lunes, 30 de diciembre de 2013

Capítulo 7


7

          La partida de póquer se celebraba en casa de Federico, el más joven del clan de los Chaves. Fede estaba recién casado y orgulloso de presumir de las cosas que compartía con Susie en su apartamento en las afueras del pueblo.

          Pedro llevaba todo el día preocupado por el asunto de la virginidad de Paula. Y lo peor era que tenía que darle la razón en sus razonamientos, tanto con respecto a sus alumnas como con algún buitre de ciudad que quisiera aprovecharse de una chica inexperta.

-          Eh, gran Peter, ¿sigues la apuesta o no?

          Pedro alzó la cabeza de golpe. Desde luego Paula le había arruinado la partida de póquer de esa noche. Lo que más le gustaba de aquellas sesiones era su simpleza. Pero esa noche no había nada simple.

-          No, paso.

-          Veamos que tienes tú, Gonzalito -dijo Dozer.

          Los hermanos eran los mejores amigos de Pedro aparte de Paula. Su madre y la de ellos eran amigas íntimas, así que sus hijos se habían criado juntos. En la secundaria, el clan Chaves le había cubierto las espaldas literalmente en el equipo de los Mineros de Copperville. Pero esa noche los veía con ojos diferentes cuando pensaba cómo reaccionaría cada uno si se enterara de la conversación que había mantenido con Paula esa mañana.

-          Míralas y llora, Dozer -dijo Gonzalo enseñando dos damas y tres sietes.

          A la temprana edad de treinta años, Gonzalo estaba perdiendo ya el pelo, así que llevaba casi siempre una gorra de béisbol incluso dentro de la casa. Esa noche llevaba una negra del café Nugget.

          Gonzalo no perdía detallé, por lo que era un gran jugador de póquer y sería el primero en enterarse de que él había buscado a un tipo para iniciar a Paula y también el que organizaría la represalia contra Pedro y contra el pobre individuo.

-          ¡Maldición! -murmuró Dozer, un pelirrojo con la misma fogosidad que su cabello. Era de los que actuaba antes de pensar.

-          Ha sido pura suerte -intervino Federico apartando su silla-. ¿Quién quiere una cerveza?

          Fede no tenía ni un pelo de malo en toda su cabeza y ni siquiera podía cazar debido a su tierno corazón. Haría lo que fuera por cualquiera y casi nunca se ofendía. Excepto cuando se trataba de alguien que molestara a su hermana. Entonces toda su ternura se evaporaba. Pedro ya lo había visto en una ocasión.

-          Yo quiero una. Y no traigas una de esas horribles cervezas light.

-          No las he comprado yo. Ha sido Susie. Dice que necesito vigilar mi cintura.

-          Sí, Deena ha estado soltándome la misma monserga -dijo Hammer, el tercero y más bajo de los hermanos.

          Hammer era de la edad de Pedro y habían estado en muchas clases juntos en la escuela. Por lógica, debería ser el mejor amigo entre los cuatro hermanos, pero Hammer no era un pensador y a Pedro siempre le había gustado mas hablar con Paula y había sospechado a menudo que se sentía un poco celoso de la relación tan especial que tenía él con su hermana. Hammer miró a Pedro.

-          No sabes lo que tienes sin una mujer que te dé la lata con tu dieta.

-          Eso es verdad -le secundó Dozer-. La cosa se está poniendo tan mal, que Cindy hasta me quita la bolsa de patatas cuando veo el partido del lunes por la noche.

-          ¿Y se lo consientes? -intervino Gonzalo-. Eso no pasaría en mi casa. Soy yo el que le pone las normas a Joan.

          Pedro dejó que el coro de carcajadas se apagara.   

-          ¿Estás de broma? Joan te tiene en un puño.

          Gonzalo sonrió.

-          De hecho -continuó Pedro-. No he visto tipos tan locos por el matrimonio como vosotros cuatro. Casi no podíais esperar a llegar al altar. No me vengáis ahora con esas monsergas de que os dan la lata vuestras mujeres. Os encanta que lo hagan.

          Y él los envidiaba, comprendió. Todos habían encontrado la felicidad.

          Gonzalo aceptó la cerveza que Fede le había llevado y la abrió.

-          Entonces, ¿cuando te vas a unir a este feo grupo para hacer cinco?

-          Cuando encuentre a la mujer adecuada.

-          ¡Diablos, si has tenido un ejército de mujeres adecuadas! -Dozer se apartó un mechón rojo de la frente-. Jenny era estupenda. Yo salí con Jenny y no había nada malo en ella.

-          Entonces, ¿por que acabaste con Cindy?

-          Cindy sabe cómo manejar mi temperamento, pero tú no tienes demasiado carácter, Peter. Jenny estaría bien para ti.

-          Sí -asintió Hammer-. Y tiene un bonito cuerpo.

-          Y Babs -intervino Gonzalo-. A mí me gusta Babs.

          Pedro tragó su cerveza.

-          A mí también, pero no tanto como para siempre.

-          Eres muy selectivo, Pedro -dijo Federico-. Ése es tu problema. Nadie va a ser perfecto -sonrió-. Aunque Suzie está cerca.

-          El novato puede tener razón -dijo Gonzalo-. Quizás seas demasiado selectivo. ¿Qué tipo de criterios usas si has eliminado a chicas tan estupendas como Jenny y Babs?

          Pedro se metió un puñado de cacahuetes en la boca.

-          ¿Sabéis? Estoy realmente conmovido de que os preocupéis tanto por mi matrimonio. Quizá deberíamos agarrarnos de las manos y rezar. Puede que, si nos concentramos de verdad, veré la luz y agarraré a la primera mujer que se cruce en mi camino.

          Gonzalo enarcó las cejas y miró a Federico.

-          ¿Dijiste que este edificio de apartamentos tenía piscina?

-          Desde luego.

          Todos apartaron las sillas. Pedro vio el brillo burlón en los ojos de los hermanos.

-          ¡Eh, no tanta prisa! Sólo estaba bromeando.

-          Y nosotros también -dijo Hammer-. ¿Verdad, Dozer?

-          Sí -Dozer rió-. Me encantan las bromas.


          Y mientras lo arrastraban sin ceremonia a la piscina y lo tiraban vestido, Pedro pensó que quizá se merecía aquel chapuzón, aunque no por la razón que creían los chicos.













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Holis! Acá les dejo los dos capítulos de hoy. Espero que los disfruten y cometen por favor! Gracias y hasta mañana, capaz que suba 1 o no suba ya veo si me da el tiempo, en fin, descansen y duerman lindo♥




PD: Si quieren que les pase la nove cada vez que suban avisenme x mi tw, @LasPepitasDePau

Capítulo 6.


6

          Paula reconoció la suerte que tenía de que le cayeran bien todas las mujeres que sus hermanos habían escogido como esposas y que el sentimiento fuera mutuo. Cuando los chicos se reunían para su partida de póquer los miércoles por la noche, sus mujeres buscaban canguros y se reunían en casa de una de ellas para jugar al pinocle. Paula siempre estaba invitada.

          Esa noche se reunían en casa de Joan y Gonzalo. Gonzalo era el hermano mayor de Paula y el líder de sus cinco hermanos. Había sido el primero en casarse, en comprar una casa y en tener niños.

          Desde el momento en que su, sobrina, Sara, había llegado al mundo, Paula había decidido que ser tía era lo mejor del mundo, aunque estaba un poco cansada de ser una tía soltera. Llegó pronto a casa de Joan para poder ver a Sara, que tenía ahora ocho años y a Joe, de seis años, antes de que los acostaran.

          Después de dar a cada niño el juego que les había comprado en Phoenix, siguió a la pelirroja de su cuñada a la cocina a ayudar a preparar las bebidas y canapés para la partida.

-          Gracias por los juegos. La verdad es que van a echarte de menos cuando te vayas a Nueva York.

-          Yo también a ellos.

          Paula vació unas patatas de en un cuenco y abrió el frigorífico para sacar la salsa casera de Joan.

-          ¡No lo sé! Llevarás una vida tan excitante, que no creo que eches de menos nada de aquí.

-          Claro que sí. Adoro este pueblo, a mi familia y mis amigos.

-          Yo también, pero daría lo que fuera por estar en tu piel.

-          ¿De verdad?

          Paula miró a su cuñada. Con sus antepasados hispanos y su orientación vital hacia la familia y los niños, parecía haber cumplido su sueño.

-          Pensaba que eras una madre vocacional.

-          No me interpretes mal. Soy muy feliz. Pero el reto ha desaparecido. Cuando me casé, todo era nuevo. El sexo era nuevo, tener niños era nuevo y comprar esta casa y arreglarla era nuevo. Pero ahora todo sigue una cómoda rutina. Y yo deseo... más mundos que conquistar, supongo.

-          Lo entiendo muy bien. Ése es el motivo por el que me voy a Nueva York. Es mi monte Everest -vaciló antes de hacer una sugerencia-. ¿Has pensado en volver a estudiar?

-          Ya he conseguido los folletos. Estoy pensando... no te rías, en convertirme en consejera matrimonial.

-          ¿No bromeas? Joan, eso sería maravilloso. Desde luego, tú debes saber los ingredientes para conseguir un buen matrimonio.

          Joan la miró de soslayo.

-          No me llamaría experta, pero entiendo lo que pasa cuando en una pareja uno pierde el interés por, el otro.

          Paula se quedó con la boca abierta.

-          ¿Quieres decir...?

-          Quiero decir que las cosas se están haciendo verdaderamente aburridas en la cama. He pensado en ir a Phoenix a comprar algunos libros sobre la materia. No me atrevería a hacerlo en Copperville porque todo el pueblo pensaría que soy una ninfómana.

-          Desde luego. ¿Sabes, yo...? -Paula se detuvo antes de ofrecerle un par de libros-. Creo que es una buena idea.

-          Imaginaba que lo entenderías. Escucha, no estoy diciendo nada en contra de tu hermano. Es un tipo estupendo. Es sólo que a los dos nos sentaría bien seguir algunas indicaciones.

-          Seguro. La mayoría de la gente lo hace. Ya sabes cómo es. Te acostumbras a cierta forma de hacer las cosas y entonces todo se vuelve mecánico.

-          Absolutamente.

          Paula se sentía como una impostora por dejar que su cuñada imaginara que tenía alguna experiencia.

          Joan le dio un abrazo.

-          Gracias por escucharme y animarme. Incluso aunque seas más joven que yo, siempre te he considerado más sofisticada por algún motivo. Quizá sea por el título universitario.

          Paula le devolvió el abrazo.

-          La teoría no lo es todo.

-          No. Lo ideal sería tener las dos cosas.

-          No podría estar más de acuerdo.


          Y si Pedro la ayudaba, tendría las dos cosas por fin. 













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sábado, 28 de diciembre de 2013

Capítulo 5


5

-          ¿Estas loca? -Pedro se puso de pie con tal brusquedad, que empujó sin querer a Paula. Lo único peor que imaginarse a sí mismo involucrado en aquella sucia idea era imaginarse a Paula con otro tipo-. Lo siento.

          Se inclinó para darle la mano y ayudarla. En cuanto estuvo de pie, le soltó la mano aprisa y ella se sacudió la parte trasera de los pantalones.

-          Peter, por favor. No puedo ser virgen toda la vida.

-          ¿Por qué no?

          Sabía que no estaba siendo razonable, pero no podía evitarlo. Y maldita fuera, ahora se había sorprendido mirándola sacudirse el trasero y pensando en que era muy bonito.

          Maldición.

          Ella suspiró y bajó la cabeza.

-          ¡Confiaba tanto en tu ayuda!

-          Oh, Dios -no sólo estaba teniendo pensamientos inapropiados acerca de ella, sino que ahora sentía que la estaba abandonando-. Pau, sabes que haría cualquier cosa del mundo por ti, pero no creo que esto funcione.

          Ella alzó la cabeza con la esperanza brillando en sus ojos grises y Pedro dio un paso atrás.

-          No me mires de esa manera.

-          Así es como lo haremos. Nos estrujaremos el cerebro con las posibilidades y sacaremos una lista reducida. Entonces tú podrás enterarte si los chicos están saliendo con alguien porque no quiero romper ningún...

-          ¡Uau! -el pánico le asaltó-. Nunca he dicho que lo haría.

-          Has dicho que harías cualquier cosa por mí.

-          ¡Cualquier cosa menos buscarte un amante! -sólo pronunciarlo le daba escalofríos. Había hecho tantos esfuerzos por no pensar en Paula nunca de forma sexual... Y ahora habían caído todas las barreras. Por primera vez, se fijó en cómo la camiseta se tensaba contra sus senos y en la incitante curva de sus caderas-. Creo que eso es un poco más de lo que una persona razonable podría esperar, ¿no te parece?

-          ¡Es perfectamente razonable! ¿Por qué iba a buscar por mi cuenta para acabar con algún torpe lerdo que haga que mi primera experiencia sea una pesadilla cuando puedo confiar en tu consejo y pasar un buen momento?  

          Pedro no podía pensar mientras tenía la imagen de Paula pasando “un buen momento”.

-          ¿Lo ves? -esbozó la sonrisa de superioridad que siempre ponía cuando ganaba algún juego-. Tienes que admitir que tiene sentido.

-          No tengo que admitir nada. ¿Por qué no te ayuda una de tus amigas? Pensé que las mujeres hablabais de los chicos todo el tiempo.

-          Sí, pero tú eres mejor fuente de información -se metió las manos en los bolsillos-. Tú has salido con más chicos que nadie a quien yo conozca. Sabes lo que las mujeres dicen de un chico y has tenido la oportunidad de conocerlos en persona y saber cómo son. Y además, no confío en nadie tanto como en ti.

          Pedro tragó saliva. No sabía cómo negarse. Y le gustaría que no siguiera así de pie, con las manos en las caderas y el pecho alzado hacia adelante. No le gustaba. De acuerdo, le gustaba demasiado.

-          Peter.

          Paula se adelantó y posó la mano en su brazo.

          Él intentó no dar un respingo. Ella le había tocado un millón de veces y nunca había significado nada. Hasta ese momento.

-          Escucha, Peter. Tú me sacaste el primer diente, ¿recuerdas?

-          Es un caso diferente.

-          Y me enseñaste a conducir. Y me diste mi primer trago de whisky.

-          Me lo suplicaste y después vomitaste.

-          Y tú me sujetaste la cabeza. Verás en todos esos momentos importantes de mi vida, tú estabas allí para guiarme.

-          Esto es diferente.

-          No, si dejas de ser tan puritano.

-          Yo no soy...

-          ¿Qué te parece Donny?

-          ¿Donny Beauford? -lanzó un bufido desdeñoso-. No puedes hablar en serio.

-          ¿Por qué? ¿Qué tiene de malo Donny?

          Pedro no podía explicarlo exactamente, sólo que cuando pensaba en Donny en un abrazo íntimo con Paula, la piel se le erizaba. Miró hacia el sicómoro antes de mirarla a ella.

-          Él no... te cuidaría.

-          ¡Oh! -se sonrojó-. ¿Te refieres sexualmente?

-          De cualquier manera.

-          ¿Ves? Eso es exactamente lo que yo necesito saber. ¿Y qué hay de Stu?

-          ¡Oh, Dios! Ese peor.

-          ¿Bucle?

-          De ninguna manera.

-          Ya sé quién. Jerry.

-          ¡Desde luego que no! Es un buitre. Probablemente te... Bueno, no importa. Jerry para nada.

-          De acuerdo. Entonces haz una sugerencia.

          Él la miró en el silencio interrumpido sólo por el sonido del agua y el eco de los cascos de los dos caballos, que se estaban inquietando cada vez más con el calor. Sintió sudor en la espalda, pero no, no creía que fuera sólo del calor.

-          No se me ocurre nadie.

          La verdad era que no quería pensar en nadie.

-          Quizá necesites más tiempo. Te he pillado por sorpresa.

-          Desde luego.

-          Te diré una cosa. Vamos la posponer la discusión. Quizá podamos quedar para cenar esta noche.

-          Es la noche de póquer.

-          Tienes razón. Yo tampoco puedo. Juego al pinocle en casa de Joan. Bueno, mañana por la noche.

          Pedro decidió que el retraso era lo mejor que podía esperar. No podía imaginar cómo saldría de aquel embrollo en treinta y seis horas, pero quizá ocurriera un milagro.

-          Te veré en el café Nugget.

-          Bien. ¿A la seis?

-          Me parece bien -alzó la vista hacia el sol-. Es tarde. Será mejor que volvamos. Tengo un montón de cosas que hacer hoy.

-          Sí, yo también.

-          ¿Cómo qué?

-          Investigar. He comprado algunos libros en Phoenix.

          Pedro tenía la sensación de que no debía preguntarlo, pero lo hizo de todas formas.

-          ¿De qué?

-          De técnicas sexuales. Cuando llegue el momento, quiero saber lo más posible.

          Pedro se sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en la boca del estómago.

-          ¿Es ese tu proyecto de verano?

-          Pues la verdad es que sí.


          Pedro gimió para sus adentros. Aquello era peor de lo que había imaginado. Cuando Paula se lanzaba a uno de sus proyectos de verano, no la detenía ni un camión cargado de dinamita. Y si la conocía bien, dejaría de ser virgen antes de terminar el verano.













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Hola! Acá les dejo las dos capítulos de hoy, espero que los disfruten y comenten, acá o en mi tw (@LasPepitasDePau). 

Capítulo 4.


4

          Paula había formado parte de su mundo desde que tenía memoria. Y también el resto de su familia, dándole los hermanos y hermanas que no había tenido. Pero Paula había sido siempre a la que había estado más unido y con la que había compartido todo.

          Se moriría antes de decirle lo mucho que la echaría de menos. En primer lugar, ellos nunca se habían puesto sentimentales con su relación y no quería estropear aquel excitante capítulo que se abría ante su vida. Estaba celoso a muerte y le costaría adaptarse a estar solo, pero eso no quería decir que no se alegrara de su oportunidad.

-          Me alegro de que hayas conseguido ese trabajo.

-          Yo también. Pero te he pedido que vinieras porque tengo un problema y... creo que podrías ayudarme.

-          Claro. Lo que sea.

-          Nueva York es un mundo diferente y no me siento exactamente... preparada para él.

          Parecía que le estaba costando encontrar las palabras adecuadas.

-          Claro que estás preparada. Has trabajado para esto toda tu vida. Siempre he sabido que saldrías de aquí y harías algo especial se dio la vuelta hacia ella-. Es tu última meta, Pau. Puede que te ponga nerviosa, pero lo harás de maravilla.

-          Gracias.

          Sonrió, pero parecía muy preocupada y nerviosa.

          Pedro esperaba que no fuera a romper su código de no ponerse sentimental.

          Ella se aclaró la garganta y se dio la vuelta para mirar hacia el río concentrada como si fuera la primera vez que lo veía. Dios, esperaba que no se pusiera a llorar. Ella no era ninguna llorona, cosa que él había agradecido siempre. Sólo la había visto llorar por la muerte de su pony y cuando aquel estúpido de Bobby Hitchcock le había dado plantón en su baile de graduación. Por suerte, él no había tenido ninguna cita y había podido acompañarla.

          Lo habían pasado de maravilla y Pedro hasta había pensado en pedirle que saliera con él en serio. Estaba tan bonita con aquel traje amarillo, que se le había secado la garganta y para su sorpresa, se había excitado un poco cuando habían bailado. Hasta había estado a punto de besarla en la pista de baile, pero había recuperado la razón pensando en lo que le harían sus hermanos si la tocaba siquiera. Y además, besarla hubiera sido como besar a su hermana.

          Ella seguía mirando al río.  

-          Peter, yo...

-          Yo también -la atajó para que no pusiera en palabras lo que él mismo sentía.

-          Oh, no lo creo. El asunto es, Peter... que todavía... soy virgen.

          La sorpresa fue tal, que Pedro se atragantó con la paja que estaba mordisqueando y empezó a toser con violencia. Cuando las palmadas de Paula no consiguieron calmarlo, ella se acercó al río con su sombrero y lo llenó de agua.

-          Bebe.

          Pedro bebió y se quitó el sombrero para echarse el resto del agua por encima de la cabeza. Cuando se sacudió el agua de los párpados e inspiró con fuerza, se sintió algo mejor.

          Ella seguía arrodillada frente a él cuando tuvo el valor de mirarla.  

-          ¿Y qué? -preguntó con voz cascada.

-          Que tengo veintiséis años.

-          ¿Y?

          Sabía que su respuesta carecía de ingenio, pero tenía bloqueado el cerebro. Lo cierto era que si se hubiera puesto a pensar en el asunto, habría llegado a la conclusión de que Paula debía de ser virgen. Sus hermanos la habían acorazado desde el momento en que había entrado en la pubertad.

-          Que no puedo ir a una gran ciudad así. No puedo ser consejera de unas chicas que probablemente ya lo habrán experimentado a los trece años.

-          Ya entiendo.

          Y de forma demasiado gráfica. Estaba pensando en la horrible posibilidad de que le pidiera a él que se encargara de solucionar el problema.

-          Pues yo creo que puedes ir perfectamente a Nueva York sin... experiencia. La castidad está en auge últimamente. Podrías ser un modelo para ellas.

-          ¡Oh, Peter! ¡Yo no quiero ser ningún modelo de castidad! Yo no elegí ser virgen por algún con-vencimiento profundo. Sabes tan bien como yo que la culpa de todo esto la tienen mis hermanos.

          Sus hermanos. Dios, le arrancarían la piel a tiras si le pusiera un solo dedo encima.

-          ¡Pero tus hermanos no van a ir a Nueva York!

          En cuanto lo dijo, supo que había caído de la sartén al fuego

-          No, y ése es el otro asunto. Estaré sin tener ni idea del sexo y sola en una ciudad abarrotada de hombres sofisticados. Si lo que quieres de mí es que me tire a los pies del primer truhán de ciudad que me tome por una boba por no saber nada...

          Aquella era una trampa mortal. Y que lo ahorcaran, si no se sentía tentado.

-          Por supuesto que no, pero...

-          Necesito a un hombre agradable, Peter. Alguien que me pueda resolver este problema antes de irme.

          ¡Oh, Dios! Iba a pedírselo a él. El corazón se le desbocó y se preguntó si tendría valor para rechazarla.

-          Escucha, Pau. No sabes lo que estás diciendo.


-          Sé exactamente lo que estoy diciendo y tú eres la única persona en quien puedo confiar para encontrar a ese hombre. 













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viernes, 27 de diciembre de 2013

Capítulo 3


3


          Quizá pedirle ayuda a Peter no fuera a resultar tan sencillo, pensó Paula mientras se dirigía al camino que daba al río. Allí estaba ella sonrojada por un comentario inocuo como montar. Quizá hubiera leído demasiados libros de aquellos y ahora le parecía que todo tenía alguna connotación sexual. Desde luego, no podía ir a Nueva York sin resolver aquel asunto.

          Esquivando alguna ocasional rama baja, Paula iba a un cuerpo por delante de él. Peter sabía que algo pasaba. Ella nunca había podido guardarle ningún secreto, así que le contaría su plan en cuanto llegaran al banco arenoso del río que había sido siempre su rincón favorito. De niños lo habían usado para imitar las batallas de la Guerra de las Galaxias y, cuando crecieron, solían ir allí a beber refrescos y hablar de lo que les estuviera pasando en la vida en aquel momento.

          Paula nunca había enseñado aquel escondite a nadie más, ni tampoco Peter, por lo que ella sabía. Antes de que ninguno de los dos supiera nada del sexo, ya habían discutido allí si los hombres y las mujeres harían los bebés igual que los caballos, cabras y perros. Más adelante, Peter había puesto fin a sus conversaciones sobre el asunto y ahora Paula quería abrir de nuevo la discusión, pero no estaba segura de tener valor suficiente.

-          Bueno, ¿cuál es tu proyecto para este verano? -preguntó Peter tras ella-. Siempre tienes uno.

          Pero Paula no quería hablar mientras estuvieran montados a caballo.

-          Todavía me lo estoy pensando.

-          ¿De verdad? Pues normalmente ya lo tienes planeado hacia abril. Nunca me olvidaré del año que estabas fascinada con Australia y no dejabas de lanzar el aparato ese infernal mientras yo asaba gambas en la barbacoa.

-          ¿Y cómo iba yo a saber que encabritaría a los caballos?

          Peter lanzó una carcajada.

-          Eso hubiera encabritado hasta a un muerto. ¿Sigues jugando o ya has tenido compasión de tus vecinos?

-          Ya no juego.


          Paula apenas tenía que guiar a Peppermint después de las veces que había hecho aquel recorrido. Se podía oler el río cerca ya y la yegua aceleró el paso. Como siempre, Paula deseaba ver aquella primera imagen de la playa en miniatura rodeada casi por completo por altos farallones.

          La yegua llegó al banco y empezó a bajar hacia la arena. Frente a ellos, el río discurría plácidamente y, aparte de unos cuantos patos flotando, la orilla estaba desierta.  

          No había peligro de que nadie los oyera y Paula confiaba en que Peter la escuchara sin reírse. No podía confiar en nadie mejor que en él. Y sin embargo, por mucho que se lo repitiera, seguía sintiendo aquel extraño cosquilleo en el estómago.

          Peter dio de beber a su caballo y lo ató bajo el sicómoro en que Paula había atado a Peppermint antes de ir a sentarse al lado de ella a la sombra.

          Agarró una piedra como siempre y la lanzó al agua.

-          ¿Sabes algo ya de esa maestra de tu nueva escuela?

-          Sí -Paula agarró un puñado de hierba seca y lo estrujó entre los dedos-. Me mandó un e-mail y me invita a quedarme con ella hasta que encuentre mi propio apartamento.

          Peter miró a Paula. Se había preguntado si le habría sugerido aquel paseo por estar preocupada por algo. Quizá aquel traslado la asustara. Paula había alquilado una casita desde que había conseguido su primer trabajo de consejera en el colegio de secundaria de Copperville, pero vivir en un pequeño pueblo minero de Arizona con tus padres a menos de tres kilómetros era muy diferente a vivir sola en una urbe como Nueva York.

-          ¿Y no te podría alquilar una habitación en su casa?

          Paula sacudió la cabeza.

-          No tiene sitio. Tendré que dormir en el sofá hasta que encuentre un apartamento. Además, quiero tener mi propia casa. Después de crecer en una casa llena de hermanos, he descubierto que me encanta la intimidad de vivir sola.

-          Crees que estás viviendo sola. Tu familia se pasa por tu casa cada poco.

-          Ya lo sé -suspiró-. Los quiero, pero estoy deseando estar menos cerca para variar.  

          Peter podía entenderla. Ésa era una de las razones por las que él había sacado su licencia de piloto privado y buscaba cualquier excusa para pilotar su avioneta Cessna sólo por el placer de estar solo.

-          Puede que te sientas sola.

-          Probablemente, pero después de vivir en una pecera, la soledad no me suena tan mal.

-          Ya -Peter arrojó otra piedra al agua-. Te escucho.



          Aspiró la mezcla familiar de olores: la humedad del río, la dulzura de la hierba, la ligera colonia floral que hacía años que Paula usaba. Maldita sea, iba a echarla de menos. Había evitado enfrentarse a aquella emoción desagradable, pero le asaltó entonces de repente y no le gustó nada. 













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Acá uno mas, gracias por comentar y seguir la nove. Mañana capaz que suba otros dos. Sigan comentando acá o en mi tw (@LasPepitasDePau). 

Capítulo 2.


2

          El sol apenas se había elevado sobre las crestas de las montañas cuando Pedro ensilló a los dos caballos. Se había levantado esa mañana de la cama con sensación de anticipación. No había salido a montar con Paula de madrugada desde hacía meses y, cuando ella le había llamado para sugerírselo, se había sentido feliz, aunque últimamente estaba un poco celoso de ella.

          De niños se habían pasado horas hablando de los sitios a los que irían de mayores. Y en septiembre, ella realizaría sus sueños mientras que él seguiría atrapado en el rancho. Sus padres esperaban que se quedara y que con el tiempo se hiciera cargo de la tierra que ellos habían conseguido con tanto esfuerzo. Y como hijo único, no podía pasar esa obligación a nadie más.

          Paula lo tenía más fácil con sus cuatro hermanos, sus mujeres y los siete nietos que tenían ya sus padres. No tenía por qué sentir culpabilidad por aferrarse a aquella oportunidad de independencia. Pedro envidiaba esa libertad.

-          Lo mejor de la mañana para ti, Alfonso.

          Pedro apretó la cincha de Peppermint Patty y se volvió para sonreír a Paula.

          Ella lo había saludado así durante meses después de haber hecho de protagonista en una comedia de la escuela y eso le traía recuerdos.

          Habían ensayado juntos su papel en la casa árbol del jardín de Paula. Había estado a punto de besarla, sólo por exigencias del guión, pero los dos habían decidido que no era necesario para aprender el papel. El se había sentido aliviado, por supuesto, porque besar a Paula le hubiera parecido raro. Pero en su momento, lo había deseado de todas formas.

-          Ah, sí, y hace una bonita mañana, al fin -contestó él interpretando su parte.

          Estaba estupenda como siempre, pero tenía algo diferente esa mañana. La estudió intentando averiguarlo.

-          ¿Te has cortado el pelo?

-          Desde la última vez que me has visto, no. ¿Por qué? ¿Está mal?

-          No. Está bien.

           En los veintitrés años que llevaba mirando a Paula, la había visto con trenzas, permanentes afro, rapados punkies y hasta mechas rojas. Le gustaba cómo lo llevaba ahora, hasta la barbilla y recto para que le salieran sus ondas naturales.

-          ¿Es que tengo una mancha en la camisa o algo así?

-          No. -se ladeó el sombrero con la punta del dedo -. Juraría que hay algo diferente en ti. ¿Llevas algún maquillaje raro?

-          ¿Para montar a caballo? No soy tan estúpida. 

          Pedro contempló su suave piel donde se le notaban todas las pecas y sus labios, que tenían el mismo color rosado de siempre. No, no llevaba maquillaje.

          Pero al mirarla a los ojos verdes, intentó descifrar qué era lo que le pasaba. Nunca se habían ocultado nada hasta el momento. Pero esa mañana, fuera por lo que fuera, Paula tenía un secreto. Le cambiaba toda la expresión haciéndola parecer misteriosa, casi sensual. Y eso que él nunca había pensado en Paula como en una mujer sensual.

          A pesar de sí mismo, estaba intrigado. Y hasta un poco excitado. Pedro no asociaba a Paula con el misterio, eso era un concepto nuevo. Decidió esperar y adivinar el secreto en aquellos grandes ojos grises. Sería divertido…

          Le dio un pellizco en la nariz y dio un paso atrás.

-          Supongo que me estaré imaginando las cosas. Eres la misma Paula de siempre. ¿Lista para montar?

          Para sorpresa suya, ella se sonrojó. Y Paula nunca se había sonrojado delante de él. Se conocían demasiado bien.

-          Hum, seguro -murmuró ella dirigiéndose hacia Peppermint sin mirarlo-. Estamos desperdiciando el día.

          Mientras Pedro intentaba averiguar qué había dicho para hacerla sonrojarse, ella montó con facilidad y él hubiera jurado que se estremecía. Aquél iba a ser el paseo a caballo más interesante que había realizado con Paula.













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Segundo capitulo y espero que la estén disfrutando. Perdonen si mas adelante hay capítulos que son muy cortos pero al ser adaptada es medio complicado de cortar y que quede bien. Bueno eso, y comente acá o el mi tw (@LasPepitasDePau)