lunes, 13 de enero de 2014

Capítulo 18.


18

          Pedro escuchó el suave chasquido, pero no colgó. No había bromeado acerca del bulto de sus pantalones y no había forma de que pudiera darse la vuelta todavía. Tenía que quitarse la imagen de ella con la flor sobre los senos o nunca podría abandonar aquella cabina. Desde luego, Paula era sorprendente. Cuando se había propuesto a sí mismo como su amante del verano, no había imaginado que fuera a abrir tal caja de Pandora. Cuando por fin pudo, colgó.

          Su padre lo esperaba a pocos metros.

-          Hola, papá -se acercó con una sonrisa desenfadada-. Pensé que te pasarías la tarde discutiendo con Henderson acerca de ese semental.

-          He decidido darme un descanso para que él piense en la última oferta que le he hecho.

          Horacio Alfonso era un hombre alto y fibroso que parecía más joven de su edad, igual que Ana, la madre de Pedro

-          Apuesto a que es un lío de faldas -dijo Horacio-. ¿Me equivoco?

          Pedro sonrió.

-          Podría decirse que sí.

-          También me da la sensación de que esta vez podría ser una novia en serio.

          A Pedro no le gustó oír aquello.

-          No. No estoy preparado para sentar la cabeza todavía.

-          Pues yo creo que sí. Te he visto cómo miras a los Chaves y a sus familias. Lo que creo es que eres muy selectivo y eso está bien. Pero nunca te había visto tan distraído. Así que, si la mujer a la que llevas todo el día llamando está preparada para formar un hogar y una familia, te sugiero que vayas adelante.

-          No lo está.

-          ¡Oh! -miró a su hijo un largo momento-. ¿Quieres que vayamos a tomar un perrito caliente y una cerveza fría y hablamos de ello?

-          El perrito y la cerveza me parecen bien, pero no hay nada de que hablar.

-          Si tú lo dices... pero la oferta queda abierta para cuando quieras.

-          Ya lo sé, papá. Y te lo agradezco -Pedro pasó el brazo por los hombros de su padre-. Vamos a comer. Me estoy muriendo de hambre.

          La furgoneta de envíos llegó a la casa de Paula a la mañana siguiente. Mientras firmaba el recibo, se fijó en el sello de Flagstaff. Bueno, al menos no le había mandado otro ramo de flores, la segunda vez le hubiera costado mucho explicarlo.

          En cuanto se despidió del conductor, cerró la puerta y rasgó el papel del paquete. Dentro había un par de guantes de una piel increíblemente suave. Se los puso y notó que eran demasiado gran-des para ella, pero dentro de uno de los guantes encontró una nota.

          Querida Pau.
          Los vi en unas rebajas. Podría haberlos llevado el sábado por la noche, pero he decidido mandártelos para que pases las próximas treinta y seis horas imaginando lo que sentirás cuando me los ponga y recorra todo tu cuerpo con mis manos. Mientras tanto, disfruta de las margaritas.
                                                                                                                    M.

          Con un grito de frustración, se los llevó al pecho. ¡Qué hombre tan diabólico! Qué maravilloso y provocador. Sonrió para sí misma. Aquello era por haberlo torturado por teléfono. Se puso un guante y lo deslizó por el brazo desnudo. Oh, Dios.

-          Hola, hola. ¿Puedo pasar?

          Paula se levantó justo cuando su madre abrió la puerta principal, que siempre estaba abierta. Era una costumbre que no había tenido sentido cambiar. Hasta el momento... Con el corazón acelerado como si la hubieran sorprendido con el frasco de la mermelada, se metió la nota de Pedro en el bolsillo y esbozó una sonrisa de bienvenida.

-          Hola, mamá. ¿Cómo te va?

-          Hace días que no he sabido nada de ti, así que decidí pasarme para averiguar tras lo que andas. Hija, tienes una cara más culpable que un pecado. ¿Qué es lo que está pasando?

-          Nada, mamá.

          Alejandra Chaves era una mujer alta, delgada y bonachona. Paula no quería que cambiara ni un gramo de ella, pero sí que perdiera un poco de su sagacidad.

          Ale miró la mesa con los restos del paquete y después los guantes, uno en la mano de Paula y otro contra su pecho.

-          ¿Qué es esto, una broma? ¿Guantes en medio de una ola de calor?

          Paula pensó con rapidez.

-          Eso es. Me los ha enviado Peter desde Flagstaff como para decirme: “mira qué frío pasamos aquí mientras ahí os estáis asando”.

          Ale lanzó una carcajada.

-          Muy típico de Peter. Y si no te conozco mal, ya estás planeando vengarte en este mismo instante. Sólo espero que no le vuelvas a meter hormigas en la cama. Ana se pasó una semana para sacarlas de la casa del rancho.

-          No, no serán hormigas. Creo que le soldaré las botas a los estribos o algo así.

-          Bueno, prometo no contarlo. ¿Quieres comer?

-          Sí, claro.

          Había pensado pasar el día transformando la habitación, pero lo retrasaría para después del almuerzo.

-          Bien, estaba pensando que dentro de poco ya no podré pasarme por aquí a invitarte a almorzar, así que aprovecharé el tiempo que te quede.

          Paula se acercó y le dio un abrazo a su madre.

-          Volveré cada vez que pueda. Y papá y tú tenéis que ir a Nueva York a visitarme.

-          Oh, lo haremos..., pero no será lo mismo. ¡Dios, qué suaves son esos guantes!

          Paula se había olvidado de que todavía llevaba uno puesto.

-          Hum, sí. Puede que los use en Nueva York.

-          ¿No son un poco grandes para ti?

-          Sí, bueno, pero es el detalle lo que cuenta.

          Sin duda, Pedro quería torturarte mientras él disfrutaba del aire fresco de las montañas y ni se molestó en ver si te valían o no. ¡Hombres!

-          Son unas sanguijuelas todos ellos.

-          Pero no podríamos vivir sin ellos.

-          Supongo que no.

          O eso estaba descubriendo Paula. Aquellos se estaban convirtiendo en los tres días más largos de su vida.

-          Si me disculpas, me refrescaré en tu cuarto de baño antes de que nos vayamos.

-          Claro.

          Paula dio gracias a Dios por no haber empezado la renovación de su habitación. Las sábanas de satén serían muy difíciles de explicar, por no hablar de los espejos en las esquinas que pensaba instalar.


-          ¡Ah, ésas son las flores que te mandó tu directora! -dijo Ale al pasar por la habitación camino del cuarto de baño-. ¿Por qué no las pones en la sala?

-          Quería disfrutarlas ayer antes de meterme en la cama.

          Los rumores corrían rápidamente en aquel pueblo. Pedro y ella tendrían que tener mucho cuidado, pero tenían práctica en la conspiración. Quizá ese proyecto de verano fuera una extensión de los secretos que habían compartido durante años.


          Pero entonces miró a los guantes. No, no lo creía.













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Holis!!Acá los dos capítulos de hoy. Espero que estén disfrutando la nove y que comenten, por favor, me encanta leer lo que ponen!! Bueno eso y pasen linda noche!! GRACIAS POR LEER.

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