martes, 7 de enero de 2014

Capítulo 12.


12

          Arrodillada en la manta del suelo, Paula se sentía más salvaje y loca que en muchos años. Había desarrollado el gusto por la aventura a fuerza de jugar con sus hermanos y con Pedro y últimamente había echado de menos la adrenalina.

          Apoyó los brazos en el asiento y la cabeza en ellos. Tenía dos elecciones, o mirar a la puerta o al muslo de Pedro a su derecha. Con la sensación de aventura que la embargaba, miró a la derecha.

          La musculosa pierna de Pedro se flexionó al apretar el acelerador haciendo que la tela de sus vaqueros se apretara de forma tentadora justo al lado estaba el borde de la cremallera.

          Se le aceleró el pulso al contemplar las consecuencias de su decisión. Por supuesto, si descubrían que no estaban hechos el uno para el otro, tendría que interrumpir todo el programa.

          Pedro conectó la radio y una suave música country inundó la cabina. Paula había ido cientos de veces con él escuchando música e incluso cantándola a todo volumen para despertar a los vecinos cuando eran adolescentes. Ahora comprendía que se encontraba siempre más viva al lado de Pedro.

-          Vamos a entrar en una carretera de tierra en un momento -advirtió Pedro-. Intenta no botar demasiado. En cuanto hayamos salido de ella, probablemente puedas sentarte otra vez.

-          ¿Adónde vamos?

-          A una pequeña carretera que descubrí hace un par de años. Va hasta el borde de una pequeña meseta donde hay una vista maravillosa del pico Anvil. Aquí llega el cruce.

          Apretó el freno y la tela del vaquero se tensó de nuevo.

          Contemplar a Pedro conducir desde aquel punto de vista aventajado era una experiencia bastante erótica, decidió Paula.

          Pedro sujetó el volante con una mano y a Paula por el hombro con la otra mientras miraba hacia atrás. Cuando apartó la mano, ella deseó que no lo hubiera hecho.

          Quizá su abrazo no fuera a resultarle tan inquietante como había temido.

-          De acuerdo. Creo que ya puedes sentarte. Por aquí nunca viene nadie.

-          Excepto tú. Pareces conocer muy bien el sitio -dijo Paula mientras se incorporaba y se estiraba el vestido.

-          He estado aquí unas cuantas veces.  

-          ¿Ligando?

-          No empieces a hacerme preguntas de ese tipo, Pau. Vas a estropear el ambiente.

-          sea que ligando -concluyó ella.

          Pedro suspiró y encendió los faros.

-          Bueno, no soy tan tonta y ¿sabes? Sé por qué los chicos buscan carreteras solitarias -miró a su alrededor. Desde luego, no había ni rastro de la civilización. Al otro lado del valle verde, el pico Anvil se recortaba contra un cielo de color escarlata-. Esto es muy bonito.

-          Eso me parece a mí.

-          Entonces, ¿a quién has traído aquí?

-          ¡Paula! Cuando dos personas están juntas, deben concentrarse la una en la otra.

-          A menos que quieran explorar el lado de la fantasía.

-          ¿Puedes olvidarte de las fantasías por un momento? Por lo que yo sé, estar aquí contigo es mi fantasía.

-          ¿De verdad?

-          No. No sé lo que me ha hecho decir eso. Olvídalo.

          Pero Paula no podía olvidarlo. Y recordó un sueño que había tenido hacía cinco años.

-          ¿Has soñado alguna vez conmigo?

-          Por supuesto que he soñado contigo. Nos vemos todo el tiempo y yo sueño con la gente que está en mi vida. Todo el mundo lo hace.

-          No, me refiero a sueños eróticos.

          Pedro vaciló.

-          Sí. Una vez.

-          Yo también. Contigo.

-          Eso debe de ser normal.

-          Yo no he dicho que no lo fuera. ¿Qué soñaste?

-          Yo... no puedo acordarme...

-          No te creo. ¿Me vas a decir qué era?

-          No.

-          ¿Quieres saber lo que yo soñé? -como él no respondió, Paula sonrió-. Lo tomaré como un sí. Habíamos ido una noche de verano a comprar un helado a Creamy Cone. El mío se estaba derritiendo por el camino y tú te habías olvidado de las servilletas como siempre.

-          No siempre.

-          Casi siempre. De todas formas, yo me manché y no quería ir a casa así, así que decidiste que la única solución era que me lamieras el helado. Como por arte de magia aparecimos en la orilla del río y estábamos sentados en la arena de nuestro rincón favorito. Tú empezaste a limpiarme como un gato y entonces... empezaste a besarme en vez de chuparme y... me desnudaste... -se preguntó cuántos detalles más debería incluir, pero se sentía deshonesta si no lo contaba todo-. Me besaste los senos y yo te dije que me sorprendía que quisieras hacer eso. Y entonces, cuando por fin íbamos... bueno, me desperté.

          Tenía el corazón desbocado cuando terminó de contar el sueño y recordó exactamente lo que había sentido en aquel sueño, toda ardiente y fundida como el mismo helado. Desde luego, estaba con el estado de ánimo adecuado para un beso. Y para más de un beso. Pedro paró la furgoneta y apagó las luces y el motor.

-          ¡Vaya sueño!

-          Ahora cuéntame el tuyo

-          Quizá más tarde.

-          ¿Se parecía en algo al mío?

-          No.

          El silencio se fue haciendo más intenso. El aire acondicionado estaba apagado, pero el calor exterior no había penetrado en el coche. El calor que Paula sentía venía de dentro de ella y estaba a punto de hacer algo, pero no sabía si debía ser Pedro el que diera el primer paso. Por el rabillo del ojo lo vio mirando al vacío. Parecía hipnotizado. Al final decidió decir algo.

-          ¿Y ahora qué?

-          Dame un minuto. Después, pondremos la manta en la parte trasera.

-          ¿Te sientes mal o algo así?

-          No, me siento excitado.

-          ¿De verdad? -miró a sus pantalones, pero estaba demasiado oscuro-. Bien. ¿Ha sido mí sueño lo que te ha excitado?

-          Claro. Pero probablemente ya sabrías lo que pasaría después de lo que has leído sobre las fantasías.

-          No, no lo sabía -se sentía encantada consigo misma-. Me preguntaba si te reirías.

          Pedro lanzó un gemido.

-          Supongo que no me conoces tan bien como crees, entonces.

-          Entonces... ¿realmente me deseas ahora?

          Pedro volvió la vista hacia ella.

-          Sí. De verdad. Vaya sorpresa, ¿verdad?

-          ¡Oh, Peter! -se llevó la mano al corazón-. ¡Eso me hace sentirme tan bien!

          Él esbozó una lenta sonrisa.

-          Supongo que esto no va a ser tan difícil como pensábamos.

          Ella le devolvió la sonrisa.

-          Supongo que no. ¿Quieres que ponga la manta en la parte trasera y te espere?

          Pedro inspiró con fuerza.

-          Ya estoy bien. Espera aquí.

-          Saldré a ayudarte.

-          No quiero que pises una serpiente con esas sandalias.

-          ¡He vivido aquí toda mi vida, Pedro! -dijo agarrando la manta-. Desde luego qué sé mirar bien antes de salir de un vehículo por la noche en medio de ninguna parte.

-          ¡Eh! -Pedro se volvió para mirarla-. ¿Es que no puedes actuar de tímida mujercita unos minutos para darle a un chico la oportunidad de ser el macho valiente? Es bueno para su ego.

-          ¡Oh! -sonrió y cerró la puerta de nuevo.

-          De acuerdo, pero creo que es una tontería.

          Él sacudió la cabeza.


-          Quizá esto vaya a ser tan difícil como creíamos. 













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Lean el que sigue...

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