jueves, 2 de enero de 2014

Capítulo 8.


8

         
          Paula apenas se había puesto vestidos en su vida, pero esa noche le pareció apropiado. No quería llevar algo demasiado recargado cuando el calor había subido a casi treinta y cinco grados, así que acabó escogiendo un vestido playero de margaritas porque sabía que a Pedro le gustaban esas flores.

          Cuando se plantó ante el espejo preguntándose si debía ponerse alguna joya recordó la perla ovalada que le había regalado Pedro en su graduación. Sólo se la ponía en ocasiones especiales y esa noche le pareció una de ellas.

          En cuanto estuvo lista, sintió otra oleada de aprensión. Si Pedro había aceptado su plan, debería estar más calmada a esas alturas, pero aquel plan era demasiado excitante incluso con la ayuda de Pedro.

          Su bungalow alquilado no estaba muy lejos del pueblo y decidió ir andando para aplacar un poco los nervios. Se puso las gafas de sol, se colgó el bolso y salió. En cuanto hubo recorrido una manzana comprendió que había cometido un error. Llegaría al restaurante más asada que el rollo de carne.

          Pedro aparcó frente al Nugett cuando ella pasó ante la farmacia a dos manzanas más allá. Mientras caminaba, Paula lo observó saltar de la furgoneta polvorienta. Pero él llevaba una camisa limpia y un sombrero Stetson de color gris que nunca le había visto.

          Estaba condenadamente atractivo, con aquellos fuertes muslos encasquetados en los vaqueros y la espalda acentuada por la bonita camisa vaquera gris. Bastante a menudo, en los años que hacía que lo conocía se había encontrado pensando que su amigo era muy guapo, pero últimamente no le había pasado. Lo estaba notando de nuevo en ese momento.

          Quizá le estuviera afectando toda aquella lectura. De repente, se encontró pensando qué tipo de amante sería Pedro, pero apartó la idea con rapidez. No debería tener aquel tipo de pensamientos acerca de él. Pedro se horrorizaría si se enterara.

          Como si hubiera sentido sus ojos clavados en él, Pedro se dio la vuelta antes de entrar en el Nugget.

-          ¿Se te ha estropeado el coche?

-          He decidido venir andando.

-          ¡Pero si estamos en junio!

-          Ya me he dado cuenta. Tengo que admitir que tengo un poco de calor.

          Al acercarse, Paula olió su loción de afeitar y vio que no tenía barba. Por algún motivo, el hecho de que se hubiera afeitado para ella le produjo un cosquilleo en el estómago.

          Pedro la miró de arriba abajo tras las gafas y sacudió la cabeza.

-          Pensé que te había enseñado algo. Ahora, después del paseo, ese aire acondicionado helado te sentará fatal.

-          ¡Por Dios! Pareces mi madre. ¿No podrías al menos haber dicho que me queda bien este vestido? Me lo he puesto porque sé que te gustan las margaritas.

-          El vestido está muy bien. Pero vas a pillar un resfriado.

          Cada vez más irritada, comprendió que en secreto había esperado la típica reacción de las películas cuando una chica que es un poco chicazo aparece con un vestido.

          Pedro abrió la puerta para ella y las campanillas sonaron.

-          Mira, si vas a mantener esa actitud, quizá sea mejor que nos olvidemos del asunto.

-          ¿Y entonces qué?

-          ¡Eh, vosotros dos! No queremos refrigerar a todo el pueblo -gritó Janice, la camarera que llevaba toda la vida trabajando en el Nugget.

          Pedro dejó que la puerta se deslizara y se dio la vuelta hacia Paula con expresión impasible.

-          ¿Qué hacemos?

          Ella no quería abandonar su plan. Necesitaba a Pedro y, además, él se había arreglado y duchado para la cena.

-          Vamos a tomar un poco de rollo de carne.

          Pedro mantuvo la puerta abierta para ella por segunda vez e intentó no aspirar su aroma al pasar. Cuando la había visto llegar con aquel coqueto vestido de flores, casi se le había secado la garganta. Entonces, ella se había acercado lo suficiente como para poder ver la transpiración en su escote, justo donde descansaba la perla.

          Había tenido que hacer un esfuerzo por no agacharse a lamer la humedad que desaparecía en el valle de sus senos. ¡Debía haber perdido la cabeza! Aquellas fantasías no iban con Paula, la chica que montaba la bici sin manos por la Colina Suicida o tiraba la bola de béisbol con tal fuerza que te hacía daño en la mano. ¡Pero esa chica era una mujer ahora! Ya no podía ignorar la verdad por más tiempo. Se había fijado alguna vez en ello, como la primera vez que la había visto en bikini y había notado que llenaba las copas del sujetador. Y la vez del baile en que había estado a punto de besarla, pero había recuperado la razón antes de cometer una estupidez.

          La siguió al interior del restaurante hasta el fondo, el sitio que siempre ocupaban en el Nugget. Por el camino consiguió devolver los saludos de gente a la que conocía de toda la vida, pero toda su atención estaba clavada en la forma en que las caderas de Paula se contoneaban bajo la tela de margaritas. El vestido se abrochaba en la espalda y se imaginó que no llevaría más que unas braguitas debajo.

          ¡Maldición! Tenía que, dejar de pensar de aquella manera. A finales de la tarde había decidido que quizá debería intentar que tuviera una aventura. Se le habían ocurrido dos posibilidades y se había dicho a sí mismo que más valía que fueran Mitch o Randy antes que algún buitre de Nueva York.

          Pero ahora no quería ni pensar en Mitch o Randy cerca de ella.

          Pero si no la ayudaba, lo haría ella sola. Recordaba la vez en que su proyecto de verano había sido aprender a patinar con patines de ruedas en hilera y se había hecho un esguince y raspado las dos rodillas, pero había aprendido.

          Pedro apartó el taburete frente al de ella e intentó aparentar que todo era igual que las otras veces que habían cenado en el Nugget.

-          ¿Tienes hambre?

-          Puedes apostarlo -mintió él.

          Se preguntó si podría tragar un bocado. Nunca podría mirarla de la misma forma que antes, comprendió desesperado. Pasara lo que pasara, su amistad había cambiado para siempre. Había dado el salto mental de considerarla una mujer deseable, más deseable de lo que nunca hubiera imaginado. Apenas podía creer haber conseguido mantener tantos años la barrera ante aquella sexualidad femenina.

-          ¿Has pensado en... lo que hemos hablado?

-          Algo. Bueno, mucho.

-          ¿Alguna idea?

          “Sí, y todas pornográficas.”

          Janice se acercó entonces a su mesa con el bloc en la mano.

-          ¡Eh, vosotros dos!

          Paula alzó la mirada con una sonrisa.

-          Hola, Janice. ¿Cómo está tu nieta?

          La camarera se metió la mano en el bolsillo superior del mandil y sacó una fotografía.

-          Mírala.

-          ¡Es preciosa, Janice!

-          ¿Verdad que sí?

-          Muy guapa -dijo Pedro aunque estaba más interesado en la expresión de ternura de Paula.

          Quizá ni ella misma supiera cuánto deseaba tener un bebé. Maldición, aquella era otra cosa que nunca hubiera relacionado con Paula, aunque no dudaba que sería una gran madre. Toda la idea le deprimió.

-          Bueno, chicos, ¿tomáis el rollo de carne?

-          Sí -contestaron los dos a la vez.

-          ¿El aliño de siempre para la ensalada?

          Los dos asintieron al mismo tiempo.


-          ¿Y té helado? 













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LEAN EL QUE SIGUE...

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