lunes, 13 de enero de 2014

Capítulo 17.


17

          A la tarde siguiente, mientras Paula sacaba la carga de bolsas que traía de Phoenix; su vecina, Hazel Nedbetter llegó corriendo con un jarrón de una floristería lleno de margaritas. Paula escondió con rapidez bajo el asiento la bolsa de una conocida tienda de lencería.

-          Las guardé en mi casa para que no se te marchitaran en el porche.

-          Muchas, gracias, Hazel.

          Paula miró las flores amarillas y blancas que sólo podían venir de una persona.

-          Ni siquiera eran de la tienda de Copperville. Venían de una gran floristería de Phoenix. ¿Te puedes imaginar? El precio del transporte debe haber sido una barbaridad.

-          Seguro.

          Al menos Peter había tomado algunas precauciones, pensó Paula. Estaba encantada de que le hubiera mandado las flores, pero ahora tendría que buscar una excusa para contarle a Hazel. La mujer no pararía hasta saberlo.

-          Debe de hacer cuarenta grados aquí al sol -dijo para ganar tiempo-. Vamos a la sombra del porche.

          Dejó el jarrón en la barandilla del porche y se volvió hacia Hazel con la primera mentira que se le ocurrió.

-          Deben de ser de mi nueva directora del colegio de Nueva York.

-          ¿De verdad? ¡Qué detalle! No creo que al señor Grimes se le ocurriera nunca mandar flores a una nueva empleada. Las cosas deben de ser muy diferentes en el este.

          Hazel miró la tarjeta con ganas de que Paula la abriera. El sobre no estaba cerrado, pero Tess no creía que su vecina lo hubiera leído.

          Resuelta a convencerla; sacó la tarjeta del sobre. Por suerte, Pedro había acudido en su ayuda. La misteriosa tarjeta sólo decía:

          Te deseo lo mejor al explorar nuevos mundos. M.

          Paula sabía a qué mundos se refería Pedro, todos relacionados con la cama que estaba a punto de decorar.

-          Sí, es de mi directora -dijo mientras se la enseñaba.

-          ¡Qué amable enviarte un ramo así! Aunque hubiera pensado que las rosas o los claveles serían más apropiados.

-          A mi directora le gustan las margaritas.

          Hazel asintió.

-          ¿Has estado de compras?

-          Sí, he comprado algunas cosas para el viaje.

          Y sería un viaje de cuidado considerando lo que había comprado ese día. Pensó que Pedro quedaría encantado. Quizá más que encantado. Lo cierto era que quería que se le hiciera la boca agua.

-          ¿Cuándo piensa Lionel poner el cartel de alquiler en el jardín?

-          No creo que lo haga hasta dentro de un mes. Pero es muy selectivo con la gente a la que se la alquila, así que no te preocupes. Tendréis buenos vecinos.

-          Supongo, pero te echaré de menos de todas formas.

-          Yo también, Hazel.

          Paula se alzó el pelo de la nuca. Incluso a la sombra del porche hacía bastante calor, pero si in-vitaba a pasar a Hazel podría tardar otra hora en irse. Era una mujer encantadora y en cualquier otro momento no le hubiera importado, pero estaba ansiosa por meter sus compras dentro antes de que alguien se fijara en la bolsa de la lencería o de las sábanas de satén.

-          Tu madre se va a quedar seca de llorar cuando te vayas.

-          Ya lo sé. Seguro que yo también lloraré. Pero tengo que extender las alas, Hazel. Es mi oportunidad.

-          Y tus hermanos. Aunque intenten aparentar que no les afecta, te van a echar mucho de menos. Y ese chico, Pedro Alfonso te va a echar de menos una enormidad. Por cierto, os vi llegar juntos anoche. Y me extrañó porque Mabel Bellweather me dijo que te habías puesto mala en el Nugget.

          Paula empezó a preguntarse si Pedro y ella tendrían alguna oportunidad de guardar su secreto.

-          Me sentía mal, pero en cuanto salí me puse mejor y nos fuimos a dar una vuelta en coche. Peter quería hablarme de un nuevo programa de cría que está empezando con su padre. Iban a buscar unos cuantos sementales a Flagstaff este fin de semana. ¿Sabías que estaban en Flagstaff?

          Hazel asintió.

-          Eso había oído. Norah quería ver algunas antigüedades allí.

-          Exacto -Paula decidió preparar a Hazel para el siguiente paso de Pedro-. Le hice prometer a Peter que se pasaría por mi casa en cuanto llegara del viaje, así que verás su furgoneta en cuanto vuelvan.

-          ¿Lo ves? Vosotros dos siempre habéis sido uña y carne y siempre os habéis contado todo. ¿Quién te va a contar sus cosas cuando estés en Nueva York?

          Paula no quería enfrentarse a aquel hecho todavía.

-          Supongo que tendremos que usar el teléfono. Bueno, Hazel, será mejor que te deje ir a preparar la cena.

-          Sí, supongo -Hazel no parecía querer captar la indirecta-. ¿Cómo estaba Phoenix?

-          Hacía mucho calor.

-          Ya me imagino. Estas noches ha hecho tanto calor que apenas he podido dormir.

          «Lo que significa que Peter y yo tendremos que cerrar las persianas a cal y canto», pensó Paula.

-          A mí me ha pasado lo mismo. Bueno, Hazel. Gracias de nuevo por guardarme las flores.

-          De nada -dijo su vecina mientras se dirigía al camino de hierba que separaba las dos casas.

          Paula recogió las flores y entró en la casa. El teléfono sonó en cuanto posó el jarrón en la mesita. Rodeó el sofá y descolgó el inalámbrico.

-          ¿Hola?

-          ¿Dónde has estado? -preguntó Pedro-. Es la sexta vez que te llamo hoy y siempre ha salido el contestador.

         El sonido de su voz le endureció los pezones. Pedro nunca la había afectado así antes, pero todo había cambiado.

-          He estado en Phoenix.

-          ¿Ah, sí? ¿Comprando más libros?

-          Esta vez no. Este viaje ha sido por otras cosas.

-          ¿Algo que ver con... el sábado por la noche?

-          Pues la verdad es que sí.

-          ¿Qué has comprado?

          Paula sonrió.

-          Oh, algo muy, muy breve.

-          ¿De verdad? -el timbre de su voz cambió-. ¿Puedes describírmelo?

-          Preferiría sorprenderte. Usa la imaginación.

-          Ése ha sido mi problema hoy. Parece que no puedo usar otra cosa que la imaginación. He estado tan distraído, que mi padre me ha preguntado si me he tomado una sobredosis de medicina para la alergia. Y eso que sabe que no soy alérgico.

-          Así que has estado pensando en mí.

          El cuerpo le reaccionó humedeciéndose y palpitando como si él estuviera a su lado.

-          No he dejado de pensar en ese vestido tuyo de margaritas y... en todo lo que pasó anoche.

-          Yo tampoco -acarició los pétalos del arreglo floral-. Pero me ha costado bastante explicar lo del ramo a mi vecina.

          Su carcajada fue grave y sensual.

-          Supongo que te inventarías una buena historia, ¿a que sí?

-          Le dije que eran de mi futura directora de Nueva York.

          Pedro bajó la voz con tono suave y seductor.

-          Me gustaría estar a tu lado.

-          A mí también.

-          ¿Qué llevas puesto?

-          Una blusa sin mangas y unos pantalones cortos -entonces recordó escenarios de sus lecturas y tuvo la necesidad de experimentar su poder recién descubierto-. Pero hace mucho calor, Peter -agarró el jarrón de flores-. Creo que iré a la habitación y me quitaré la blusa.

-          ¿Ahora?

-          Sí, a menos que quieras que cuelgue.

-          No, no quiero que cuelgues. Puede que no tenga oportunidad de volverte a llamar hoy. Pero, Pau...

-          Sólo con desabrocharme los botones me sentiré mejor.

          Ya en la habitación, dejó el jarrón y empezó a desabrocharse la blusa.

-          ¡Ah! Puedo sentir un poco la brisa del aire acondicionado en mi piel desnuda. De paso, ¿has encontrado buenos sementales?

-          No... Sí... Puede ser. ¿Te has quitado la blusa ya?

-          Estoy en ello. Estos botones no son los más fáciles del mundo. Ya te digo, hace tanto calor aquí, Peter, que la transpiración me corre entre los senos. Supongo que debo saber bastante salada ahora mismo.

-          ¡Oh, Dios! Estás haciendo esto a propósito.

-          ¿El qué? ¿Quitarme la blusa? Por supuesto. Ya está. Me siento mucho mejor.

          Provocándolo, Paula se estaba sintiendo cada vez más excitada.

-          ¿De qué color es tu sujetador?

-          De color marfil -la respiración se le aceleró-. La mayor parte de satén, pero las copas son de un encaje muy bonito. Me gusta porque se desabrocha por delante y es más fácil de quitar.

          La voz de Pedro sonó grave y peligrosa:

-          Quítatelo ahora.

-          ¿Sabes? Creo que lo haré -lo desabrochó con dedos temblorosos liberando sus senos pujantes-. Ya está. ¡Oh, Peter! Me gustaría que estuvieras aquí.

-          Créeme que a mí también.

-          Las margaritas son tan bonitas... -sacó una del florero y se la pasó por el seno desnudo-. Tan suaves. Me estoy acariciando los senos con una de tus margaritas, Peter.

          Él lanzó un gemido.

-          Y el polen amarillo se está esparciendo por mi seno y mi pezón.

-          Dios, Pau. ¿Cómo se supone que voy a soportar esto?

-          Pronto estarás aquí.

-          No lo bastante pronto.

          Ella siguió administrando la dulce tortura de acariciarse los senos con la margarita soñando con que eran los dedos de Mac.

-          Si te sirve de algo, yo también estoy excitada ahora.

-          Eso espero. Te mereces un poco de frustración.

-          ¿Estás frustrado tú?

-          El vaquero no cede muy bien, ¿sabes?

-          Una pena que no esté yo ahí para ayudarte.

-          Sí, lo es.

-          Voy a colgar ahora, Peter.

-          Supongo que será mejor -su voz era tensa y contenida-. Estoy en un teléfono público y tendré que esperar con el receptor descolgado un rato antes de poder reunirme con mi padre.

-          Adiós, Peter. Piensa en mí.

-          Como si me quedara elección. Adiós, mujer diabólica.


          Ella cortó entonces y se frotó el seno con la margarita. Esperar hasta el sábado le parecía una eternidad. 













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Lean el que sigue... 

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