21
«Perfecto»,
pensó Pedro. Él nunca había estado con nadie con quien se hubiera sentido tan
cercano como con Paula en aquel momento. Le pareció que todas sus vidas habían
estado encaminadas a aquel momento. Unidos de espíritu desde que eran niños,
por fin habían creado la última unión y sintió que siempre habían estado
destinados a ello.
Pensando en
ella, se movió con cuidado, pero sintiendo la perfección que encarnaban juntos.
-
¿Estás bien? -murmuró
-
Muy... muy bien.
Los ojos le
brillaron
Pedro se
retiró y avanzó de nuevo. Sí. Y otra vez más.
-
Oh. Pau!
-
Peter... Peter.
El asombro
en sus ojos y la riqueza con que pronunció su nombre era todo lo que necesitaba
saber. Paula estaba con él. Pedro deslizó una mano tras sus nalgas y la mantuvo
firme mientras transmitía un ritmo más apremiante. Ella lo siguió con rapidez,
acompasándose a sus embestidas. Su trasero era suave y al notar la flexión de
sus músculos bajo su palma supo que ella había empezado a participar para
volverlo loco.
Muy loco.
Pronto. Pedro
cambió el ángulo para rozarle los senos con su torso y apretar el botón
sensible entre sus muslos para que llegara con él.
La
respiración de ella se hizo jadeante y supo que había encontrado el punto y que
debía aguantar todavía un poco. Esa primera vez quería darle el regalo de saber
lo bueno que podía ser, las alturas que podría escalar con él dentro de ella.
Los ojos de
ella se abrieron y la respiración se desbocó. Aquella respuesta aceleró la de
Pedro. Nunca hubiera creído que hacer el amor podría ser así. El cuerpo de
Paula se arqueó para recibir sus embates apretándose alrededor de él. Cuando en
los ojos de ella vio que se acercaba el momento, Pedro lanzó una carcajada
exultante.
-
¡Sí! -gritó.
-
¡Oh, Peter! -se arqueó contra él-, Estoy......
-
Sí -bramó él con voz ronca de deseo-. Ahora eres una
mujer.
«Mi mujer»,
pensó.
Con una
embestida final consiguió que el paraíso lloviera sobre ellos.
Paula
permaneció tendida en las almohadas al lado de Pedro con la bandeja sobre un
cojín mientras picaban los aperitivos que había preparado. Pedro estaba
comiendo con apetito, pero ella había perdido interés por la comida.
Miró a Pedro
por centésima vez con una sonrisa.
-
Lo hemos hecho muy bien, ¿verdad?
Él se quedó
con el melocotón a medio camino de la boca y la miró.
-
Sí. Tú también pareces muy contenta contigo misma.
-
Lo estoy -agarró un racimo de uvas negras y se metió
una en la boca-. Estoy orgullosa de nosotros. Creo que hemos sido fantásticos.
Mucho mejor de lo que hubiera esperado.
Después de tragar
un trozo de melocotón, Pedro hizo un gesto a su alrededor.
-
No lo sé. Mirando todo esto, yo diría que esperabas
mucho.
-
Los libros dicen que el hombre es un animal visual y yo
intentaba asegurarme que te excitaras a conciencia. Quizá si me hubieras visto
con unos pantalones conos y una camiseta no lo hubiera conseguido.
Pedro lanzó
una carcajada tan fuerte que casi se atragantó.
-
Paula, ya tenía una erección de camino aquí sólo con
pensar en lo que íbamos a hacer.
-
¿Sí? -ella sonrió-. ¿Así que lo del teléfono funcionó?
-
¡Sabía que lo habías hecho a propósito!
-
Por supuesto. Igual que hiciste tú lo de los guantes.
-
Y tú me dejaste aquel mensaje insinuante en el
contestador. Casi se me caen las maletas cuando oí lo del hielo delante de mi
madre.
-
Bueno, no quería que perdieras el interés.
-
No creo que hubiera podido.
-
En serio, Pedro. Según lo que he leído, las mujeres
mantienen con más facilidad los sentimientos de pasión en la distancia mientras
que los hombres son más de: “ojos que no ven, corazón que no siente”. No quería
que perdieras el interés.
-
Para tu información, no había posibilidad de que lo
perdiera. No necesitaba aquella conversación telefónica o la insinuación del
hielo para estar excitado.
-
¡Oh! ¡Se me olvidó lo del hielo! Pensaba hacerte
algunas cosas especiales con ese truco, pero estaba tan excitada que se me
olvidó.
-
Lo tomaré como un cumplido.
El corazón
le latió un poco más fuerte al recordar la gloria de su unión con él y sus
almas fundidas.
-
Es un cumplido. Sólo podía pensar en lo que estaba
pasando entre nosotros -lo miró a los ojos y el ardor le invadió las partes
secretas de nuevo-. Supongo que no necesitábamos el hielo.
-
No, sólo nos necesitábamos el uno a otro.
Incluso
ahora, Paula apenas podía creer que él la hubiera deseado de verdad.
-
Esto es tan nuevo... ¿O sea que te has sentido excitado
de verdad por mí, la chica a la que conoces de toda la vida?
-
Uh, uh.
-
¡Uau!
-
De hecho, me estoy excitando otra vez.
Y también
ella, aunque no quería reconocerlo.
-
Pensé que los hombres tardaban un poco en recuperarse.
-
Ya ha pasado un poco.
-
No mucho. Según dicen los expertos, un hombre necesita
cierta estimulación antes de empezar otro episodio.
Pedro lanzó una carcajada.
-
Esas lecturas te pueden traer problemas. Acepta mi
palabra. Yo conseguiría hacerlo otra vez. Y quizá varias. Me gustaría quedarme
aquí y hacerte el amor toda la noche, pero no sé cómo explicaría que mi
furgoneta estuviera aparcada frente a tu casa hasta el amanecer -Paula miró el
reloj y lanzó un suspiro de pesar-. Y además, necesito que contestes antes a mi
pregunta.
-
¿Qué pregunta?
Pedro la
miró con intensidad.
-
Bueno, ya no eres virgen.
-
No. ¿Y qué?
-
Que tu proyecto de verano ya está cumplido ¿no es
cierto?
A Paula se
le contrajo el estómago con repentina ansiedad.
-
¿Quieres decir que podríamos parar aquí y... nunca más
hacer el amor?
-
Eso es lo que quiero decir. Necesito saber si esto es
el final o no.
-
¿Que es lo que tú quieres?
El esbozó
una lenta sonrisa e hizo un gesto en dirección a su miembro.
-
Creo que eso es evidente.
-
Estoy hablando de los riesgos a largo plazo.
Pero
mientras lo decía, se preguntó si ella misma entendía aquel término. Hasta el
momento se había preocupado por sus familias y los cotilleos del pueblo, pero después
de lo de anoche se sentía unida a Pedro de una forma diferente y, sin embargo,
tendría que romper aquel lazo al final del verano. Y cuanto más hicieran el
amor, más difícil sería romperlo.
-
Yo estoy deseando correr los riesgos a largo plazo
-anunció Pedro despacio.
-
¿Y seguiríamos... siendo amigos?
-
Siempre seremos amigos.
Pedro estaba
magnifico allí de pie, pensó Paula. Ninguna mujer en su sano juicio rechazaría
a un macho como aquel.
-
No querría perder tu amistad.
-
No la perderás.
-
¿Me lo prometes?
Él sonrió.
-
Por la tumba de Tutankamón.
Paula
inspiró con intensidad.
-
Entonces supongo que me gustaría ampliar mi proyecto de
verano y adquirir… más experiencia.
La sonrisa
de Pedro se desvaneció.
-
De acuerdo. Entonces eso es lo que haremos -dijo
mientras empezaba a ponerse la ropa.
-
Espera. Pensaba que íbamos a...
-
Si esta experiencia hubiera sido el final de la
carretera, probablemente me quedaría toda la noche amándote, pero si tenemos
todo el verano no debemos arriesgarnos.
Paula lo
deseaba tanto, que estaba temblando, pero se mordió la lengua para no
suplicarle que se quedara.
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Lean el que sigue...
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