domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 28.


28
          
          Gonzalo sonaba furioso.

-          ¿O sea que me estás diciendo tan tranquilo que te aprovechaste de la inocencia de nuestra hermana?

          En absoluto, pensó Paula preguntándose qué habría dicho Pedro.

-          Eso es exactamente lo que estoy diciendo -dijo Pedro con tono más bajo y controlado-. Y si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho cualquier bastardo de Nueva York. No podía ser virgen para siempre, maldita sea. La convencí de que debía prepararse antes de salir para la gran ciudad.

-          ¡Que la convenciste? -gritó Hammer-. ¡La sedujiste, querrás decir! Esa pobre chica no tenía una sola oportunidad.

          Paula entró apresurada en la habitación.

-          Sí que tenía una oportunidad. Yo...

-          Paula -Pedro se dio la vuelta hacia ella-. No puedes asumir la responsabilidad de esto. Yo me aproveché de tu falta de experiencia. Tan simple como eso.

-          ¡Desde luego que no! -comprendió que estaba intentando protegerla, pero no podía dejar que lo hiciera. Si quería una oportunidad de salvar la relación con sus hermanos, la verdad tenía que salir a la luz-. No sé lo que os ha contado, pero todo este proyecto de verano fue idea mía. Decidí en junio que quería perder la virginidad antes de irme a Nueva York.

          Gonzalo y Hammer la miraron anonadados.

-          ¿Pro... proyecto de verano?

          Pedro lanzó un bufido.

-          No la escuchéis. Ya conocéis a Paula. Siempre se inventa las historias más increíbles para protegerme. Lo está haciendo de nuevo.

-          ¡No lo estoy haciendo! Yo hice mi plan y le pedí a Pedro que me buscara a alguien para llevarlo a cabo y se ofreció él mismo.

-          ¡Ya me lo imagino! -Gonzalo avanzó hacia Pedro-. ¿Y cómo se le ocurrió esa idea para empezar? A Paula nunca le han preocupado cosas como ésa, así que, ¿quién le metió esa idea en la cabeza, Casanova?

-          ¡Llevo pensando en cosas como ésa desde que tenía catorce años, Gonzalo! ¡Y no fue idea de Pedro, fue mía!

-          Puede que te haya hecho creer que la idea fue tuya -dijo Hammer uniéndose a su hermano con los puños apretados-. Siempre hemos sabido lo mujeriego que es. Simplemente no pensábamos que iría a nuestras espaldas a seducir a nuestra hermana pequeña, ¿verdad, Gonzalo?

-          Exacto. Supongo que tendremos que salir fuera y arreglar esto, Pedro.

-          ¡De ninguna manera! -dijo Paula apoyando cada una de sus manos en el voluminoso pecho de sus hermanos.

-          Puedo cuidar de mí mismo, Paula -dijo Pedro encogiéndose de hombros-. No tienes que protegerme de tus hermanos.

-          De todas formas, ella no puede detenernos -dijo Gonzalo, empujando a Paula con suavidad.

-          ¡Claro que puedo! -Paula se metió entre los hombres de nuevo-. Si le tocáis un solo pelo de la cabeza, le contaré a mamá y papá la vez que cruzasteis la frontera, os emborrachasteis de tequila y pasasteis la noche en una comisaría de México.

-          No me importa -dijo Hammer-. No es para tanto.

-          ¿Y la vez que encontré marihuana en tu habitación, Hammer? -preguntó ella con dulzura.

-          ¿Tenías hierba en tu habitación? -intervino Pedro asombrado-. Nunca me lo contaste. Dios a tu padre le habría dado un infarto.

          Hammer se sonrojó.

-          Sólo di unas caladas y me mareó.

-          Eso es lo que le contaré a nuestros padres -dijo Paula-. Estoy segura de que lo entenderán. Aunque podrían preguntarse qué pasó con el resto de los cigarrillos de marihuana, ya que encontré seis.

          Hammer se sonrojó aún más.

-          Los vendí en el colegio.

          Gonzalo se dio la vuelta hacia él con los ojos como platos.

-          ¿Qué traficaste con marihuana? ¡Me dijiste que los habías arrojado al retrete!

-          ¿Quién arrojó al retrete qué? -preguntó Fede entrando en ese momento por la puerta-. ¡Y qué pasa con la partida de dardos? Suzie me dijo que habías llamado, así que fui a buscar a Dozer y, cuando llegamos al Ore Can, nos dijeron que estabais aquí.

-          Sí -Dozer entró tras su hermano-. ¿Vamos a jugar o no?

-          Parece que aquí ya ha estado jugando alguien -dijo Gonzalo mirando a Pedro con furia-. Este amigo nuestro ha estado jugando a los médicos con nuestra hermana todo el verano.

-          ¿Qué? -Dozer miró a Paula antes de mirar a Pedro-. Pau, ¿es eso verdad? ¿Te ha hecho este chico...?

-          Fue una decisión mutua, así que no vayas a...

-          Ya está -Dozer empezó a cruzar la habitación-. Está perdido.

-          Espera, Dozer -Gonzalo agarró a su hermano por el brazo-. No es tan simple.

-          Es muy simple -intervino Paula-. Soy yo la única culpable aquí, no Pedro. ¡Yo le pedí que lo hiciera!

-          ¿Y él no sabía pronunciar la palabra no?

-          ¡Yo no quería que dijera que no! ¡Quería experimentar el sexo por fin!

          Fede se puso rojo.

-          ¡Dios, Paula! ¿Y para qué tenías que hacer eso? Tendrás mucho tiempo para hacerlo cuando estés casada.

-          ¿Ah, sí? -Paula alzó la barbilla y miró a sus cuatro hermanos-. Y supongo que vosotros esperasteis todos a estar casados, ¿verdad?

-          Eso es diferente -dijo Gonzalo.- Nosotros somos chicos.

          Paula los miró furiosa.

-          ¡Eh! ¿Sabe alguno de vosotros lo que significa el concepto derechos de la mujer? No puedo creer que estemos en el siglo veintiuno y que todavía hagáis esas afirmaciones desfasadas. En caso de que no lo hayáis notado, las mujeres no son ya unas florecillas indefensas.

-          ¡Eh, ya sabemos todo ese discurso! -dijo Hammer-. Ahora hay mujeres trabajando en las minas y conduciendo grandes camiones. Las mujeres están por todas partes. Pero, maldita sea, Pau. Tú eres nuestra hermana -dijo Fede-. No queríamos que te hicieran daño. Muchos chicos sólo quieren acostarse con las chicas y no están por el matrimonio.

-          Lo que me recuerda un punto muy crítico -Gonzalo entrecerró los ojos para mirar a Pedro -¿Cuáles son tus planes ahora que te has pasado el verano jugando con una jovencita inocente?

-          ¡Tengo veintiséis años, Gonzalo!

-          ¡Eso es ser muy joven! -gritó Gonzalo.

-          No tan joven -intervino Fede-. Yo tengo veintisiete.

-          Ya nos estamos saliendo del tema -Gonzalo volvió a mirar a Pedro-. ¿Cuáles son tus intenciones, Pedro?

          Paula sintió una oleada de pánico. No quería escuchar a Pedro balbucear. Era mucho mejor sospechar que no la quería como esposa que oírselo decir.

-          ¡No hay planes, chicos! Nada. ¿Os habéis olvidado de que me voy a Nueva York dentro de un par de semanas? No estoy en situación de comprometerme en este momento. De hecho, Pedro y yo teníamos un acuerdo desde el principio, ¿verdad, Peter?

          Si Paula esperaba que la hubiera mirado con alivio o gratitud, sintió una decepción.

          Los ojos mieles que habían estado cargados de tanta pasión poco antes, ahora estaban vacíos de toda expresión.

-          Sí, lo hicimos.

-          Eso le iría muy bien al Casanova, seguro -murmuró Hammer antes de mirar a Paula-. Y todavía digo que tú lo estás defendiendo aunque la idea fue de él. Probablemente pensara que este plan era demasiado goloso como para dejarlo escapar. Una chica que se va del pueblo a finales del verano, ¿Perfecto, verdad gran Peter?

          El encogimiento de hombros de Pedro le rompió el corazón a Paula. O sea que sólo pensaba en su historia como un romance de verano. Divertido mientras durara.

-          Bueno, eso fue lo bueno para mí también -se obligó a decir con la garganta seca-. No podía permitirme una relación que me comprometiera cuando estaba a punto de irme.

          Gonzalo la miró con intensidad.

-          No me lo creo, Paula.
        
          Ella se cuadró de hombros.

-          Me da igual que lo creas o no. Es la verdad.

-          Déjame aclarar esto -intervino Dozer-. Por una parte, tenemos a un tipo que ha estado haciendo de Romeo por toda la comarca desde que tenía quince años y por otra a una chica que ha vivido como una monja hasta los veintiséis años. ¿Qué...?

-          ¡Yo no he vivido como una monja por gusto! ¡Vosotros habéis espantado a todos mis pretendientes!

-          ¡Eran todos terribles! -aseguró Gonzalo.

-          La historia aquí es que, considerando que ella no tenía ninguna experiencia en esto, ¿quién se supone que controlaba la situación?

-          ¡Yo la controlaba!

-          Muy improbable -Dozer avanzó de nuevo hacia Pedro-. Y me muero de ganas de dar un par de puñetazos.

-          Me parece un buen plan -lo secundó Hammer.

-          Podríamos acabar con esto de una vez! -intervino Gonzalo.

          Paula empezó a desesperarse. No podía dejar que sus hermanos pegaran al hombre que amaba. Bajó la voz para lanzar su ultimátum.

-          Si hacéis eso, habréis acabado conmigo para siempre.

          Todos se volvieron con expresión de incredulidad.

-          Lo digo en serio. Ningún hermano mío va a colgar a un hombre inocente. Y Pedro es inocente.

-          ¡Ja! -exclamó Dozer.

          Gonzalo se frotó la mandíbula y la miró.

-          ¿Significa tanto él para ti, Paula?

          Atrapada. No había respuesta salvo la verdad. Lágrimas de frustración le empañaron los ojos.

-          ¡Sí, maldita sea!

          Gonzalo asintió.

-          Entonces quizá deberías quedarte en casa y casarte con él en vez de irte a Nueva York.

          «Pero él no quiere», se moría ella por decir. Pero en vez de hacerlo, se tragó el nudo que tenía en la garganta y mintió:

-          El hecho de que alguien te importe y no quieras que le hagan daño no quiere decir que estés dispuesta a abandonar tu sueño.

          Gonzalo la estudió un poco más.

-          Bueno, supongo que eso lo deja todo aclarado. No podemos pegar a Pedro y hacer llorar a nuestra hermana, ¿verdad?

-          No pienso llorar. Simplemente no volvería a hablaros en la vida.

          Fede frunció el ceño y se acercó a apoyar una mano sobre su hombro.

-          Pues pareces a punto de librar.

          Paula lo miró con los ojos empañados.

-          Pues no lo haré.

-          Tenemos otra cosa en qué pensar -dijo Hammer-. ¿Va a salir esta información de esta habitación?

-          No -Gonzalo clavó la mirada en cada uno de sus hermanos con mirada intensa-. Nadie va a contar nada. Ni siquiera a nuestras mujeres, ¿entendido?

          Todo el mundo asintió.

          Paula los miró con el pecho oprimido. Quería que aquella escena acabara de una vez.

-          ¿No tenéis una partida de dardos pendiente?

          Hubo un momento de silencio. Por fin, Gonzalo lo rompió.

-          Supongo que sí. Vamos, Peter.

-          Creo que pasaré, gracias.

-          ¡Y un cuerno que vas a pasar! -Hammer lo agarró del brazo.

-          No pensarás que vamos a dejarte aquí, ¿verdad? -intervino Dozer, agarrándolo del otro.

-          Lo dejaré más claro -dijo Gonzalo-. A menos que Paula cambie de idea y decida casarse contigo, no quiero verte por esta casa de nuevo. Puede que nos hayas engañado todo el verano, pero los hermanos Chaves están de vuelta a su trabajo. Ahora vamos a jugar a los dardos.

          Paula contempló con pesadumbre cómo escoltaban a Pedro fuera de la casa.

-          Lo que he dicho lo he dicho en serio -dijo Paula cuando Dozer le pidió las llaves a Pedro para conducir su furgoneta-. Si le ponéis una mano encima y lo averiguo, lo pagaréis.


-          No le haremos daño, Pau -prometió Gonzalo antes de subir a su furgoneta-. Simplemente, no le dejaremos poner los pies en tu casa de nuevo.













------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Holi!! Espero que les haya gustado la mini maratón de 6 capítulos. Si bien no comentaron mucho, pero como no se si durante la semana voy a poder subir, así que decidí hacerla de todos modos.
Bueno, también les quería avisar que la nove ya casi termina y lo mas probable es que empiece otra en cuanto acabe.
En fin, espero que disfruten los capitulos!! Los/as quiero!!!

PD: Cambie mi user en tw ahora en @nare_pauchaves, si me siguen sigo de vuelta, avisen nomas!! 


GRACIAS POR LEER.

Capítulo 27.


27

          Una música exótica con una pulsante percusión llegaba desde la habitación de Paula y Pedro se excitó al instante pensando en lo que le tendría preparado. Pero, fuera lo que fuera, resistiría. Aunque tal y como era Paula no iba a ser fácil.

          Ahora que lo pensaba, la aventura sexual le pegaba a la perfección. Cuando eran pequeños también lo había tentado con ideas excitantes. La lancha que habían construido y en la cual casi se habían ahogado, la expedición para cazar caballos salvajes, el viaje para explorar una caverna… todo habían sido ideas de ella. Dios, no sería fácil salir de allí y olvidar la excitación de amarla, pero a largo plazo tendría que aprender a vivir sin la suave boca de Paula, su calor, su húmedo cuerpo, su...

          Se quedó en el umbral de la puerta y sintió debilitarse su resolución.

          Paula estaba bailando. Y no era precisamente una danza ordinaria. Llevaba pantalones transparentes que se ajustaban a sus caderas, un sujetador de brocado con monedas prendidas, un ancho brazalete de color oro en el antebrazo y un velo cubriéndole la nariz y la boca. Era la viva imagen de una princesa de harén completa con unos diminutos cimbales metidos por los dedos. Mantenía el compás con ellos mientras giraba las caderas con el ritmo más seductor que Pedro había visto en su vida.


-          ¡Sorpresa! -su sonrisa era apenas visible tras el velo-. Llevo semanas practicando -siguió bailando mientras le incitaba a sentarse en la silla que había colocado en una esquina-. Y ahora voy a bailar hasta que te vuelva loco. Disfrútalo. 

          El ligero velo producía el efecto más increíble, resaltando la sensual mirada de sus ojos y haciéndole desear con locura su boca simplemente porque no la podía ver muy bien.

          Pero no podía besarla. Tenía algo que decir aunque no podía hacer el anuncio en el acto. Después de todo, ella había estado practicando aquel baile durante semanas para sorprenderlo. Al menos, le debía la cortesía de contemplarlo.

          Y además, no podía apartar los ojos de los movimientos rotatorios de sus caderas. Se preguntó lo que sentiría si... No, no pensaba hacerle el amor esa noche, así que se iría en cuanto terminara la danza.

          Se desplomó en la silla e intentó aparentar un leve aburrimiento mientras ella danzaba a su alrededor con movimientos cada vez más rápidos. Pedro tragó saliva. Entonces, Paula empezó a añadir una nueva dimensión al baile con un suave balanceo de sus senos, que hacía bailar todas las monedas. Pedro se humedeció los labios resecos. Paula se acercó más rozándolo con la cadera al bailar. Su vientre aumentó de velocidad y entonces se inclinó hacia adelante sacudiendo los senos tan cerca de su cara que hasta pudo ver las pequeñas gotas de sudor y la perla que llevaba allí todo el verano.

-          Desabróchate los vaqueros -susurró ella. Pedro la miró a los ojos. Aquello no estaba saliendo como lo había planeado.

-          No, Pau. Yo...

-          Hazlo -susurró ella con más urgencia bailando alrededor de él con aquel enloquecedor ritmo erótico de las caderas-. Te deseo, Pedro y sé que tú también me deseas.

-          Pero...

-          Ahora.

          Sin dejar de bailar, se sacó los cimbales y se metió la mano en la banda ancha de los pantalones para sacar un envoltorio que había guardado antes. Se ondulé más hacia él y le metió el preservativo en el bolsillo de la camisa.

          Pedro estaba perdido. La excitación que sentía era tan grande, que le hacía hasta daño. No podría salir en ese momento de aquella habitación aunque su vida dependiera de ello. Tanteó con dedos torpes los botones de la bragueta con el corazón desbocado ante la fascinante agitación de sus senos y la rotación de sus caderas. Se sacó el preservativo del bolsillo de la camisa y casi se le cayó al suelo cuando ella se metió las manos entre las piernas y de alguna manera, desabrochó los pantalones sin perder el ritmo.

-          ¿Estás impresionado? -preguntó con suavidad.

-          ¡No lo dudes!

          Y temblado de necesidad consiguió ponerse el preservativo mientras ella bailaba más cerca con las monedas flotando ante el tembloroso ritmo de sus senos.

-          Tú quédate completamente quieto. Voy a hacértelo yo todo.

          Por muy increíbles que fueran los movimientos de su cuerpo, él estaba totalmente cautivado por sus ojos y no podía apartar la vista de ellos.

          Sin perder el compás de la música con las caderas, Paula apoyó las dos manos en sus hombros y montó a horcajadas en la silla. Entonces empezó a descender lentamente con un movimiento tan sensual que le hizo gemir de placer. Y mientras usaba todos los sensuales movimientos aprendidos para hacerle el amor de forma increíble, Pedro no podía apartar la mirada de sus ojos ardientes buscando la profunda emoción que lo asaltaba siempre que estaban juntos de aquella manera.

          Y la encontró. Mientras su ritmo aumentaba, sus ojos le dijeron que sí, que sentía lo mismo que él y que su corazón estaba tan atrapado como el de él.

-          Te quiero -dijo Pedro.

          Por primera vez en su vida aquellas palabras significaron algo especial, algo tan real que casi podía tocarlo.

          Los ojos de Paula eran una pura brasa.

-          Te quiero -murmuró ella también.

          Lo asaltó una alegría tan intensa que cerró los ojos por miedo a soltar lágrimas de alivio. Paula lo amaba y todo saldría bien. Mientras sus movimientos se hacían más desinhibidos y su grito de alivio llenaba la habitación, él se abandonó a un clímax en que dejó el alma.


          Se quedaron pegados unos minutos con la cara de Paula sobre el hombro de Pedro. Él le frotaba la espalda con suavidad sin saber qué decir. Deseaba que las primeras palabras salieran de ella, escuchar que ya no iría a Nueva York.

-          ¡Eh, gran Peter! ¿Dónde te has metido, compañero? -les llegó la inconfundible voz de Gonzalo desde el salón.

          Paula saltó del regazo de Pedro y corrió hasta la puerta para pegarse a ella con los ojos muy abiertos.

-          ¡Oh, Dios!

          Pedro la miró. Se había olvidado por completo de que había quedado con Gonzalo y Hammer en el Ore Cart.

-          ¡Eh, Peter! -gritó Gonzalo de nuevo esta vez ya desde el pasillo-. ¿Qué es lo que pasa?

          Pedro se puso en acción levantándose de la silla.

-          Bueno... Salgo en un minuto. Cierra -le murmuró a Paula.

-          ¿Por qué no puedes salir ahora?

          La voz de Gonzalo sonó sospechosa. Cuando oyó el pestillo, Pedro se dirigió al cuarto de baño.

-          Sólo dame un minuto, ¿de acuerdo?

-          ¿Qué pasa? -la voz de Gonzalo sonaba ya enfadada-. ¿Está Paula contigo?

-          Sí, estoy aquí, Gon. Ve al salón. Enseguida iremos.

          Pedro terminó con rapidez en el cuarto de baño.

-          ¡Dios, lo siento, Pau!

-          No es culpa tuya.

          Paula ya se había quitado el sujetador de brocado y se había puesto uno simple.

-          Sí es culpa mía. Me encontré con ellos cuando venía para acá y quedé en jugar una partida de dardos.

          Ella se dio la vuelta mientras se abrochaba el cierre delantero.

-          ¿Y por qué? No pensabas quedarte, ¿verdad?

-          No.

          Paula se puso pálida.

-          Ibas a romper, ¿verdad?

-          Bueno, sí iba a hacerlo, pero...

-          No hace falta que me expliques más -le tembló la voz y se apartó de él.

-          ¡Pau, maldita sea. Yo..!

-          ¡Vete! ¡Lo digo en serio, Pedro!

          Pedro sintió un nudo en la boca del estómago.

-          ¿Qué quieres que les diga?

-          Podrías empezar por la verdad. Ya no podemos inventarnos una historia a estas alturas. Nos han pillado, Pedro. No hay forma de que podamos salir de esto.

-          ¡Si la hay, maldita sea! Podríamos decir que estamos enamorados.

          Paula se puso una camiseta.

-          Gracias por la idea, pero preferiría que no lo hicieras.

          O sea que le acaba de decir que lo quería pero no quería que nadie más lo supiera. Y por la forma en que estaba actuando, estaba seguro de que se iría.

          Sin decir una palabra más, Pedro salió de la habitación para enfrentarse con sus inquisidores.

          Había estado a punto de romper con ella. Paula contuvo las lágrimas mientras se vestía. Sí, podía amarla, como había dicho en un momento de pasión. Probablemente, se lo habría dicho a otras muchas mujeres mientras le daban placer sexual, pero sin deseos de casarse con ninguna de ellas. Ella era sólo otra de sus conquistas.


          Sólo había una cosa que Pedro podría decir para aplacar a sus hermanos, y era que estaban comprometidos, pero no iba a hacerlo. Metiendo el traje de harén en un cajón, se pasó un cepillo por el pelo y salió descalza al pasillo. 













------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Lean el que sigue... 

Capítulo 26.


26

          Paula permaneció tendida en la manta con la espalda protegida por el cuerpo de Pedro preguntándose cómo se habría creado aquel problema tan terrible. Se había enamorado loca, apasionada y desesperadamente de su mejor amigo. Lo que había empezado como un juego de liberación para ella se había convertido en lo más importante de su vida.

          Ella no creía que una mujer debiera sacrificar su carrera por ningún hombre y sin embargo, eso era exactamente lo que deseaba hacer.

          Sabía que Pedro nunca dejaría Copperville mientras sus padres lo necesitaran, o sea que cualquier mujer que quisiera estar con él tendría que quedarse en el pueblo. Y ella quería estar con Pedro, hacer el amor, reírse y jugar con él y tener hijos con él.
Sobre todo tener hijos y hacer el amor como lo hacían pero sin usar protección. Pero por otra parte su sueño había sido explorar una gran ciudad, hacer viajes exóticos y tener muchos amantes. Y cuando se cansara de todo aquello, sentaría la cabeza y formaría una familia, probablemente allí mismo, en Copperville.

          Pero ahora todos aquellos sueños le parecían vacíos y solitarios. ¿Qué sentido tenían si no podía estar con Pedro? Casi preferiría quedarse y llevar la vida de una ranchera antes de perderlo.

          Pero Pedro tampoco se lo había pedido. Nunca le había dado ninguna señal de que pensara en ella en aquellos términos. No actuaba como si estuviera preparado para asentarse y formar una familia.

          Entonces, le acarició la cadera.

-          ¿En qué estás pensando?

          Paula decidió una verdad a medias.

-          Que es una pena que me vaya a Nueva York a finales de agosto.

          El la apretó más.

-          ¿Porque esto es divertido, quieres decir?

-          Sí.

          Más que divertido; se había unido a él con alma y cuerpo, pero no se atrevía a decírselo.

-          Sí, es divertido, pero casi es mejor que tengamos un límite de tiempo. No podríamos mantener el secreto si durara mucho más.

-          Cierto.

          Quizá él estuviera contento con aquel secreto para poder mantener la amistad intacta con sus hermanos. La única forma en que consentirían que Paula y Pedro tuvieran relaciones sexuales sería si estuvieran casados, y no parecía que Pedro quisiera el matrimonio de momento.

-          ¿Lista para bañarnos desnudos?

          Paula se dio la vuelta hacia él.

-          ¿Seguro?

          Pedro le dio un rápido beso.

-          Claro. Estamos calientes y pegajosos y nos sentará bien. Además, es parte de tu educación.

-          Pedro, no creo que podamos hacer el amor en medio del río.

-          ¿Por qué no? ¿Porque no viene en tu libro?

-          Porque no tendremos ningún bolsillo donde guardar un preservativo

-          Vamos, no es la única forma. Verás lo que pasa cuando estés desnuda hasta la altura de los muslos. Ya improvisaremos.

          Le había despertado la sensualidad de tal manera que la convenció con facilidad de que aceptara al río como amante. Manteniéndola sujeta, sumando sus propias caricias a las del río, dejó que la corriente la acariciara de forma íntima llevándola a un crescendo de sensaciones. En el momento del alivio, Paula no pudo decir si era el agua burbujeante o las manos de Pedro lo que la había llevado al límite. La excitación la asaltó. Aquello era otra de las cosas que le encantaban de Pedro. Cada vez que ella sugería algo nuevo, él usaba también su imaginación para sorprenderla.

          Y eso fue lo que hicieron, improvisar aunque chapotearon, se salpicaron y rieron hasta que él la tuvo en la posición deseada. Entonces, Pedro la tomó en brazos antes de que terminaran los estertores de placer y le hizo el amor de nuevo en la manta con los cuerpos todavía mojados. Paula nunca había sentido una libertad tan triunfal. Se sentía ligera, sutil y capaz de todo. Se retorcieron en la manta y alternaron las diferentes posiciones para conseguir el placer más increíble.

          Paula estaba segura de que Pedro estaba disfrutando. Sus murmullos así se lo indicaban y, cuando su tono se hizo ronco, supo que estaba al borde del límite. Cuando por fin él se rindió a la pasión, lo abrazó con fuerza y absorbió los fuertes temblores de su cuerno. No podía imaginarse vivir sin aquello, vivir sin él. Quizá si lo amara lo suficientemente bien durante el resto del verano, Pedro comprendería que tampoco podía vivir sin ella.

          El verano pasó con demasiada rapidez para el gusto de Paula. Por cada forma creativa de hacer el amor que a ella se le ocurría, Pedro aparecía con una propia. Paula sugirió pasar un día en Phoenix donde nadie los conocía y se pasaron el día entero en la cama de un motel. La siguiente vez, Pedro la llevó en la avioneta a Flagstaff, donde siguieron el arroyo de una montaña e hicieron el amor en un campo lleno de margaritas bajo el brillante cielo azul.

          Las intensas horas que pasaba con Pedro parecían pintadas de brillantes colores mientras que el resto de sus actividades rutinarias se le hacía gris. Ni siquiera los planes de la fiesta de sus padres le parecían muy reales porque no podía contarles a sus seres queridos lo más importante y significativo que le había pasado ese verano, que se había enamorado perdidamente de Pedro.

          Y deseaba contárselo al mundo entero. Sobre todo se moría por confiar en su madre y poder hablar de Pedro delante de sus cuñadas como ellas hablaban de sus maridos.

          Pedro parecía tan involucrado con ella como ella con él, pero ni una palabra de compromiso había salido de su boca. Durante los ardientes días estivales compartieron todo, menos un futuro. Y aunque compartir el secreto con Pedro le había parecido esencial al principio, ahora estaba harta. Pero a menos que él aceptara, no podía contárselo a nadie. Y eso le dolía en el alma.

          Hacia la primera semana de agosto, Pedro había llegado a la dolorosa conclusión de que debía romper con Paula. Debería haber acabado su relación mucho antes, de hecho. Era evidente que él era bueno para la cama, pero no lo bastante bueno como para que Paula considerara cambiar sus planes profesionales ni para que el mundo supiera su relación. Había intentado ver si su decisión de irse vacilaba, pero no había notado ninguna señal.

          Mientras se dirigía a su casa para otra noche de pasión, maldijo para sus adentros. Si no podía considerar el sexo con ella como un rápido revolcón en el heno para olvidarse en cuanto se hubiera ido, sería mejor cortar cuanto antes.

          De hecho, eso sería lo que haría. Y esa misma noche. No haría el amor con ella a pesar de lo que le costara. Su cordura estaba en juego.

          Entraría en su casa y le diría que aquella actividad le estaba robando demasiado tiempo y tenía que ponerse al día con los papeles del rancho, lo que en parte era cierto.

          Llegó al único semáforo del pueblo cuando se puso rojo y, a pesar del ser el único coche en llegar al cruce, se detuvo. Mientras esperaba por el verde, un claxon pitó tras él.

          Al mirar por el retrovisor vio a Gonzalo con Hammer. Pedro alzó la mano para saludarlos y Gonzalo salió de la furgoneta y se acercó a la ventanilla de Pedro.

-          ¿Qué tal? -saludó Pedro al bajar el cristal.

-          Joan y Deena se han ido al cine y a Hammer y a mí nos apetecía echar una partida de dardos. ¿Qué dices?

          Pedro vaciló sólo un segundo. Si tenía algún sitio al que ir le costaría menos cortar con Paula.

-          De acuerdo, pero tengo que pasar por casa de Paula unos minutos, así que estaré allí en una media hora.

-          Estupendo. Ya lo tienes en verde.

          Pedro arrancó y pensó que el destino debía haber llegado en forma de Gonzalo y Hammer. Si acababa con Paula esa noche, sus hermanos nunca descubrirían las actividades que habían tenido lugar delante de sus narices. Y ella también necesitaría un tiempo para recuperarse antes de ir a Nueva York. Podía no darse cuenta todavía, pero también lo pasaría mal intentando olvidar lo que habían compartido ese verano.


          Durante el resto del camino hasta casa de Paula, se repitió todas las razones para terminar su aventura. Todas eran buenas razones y, sin embargo, se sentía como si le hubieran tirado una carga de cobre sobre el pecho. Saber que nunca volvería a hacer el amor con Paula le resultaba insoportable. Tenía que ser fuerte.    













------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Lean el que sigue... 


Capítulo 25.


25

          Ir montado a caballo en sus condiciones no era lo más inteligente del mundo, comprendió Pedro al bajar por el sendero, pero tardarían demasiado en llegar andando hasta el río.

          La luna iluminaba el camino y mostraba una excitante imagen de Paula balanceando las caderas al compás del trote de Péppermint Patty. Cuando doblaron un recodo y la vio de perfil, se convenció que no llevaba sujetador.

          Y entonces se quitó la camiseta. Pedro apenas podía creer en lo que estaba viendo y se preguntó si no estaría teniendo una potente fantasía.

          Un momento más tarde, la camiseta salió volando en dirección a él y la agarró apenas a tiempo de que no cayera al suelo.

          Paula se volvió en la silla y Pedro vio una impresionante imagen de sus senos bañados por la luz de la luna.
-          ¿Qué estás haciendo?

          Incluso con la distancia, la provocación de su sonrisa era evidente.

-          Poniéndote caliente.

-          ¡Ya estoy caliente!

          Retorciéndose en la silla, para ser más exacto. Jadeando, agitándose y muriéndose por aliviar aquella agonizante necesidad de estar en lo más profundo de ella.

-          Entonces más caliente.

-          ¡Maldita sea, Pau!

          Su camiseta estaba impregnada del olor de su colonia y de algo aún más erótico, el aroma de Paula excitada y lista para el amor. La apretó en un puño y se la llevó a la nariz. Oh, Dios... aquel aroma… el recuerdo de estar echado entre sus muslos saboreándola lo asaltó de forma febril.

-          ¿Por qué huele tu camiseta tan... bien?

-          Un pequeño truco que he leído en uno de los libros.

-          ¿Qué truco?

-          Oh, se trata de buscar una forma de mandarle tu... propio perfume especial a tu amante. Dicen que funciona mejor que el aroma de cualquier colonia.

          Él la miró encendido de deseo.

-          Puede que tengan razón. No llevas bragas debajo de los pantalones, ¿verdad?

-          No.

-          Entonces te has quitado la camiseta y la has puesto...

-          En un sitio muy especial y después te la he tirado. ¿Sabes? El movimiento del caballo es muy... agradable.

          Pedro lanzó un gemido.

-          Ten piedad de mí, Pau. Soy un hombre desesperado.

-          El libro dice que la anticipación lo es todo.

-          Sí y también te mata.

          Pedro escuchó el gorgoteo del río. Ya casi habían llegado y los caballos se dirigieron a la conocida orilla. Bajó la mano, sacó la manta de la bolsa de la silla y metió allí la camiseta. No tenía intención de perder el tiempo en cuanto llegaran al río.

          Paula condujo a Péppermint al lado del árbol y desmontó al instante. Su imagen quedaba tapada por la yegua mientras Pedro desmontaba con la manta. Pero en cuanto salió de detrás del lomo del caballo, a él se le cayó la manta al suelo. ¡Estaba desnuda!

-          ¿Se acerca esto a tu fantasía? -murmuró ella.

          Mientras la miraba bañada en luz plateada como una ninfa de un cuento de hadas, la garganta se le secó de deseo.

-          Va mucho más allá -susurró con voz ronca-. No creo que pudiera soñar con algo tan hermoso y ni siquiera estoy seguro de que seas real.

-          Soy real -se acercó a él por la arena y Pedro vio que llevaba un libro en la mano-. Y quiero hacer el amor contigo, Peter.

          Hacer el amor. Se le contrajo la garganta al enfrentarse a la verdad: hacer el amor era exactamente lo que había estado haciendo con ella, quizá por primera vez en su vida. Pero para Paula, aquello podría ser sólo un paso más en la iniciación a los placeres que un día compartiría con otro hombre. Y él tenía que proteger su corazón.

-          Ya veo que te has traído tu manual -dijo intentando mantener el tono ligero.

-          Dijiste que querías verlo.

-          ¡Oh, sí! -aseguró aunque la técnica era lo que menos le importaba en ese momento.

-          Se inclinó y extendió la manta en la arena. Paula se estiró en ella mientras él empezaba a quitarse la ropa con manos temblorosas sin poder dejar de mirarla. Era como una diosa de la naturaleza. Nunca hubiera podido imaginar que su rincón secreto se podría convertir en un sitio tan seductor.

          El domingo por la noche ella le había cautivado con las sábanas de satén y la habitación teñida de rosa, pero había algo más salvaje en la escena que tenía delante. No muy lejos, un par de coyotes aullaron quizá apareándose a la luz de la luna. El sonido despertó unos instintos tan básicos, que haría bien en ignorar.

-          Coyotes -comentó Paula-. Suenan tan... primitivos.

          Pedro ya había acabado de quitarse la ropa y metió la mano en el bolsillo de los vaqueros. Notó un tono de urgencia en la voz de ella y se arrodilló en la manta con el corazón desbocado. Sólo estaban jugando, se dijo a sí mismo. Sería una locura tomarlo en serio.

-          Entonces, profesora, ¿qué quieres intentar?

         Ella abrió el libro y se apartó un poco para que la luz de la luna iluminara la página.

-          Esto.

          Los coyotes aullaron de nuevo mientras Pedro contemplaba el dibujo en blanco y negro de una pareja apareándose como todas las criaturas de la naturaleza. Contuvo el aliento sabiendo que aquello era lo que había llenado su imaginación al escuchar sus aullidos pero sin imaginarse que ella querría hacer una cosa así. Pero Dios… amarla de aquella manera con los sonidos de la noche rodeándolos... se moría de deseo.

          La miró y sintió un temblor. Aquel apareamiento primitivo sería de gran importancia para él, pero para ella podría ser una experiencia rara.

-          ¿Estás segura?

          Paula cerró el libro despacio y rodó sensualmente sobre el estómago. Antes de que Pedro se diera cuenta de lo que estaba haciendo, se había alzado con las rodillas y las manos ofreciéndole su redondo trasero en la invitación ancestral de una hembra ante su macho elegido.

          Su cuerpo no podía negarse. La sangre le hervía y una necesidad salvaje lo asaltaba. Agarrándola por las caderas, se colocó detrás de ella. Un bramido gutural se le escapó de la garganta mientras luchaba por contener el deseo de sumergirse en ella hasta lo más hondo. En vez de hacer lo, entró con suavidad para no asustarla.

          El deseo lo invadió cuando la encontró húmeda y preparada. Sin embargo, se contuvo deslizando la mano por su cintura para descender y masajear el duro botón para que aumentara su excitación. Con un pequeño grito que fue casi una súplica, Paula alzó las caderas y él ya no pudo contenerse más y se deslizó con suavidad en ella.

          Y por segunda vez en su vida sintió una sensación de conexión increíble, incluso mayor que la primera vez. Y con ello, un impulso que nunca había conocido, el de vaciarse dentro de aquella mujer y verla redondearse con su hijo.

          Pero sabía que eso no era posible; se había puesto un preservativo. Con un bramido de placer mezclado con una profunda frustración, se retiró y embistió con más fuerza golpeándola con los muslos. Ella murmuró palabras de ánimo y Pedro aumentó el ritmo mientras el rincón del río se inundaba de los sonidos y aromas de su acoplamiento. Los dos quedaron empapados de sudor bajo el caliente aire de la noche mientras los golpeteos de sus cuerpos se aceleraban y se hacían más fuertes. Sus gemidos y suaves gritos se mezclaron con las llamadas de las criaturas nocturnas, el viento en los árboles y el gorgoteo del arroyo.


          Paula se comprimió contra él un momento antes de verse sacudida por las convulsiones. Sus ondulaciones lo volvieron loco y supo que aquél era el momento de plantar su semilla. Gritando su nombre y apretándola para que lo recibiera, la danza de acoplamiento que lo había conmovido hasta el alma llegó a un poderoso final. 













------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Lean el que sigue...