornográficas.”
Janice se
acercó entonces a su mesa con el bloc en la mano.
-
¡Eh, vosotros dos!
Paula alzó
la mirada con una sonrisa.
-
Hola, Janice. ¿Cómo está tu nieta?
La camarera
se metió la mano en el bolsillo superior del mandil y sacó una fotografía.
-
Mírala.
-
¡Es preciosa, Janice!
-
¿Verdad que sí?
-
Muy guapa -dijo Pedro aunque estaba más interesado en
la expresión de ternura de Paula.
Quizá ni
ella misma supiera cuánto deseaba tener un bebé. Maldición, aquella era otra
cosa que nunca hubiera relacionado con Paula, aunque no dudaba que sería una
gran madre. Toda la idea le deprimió.
-
Bueno, chicos, ¿tomáis el rollo de carne?
-
Sí -contestaron los dos a la vez.
-
¿El aliño de siempre para la ensalada?
Los dos
asintieron al mismo tiempo.
-
¿Y té helado?
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LEAN EL QUE SIGUE...
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