miércoles, 12 de febrero de 2014

Epílogo.


Epílogo

          Completamente saciado después de un plato de pollo y ensalada de patata, Pedro se echó en la manta de campaña, cerró los ojos y suspiró de felicidad. Atrás había quedado Nueva York, el tráfico, los martillos neumáticos y los aeroplanos. Sólo el murmullo del río, el trino de los pájaros y el susurro de la brisa entre los árboles.

          Había visitado muchos ríos y playas durante el año anterior, pero reconocería aquella arena caliente y el aroma a musgo de su rincón secreto con los ojos cerrados. La brisa lo envolvía como una caricia. ¡Cómo adoraba las noches de verano en Arizona!

          Algo le picó en la nariz y se movió. Como el picor prosiguió, abrió un ojo.

          Paula estaba inclinada sobre él con una pluma en la mano. Al inclinarse, la blusa se le abrió tentadora. Quitándole la pluma de las manos, la deslizó por dentro de su blusa antes de abarcarle los senos con las dos manos.

-          Ya parecen más llenos.

-          Será tu imaginación. Apenas estoy de tres meses.

-          Nunca olvidaré la cara de nuestros padres cuando se lo contamos.

          Pedro ya podía ver el deseo brillar en sus ojos mientras continuaba jugueteando con la pluma entre sus senos.

-          Creo que les hizo más felices lo del bebé que el que les contáramos que volvíamos para quedarnos a vivir aquí.

-          Yo también estoy muy contento con lo del bebé. ¿Algún arrepentimiento por haber dejado la gran ciudad?

-          Sólo que nunca lo hicimos en lo alto del Empire State.

-          Tendremos que volver para hacerlo entonces.

          Ella sacudió la cabeza.

-          No, no hace falta. Hacer el amor contigo durante el resto de mi vida es toda la aventura que yo necesito.

-          ¿Lo dices en serio?

-          Absolutamente.

-          Entonces, quítate esa blusa -murmuró él.

          La imagen de Paula desabrochándose los botones era una de las mejores alegrías de su vida.

          Ella obedeció y tiró la prenda a un lado antes de mirarlo con gesto interrogante.

-          Sigue.

          Su erección apretó contra los pantalones cuando se desabrochó el cierre delantero del sujetador. Al momento siguiente, sus senos quedaron a la vista con los pezones ya duros. Pedro le pasó la pluma por ellos de todas formas adorando la expresión de deseo de sus ojos y la rendición de su suspiro.

          Su voz se hizo más ronca.

-          Échate.

          Paula se movió sobre él y Pedro se llenó las manos con el peso de sus senos.
Mientras se abandonaba al festín, ella consiguió quitarse los pantalones cortos, abrirle el vaquero y liberar su miembro. Pedro gimió de placer cuando ella se deslizó sobre su rígida virilidad. ¡Qué milagroso hacer el amor de aquella manera, sin barreras! Soltando sus senos, la hizo bajar la cabeza para un largo y satisfactorio beso.

          Paula se apartó y lo miró a los ojos antes de empezar un lento ritmo sensual.

-          Te amo.

-          Y yo también te amo -sobre ellos, las hojas dejaban filtrara la luz del atardecer. El paraíso no podía ser mejor que aquello-. Te amo más que a mi vida.

          Pedro estaba a punto del límite y, por la respiración laboriosa de Paula, ella no estaba muy lejos tampoco.

-          Espera -dijo ella jadeante-. Acabo de acordarme.

          A Pedro no le funcionaba el cerebro.

-          ¿Acordarte de qué?

-          Espera un segundo.

          Paula estiró la mano hacia la pequeña nevera al borde de la manta.

          Pedro cerró los ojos a punto del límite.

-          No sé si podré. No, Pau, creo que no puedo aguantar...

          Algo frío rozó una parte crítica de su anatomía y explotó en un torrente de sensaciones que lo hizo bramar y gritar de éxtasis desde lo más hondo de la garganta.
Por fin se quedó inmóvil, saciado y tembloroso, mientras que Paula derramaba un reguero de besos por su cara.

-          ¿Qué fue eso?

          Ella contestó con picardía:


-          Hielo...













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Y ahora si, el final!! Gracias por leer y comentar. Espero que hayan disfrutado la nove y en estos días voy a empezar otra!! 

PD: si tienen alguna idea para alguna adaptación o algo me avisan.. LOS QUIERO♥

lunes, 10 de febrero de 2014

Capítulo 32.


32

          Nueva York era todo con lo que Paula había soñado. Se había acostumbrado a recorrer Manhattan de arriba abajo en los fines de semana y en cada excursión descubría nuevas delicias. Se había hecho adicta a la comida callejera y a las tiendas de exquisiteces así como a subir a lo alto del Empire State.

          Pero lo que no había esperado era sentirse tan terriblemente sola. Se había hecho amiga de la gente de su trabajo, pero para ella la amistad requería mucho más tiempo. Los amigos eran la gen-te que conocías de años, la que conocía a tu familia y al resto de tus amigos. Los amigos eran gente como Pedro...

          Había creído que el deseo por él se le pasaría después de dos meses, pero en todo caso, se había hecho más fuerte. Ese día, lo llevaba peor de lo normal, porque era domingo y porque era la fiesta de Halloween, unas vacaciones que Pedro y ella habían compartido durante veintitrés años y nunca se habían considerado demasiado mayores como para disfrazarse.

          Paula había sido invitada a una fiesta de una de las profesoras de su escuela y había aceptado, pero ahora, sentada en su diminuto apartamento intentando pensar en un disfraz, no conseguía animarse. Lo más sencillo sería ponerse el disfraz de doncella de harén con el que había bailado para Pedro, pero eso le traería recuerdos.

          Suspiró. Se moría de ganas de que Pedro la abrazara de nuevo, pero lo echaba de menos más a él que sus relaciones sexuales. Ya había rechazado algunas invitaciones para salir. Sólo pensar en que alguien que no fuera Pedro la besara le producía escalofríos.

          Si seguía así, debería resignarse a la idea de quedarse soltera para siempre. Estaba empezando a pensar que ella era mujer de un solo hombre. Nunca lo había creído antes, pero después de lo del verano, Pedro se había llevado no sólo su virginidad, sino su corazón.

          Después de ponerse los transparentes bombachos y el sujetador de brocado, se fue al espejo de su pequeña habitación a ajustarse el velo y sintió ardores al pensar en los ojos de Pedro cuando había bailado para él. Nunca en su vida se había sentido tan sensual como cuando había agitado sus senos prácticamente delante de las narices de Pedro. Le había hecho perder la cabeza. Quizá no quisiera casarse con ella pero en aquel momento le había pertenecido por completo.

          Y había dicho que la amaba. Ahora se preguntaba si lo único que significaría sería el fantástico sexo que habían compartido durante el verano.

          No, no podía ponerse aquel disfraz. Le hacía echar de menos a Mac de todas las formas concebibles, física, mental y emocionalmente. Alquilaría un vídeo y pasaría de la fiesta. Se llevó la mano al cierre del sujetador de pedrería cuando sonó el timbre de la puerta.

          Sería seguramente su vecina de la puerta de al lado. Se miró al espejo. Bueno, era Halloween, así que nadie se extrañaría de encontrarla disfrazada.

          El timbre sonó de nuevo. Entonces la voz que oyó le llevó el corazón a la boca.

-          Golosinas o pellizco.

-          ¡Pedro!

          Salió corriendo a la puerta, abrió y dio un respingo.

          Pedro iba disfrazado de jeque del desierto, con ropas de ricas telas y un turbante blanco con un adorno de oro en la cabeza. Cuando la vio, él también se quedó con la boca abierta.

-          ¡Uau! Esta telepatía ya es de asustar.

-          Sí -dijo ella sin dejar de mirarlo con el corazón desbocado-. Da un miedo mortal.

-          ¿Vas a ir a alguna fiesta?

-          No. Bueno, quizá. Me invitaron a una y estaba intentando decidir si quería ir o no, así que me puse el disfraz para ver si podía llevarlo -tragó saliva-. Pero no puedo. Bueno, pasa. ¿Tienes equipaje? ¿Cuánto tiempo vas a quedarte? ¿Cuándo has...?

-          No he traído equipaje. Lo he dejado en el hotel.

          Las esperanzas de Paula cayeron por los suelos.

-          ¿Ho... hotel? ¿O sea que no vas a quedarte... conmigo?

          Pedro entró y cerró la puerta tras él entre el crujido de las telas. Entonces, se dio la vuelta para mirarla.

-          No quería imponerte mi presencia. Supongo que tendrás una vida bastante agitada y que te estarán pasando todo tipo de cosas.

          O sea que sólo había ido de visita, pensó con una profunda decepción.

-          Bueno, por supuesto me encantará organizarme para estar contigo. Si me hubieras dicho que venías, podría haberlo arreglado para tomarme un par de días libres, pero ahora, con tan poca antelación, no estoy segura.

          Pedro agitó una mano como si no le importara.

-          No quiero que interrumpas tu trabajo por mí -vaciló-. Dijiste que te habían invitado a una fiesta. -su voz se hizo ronca-. ¿Tienes alguna cita con algún chico?

          Por un momento consideró mentirle, pero no lo había hecho nunca con Pedro y no iba a empezar ahora.

-          No. Es de gente de mi trabajo. No es ningún tipo de fiesta de parejas ni nada de ese tipo.

-          ¿Y pensabas ir con eso puesto?

          Una cosa era que ella no hubiera podido soportarlo por los recuerdos y otra muy distinta que él se lo preguntara con aquel tono. No tenía derecho a hacerlo.

-          ¿Y por qué no?

-          ¡Porque es indecente!

-          No pensabas eso la noche que bailé para ti -se sopló con impaciencia el velo de la cara-. ¡Te gustó tanto que tenías la lengua fuera, caballero!

-          Y la sigo teniendo. Y a todos los chicos que estén en esa fiesta les pasará lo mismo.

          Paula alzó la barbilla.

-          ¿Y a ti qué te importa?

          Él se adelantó y la agarró.

-          Me importa todo…

          Paula se quedó sin aliento y el espacio pareció contraerse cuando se sintió perdida en su mirada.

-          ¡Maldición! No pensaba portarme así. Quería ir despacio, averiguar primero si tenías algún novio.

          Paula sintió otra oleada de deseo. ¡Qué día tan maravilloso! Un día glorioso, a decir verdad, pensó.

-          Bueno, creo que si.

-          ¿Que lo crees? -bajó la vista hacia ella con el ceño fruncido-. ¿Qué tipo de respuesta es ésa?

          Paula se alegró de no haberse quitado el velo para poder ocultar la sonrisa.

-          No está siendo muy claro acerca de sus intenciones, así que es difícil para mí saber si es mi novio o no. Pero estoy bastante segura de que lo es.

          Pedro frunció aún más el ceño.

-          ¿O sea que es uno de esos tipos que no se deciden?

-          Digamos que está un poco confuso.

-          ¿Y qué es lo que sientes por él?

-          Estoy loca por él.

          Los ojos de Pedro se ensombrecieron mientras la apretaba el brazo con más fuerza.

-          No puedes estarlo.

-          ¿Por qué no? ¡Es fantástico!

-          ¿Fantástico? ¿Qué quieres decir con eso? -entrecerró los ojos-. Paula, ¿has hecho el amor con ese tipo?

-          Recientemente no.

-          ¡Me importa un rábano si es reciente o no! Paula, ¿Cómo has podido hacer el amor con otro hombre? ¿Cómo has podido?

-          Lo cierto es que llevo sin hacer el amor desde agosto. Y la última vez que lo hice llevaba este mismo disfraz puesto.

          La comprensión suavizó el gesto de Pedro.

-          ¡Oh! ¿Y dijiste que estabas loca por ese tipo?

          Paula asintió.

-          No me puedo imaginar por qué -susurro Pedro con voz ronca-, porque es un idiota.

-          No -se acercó y le acarició la mejilla con la mano temblorosa. Lo deseaba, fuera cual fuera la razón de su estancia-. Sólo está confuso. ¿Quieres cancelar la reserva del hotel? Nadie de Copperville tiene por qué saber que te has quedado en mi casa durante tu visita, si es eso lo que te preocupa.

-          No he venido de visita.

-          ¿Qué?

-          Estoy buscando trabajo en un par de compañías aéreas. He venido a vivir aquí.

          Paula estaba aturdida con la noticia.

-          ¿Y qué pasa con el rancho? ¿Y tus padres?

-          Han contratado a otra persona para hacer mi trabajo. Decirles que necesitaba vivir por mi cuenta no fue nada fácil, pero fue lo correcto. Se lo debería haber dicho antes, pero supongo que tú me marcaste el camino.

-          ¡Estoy impresionada!

          A Pedro se le nubló la mirada.
Mira, esto no te obliga a nada. No te estoy pidiendo que cambies tu vida sólo porque yo haya decidido venir aquí. Quiero decir que... desde luego que me encantará verte y todo eso, pero...

-          ¿Y qué quieres decir exactamente con “todo eso”?

          Paula agitó las caderas contra su túnica y sintió su instantánea respuesta.

          Él gimió con suavidad.

-          ¿Esto?

-          Tess, yo...

-          ¿Y esto? –dijo moviéndose contra la creciente erección de Pedro  

          Le apartó la tela de la túnica y frotó el sujetador de pedrería contra su torso desnudo.

-          ¿Y esto? –preguntó presionando contra ella.  

-          Me vuelves loco, Pau. Te he echado tanto de menos, que apenas podía pensar con cordura.

          Ella apretó el cuerpo contra él.

-          Si no podías pensar con cordura, entonces quizá no recuerdes lo que me dijiste cuando hicimos el amor la última vez.

-          ¡Por supuesto que lo recuerdo!

          Pau hizo acopio de valor y continuó.

-          Necesito saber si era algo que dijiste en el calor de la pasión o significaba más que eso.

          Él la apretó con más fuerza.

-          Quieres todas las cartas sobre la mesa ¿verdad?

-          Sí.

-          Entonces, quítate ese maldito velo.

          Paula se lo desabrochó al instante y lo tiró en la silla más cercana.

          Pedro bajó la mirada hacia ella y su expresión se estremeció al recorrer su cara. Entonces, se metió la mano dentro de la túnica y se sacó el colgante de perla.

-          Creo que ya es hora de que te vuelvas a poner esto.

          A Paula se le aceleró el corazón ante el sentido de aquel gesto y tembló cuando Pedro le abrochó el cierre de la cadena y la perla cayó entre sus senos.

-          De acuerdo. Pensaba ir más despacio, pero si lo quieres todo de golpe, allá va. Te amo. Quizá siempre hubiera sabido que eras mi compañera a un nivel inconsciente, pero había muchas cosas que se interponían entre nosotros. Voy a casarme contigo algún día, Pau, cuando estés preparada. Comprendo que puedes tardar un buen tiempo, pero...

-          Estoy preparada.

-          Estoy dispuesto a esperar hasta que hayas experimentado todo lo que...

          Pedro se detuvo asimilando en ese momento la respuesta de ella. La miró a los ojos como para cerciorarse y ella asintió.

-          ¡Oh, Dios! -su boca descendió sobre la de ella y la besó hasta que los dos se quedaron sin aliento-. ¿Estás segura? Quiero decir que acabas de empezar esta nueva vida y quizá quieras seguir soltera un par de años para...

-          ¿Para qué? No se me ocurre nada más excitante que vivir contigo como tu mujer. Creo que eso lo he sabido desde que tenía tres años. Te amo, Pedro, con desesperación, por completo y para siempre.

          Su sonrisa se hizo más tierna.

-          ¿Me lo juras por la tumba de Tutankamón?

-          Desde luego. Y ahora déjame darte una información vital. El dormitorio está al otro lado de esa puerta a tu derecha. ¿Crees que podríamos entrar ahí y hacer el amor de forma loca y apasionada durante las próximas diez horas? Me siento muy abandonada.

          Él sonrió y la alzó en brazos.

-          ¿Sólo diez horas?

-          Para empezar.

          Pedro la besó en los labios con suavidad.


-          ¿Tienes hielo? -murmuró.













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Holis!! Aquí les dejo los dos últimos capítulos de la nove. Entre mañana y el miércoles subo el epilogo. Espero que la hayan disfrutado y les hay gustado tanto como a mi!! GRACIAS POR LEER♥

Capítulo 31.


31

          Pedro quería tirar el colgante donde fuera. En los tortuosos días que siguieron desde la mañana de la partida de Paula, había intentado hacerlo en la basura, en el río y por un precipicio, pero no lo había conseguido.

          El día en que ella se había ido, había permanecido en un promontorio fuera del pueblo mirando cómo su coche desaparecía y, bastante después de perderse en la distancia, seguía allí con el colgante en la mano.

          En las semanas que siguieron mantuvo la perla en un cajón de su habitación y había adquirido la costumbre de metérsela en el bolsillo de los vaqueros al empezar el día con la débil esperanza de que, después de un tiempo de vivir en la ciudad, ella se cansara y volviera a casa.

          Mientras tanto, él realizaba su trabajo en el rancho como un robot. Cuando Paula había vivido en Copperville, le había gustado su trabajo, pero ahora la rutina diaria se le hacía insoportable sin ella. Era ella la que había hecho que su vida fuera interesante y ahora ella había cumplido su sueño y lo había dejado atrás.

          En un caluroso día de finales de septiembre, estaba una tarde tirando piedras al río cuando llegó a una decisión vital. En cuanto sus padres murieran, vendería el rancho y se iría a recorrer mundo. Eso no supliría la pérdida de Paula, pero tendría que servir.

          Entonces, toda la farsa le pareció estúpida. Aparentar que amaba un rancho que no conservaría en cuanto sus padres murieran era una injusticia para ellos. Sin embargo, contarles la verdad después de tantos años, no sería fácil. Pero tendría que hacerlo y acabar con aquella hipocresía.

          Esperó hasta que acabaron de cenar. Apenas había sido capaz de probar el mejor asado de su madre, pero se obligó a tomar hasta el último bocado y mantener una conversación sobre antigüedades y sementales.

          Desde que había entrado en el rancho esa tarde, lo había visto con unos ojos nuevos. Ahora que había decidido que aquel lugar no lo encadenaría, podía valorar las brillantes vigas y la chimenea de piedra, el pesado mobiliario de cuero alrededor de la chimenea y la mesa de caoba labrada del comedor.

          No sería un mal sitio para vivir.., algún día y con la persona adecuada. Pero no podía esperar que sus padres lo mantuvieran sin él hasta que se asentara, ya que antes de que llegara ese día tenía muchas cosas que hacer.

          Por fin, apartó su plato a un lado y los miró.

-          Tengo que hablar con vosotros. Es... bastante serio.

-          Por fin -exclamó su madre con un suspiro.

          Pedro la miró con sorpresa.

-          ¿Qué quieres decir?

-          Tu madre ha estado muerta de preocupación por ti desde que se fue Pau. Y yo también un poco, debo admitir. Has estado comportándote como un robot, como si hubieras perdido a tu mejor amigo, que supongo que es lo que ha pasado.

          Pedro sintió ardor en el cuello. Había estado tan absorto en sí mismo últimamente, que no se había dado cuenta de que su estado de ánimo había afectado a sus padres.

-          Siento haber estado insoportable.

-          Lo has estado -admitió su padre.

-          No, no lo ha sido, Horacio -Ana dirigió a su marido una mirada de advertencia-. Ha estado un poco sombrío, eso es todo.

-          Para mí es lo mismo -dijo su padre.

-          Estoy de acuerdo -aceptó Pedro-. Pero estoy a punto de serlo más -inspiró con fuerza-. Sé que los dos habéis trabajado mucho para levantar este rancho todos estos años.

-          Ha sido un trabajo por amor -dijo Ana.

          No se lo estaba poniendo fácil. Pedro se aclaró la garganta.

-          Os agradezco lo que habéis hecho y sé que el objetivo era pasarme el rancho a mí algún día, pero...

-          No lo quieres -terminó su padre por él.

          Pedro miró a su padre a los ojos y su resolución casi se derrumbó al ver la gran decepción en su mirada.

-          Podría -dijo con suavidad-, con el tiempo, cuando me haya quitado esta ansiedad por recorrer mundo. Esta noche, he empezado a comprender lo bonito que es, pero ahora mismo para mí es como un elefante sentado en mi pecho y ahogándome.

-          Quieres ir a Nueva York, ¿verdad? -preguntó su madre en voz baja.

-          Quizá.

          Desde luego que quería. No se había permitido a sí mismo seguir aquel derrotero en sus planes, pero ahora que su madre había puesto la idea en palabras, supo inmediatamente que empezaría por Nueva York, aunque no sabía cómo se lo tomaría Paula.

-          ¿Y qué diablos harías en Nueva York?

          El tono de su padre traicionaba la profundidad de su decepción.

-          No estoy seguro. Probablemente intentaría encontrar un trabajo en alguna pequeña compañía aérea o en algún aeropuerto. Ya sabes que me encantan los aeroplanos, papá. Siempre me han gustado.

-          ¡Ya tienes un maldito aeroplano! ¡Puedes volar con él todo lo que quieras!

-          ¡Horacio! -Ana apoyó una mano en el brazo de su marido-. Esa no es la cuestión. Quiere volar por su cuenta como ha hecho Pau. Además, la echa de menos como un loco. No sé si será algo más que amistad, aunque estoy empezando a creer que sí -miró a Pedro-. No he querido entrometerme, pero he tenido la fuerte sensación de que Pau y tú habéis traspasado las fronteras de la amistad este verano. Y Ale también lo cree.

-          ¿Has estado hablando con la madre de Paula de eso?

          Pedro sintió un fuerte ardor en la cara.

-          Para ser sincera, mucha gente del pueblo tenía sus sospechas. Nos preguntábamos si Pau decidiría quedarse en casa después de todo. Y cuando se fue, lo sentí mucho por ti.

-          Lo sabía -Horacio tiró la servilleta en la mesa y apartó la silla-. Esto era todo por una mujer. Si Paula hubiera tenido el buen juicio de quedarse en Coppervile, podríais haberos casado y no estarías comparando el rancho con un maldito elefante.

-          ¡No eches la culpa a Paula! -en su agitación, Pedro se levantó-. Siempre he sentido lo mismo. Los dos lo hemos sentido, Pau y yo. Nos pasábamos horas de pequeños hablando de los sitios que veríamos y de las cosas tan excitantes que haríamos en cuanto nos fuéramos de Copperville.

-          Muchos críos hablan así, pero después se hacen mayores y se dan cuenta de que lo que tienen aquí es mucho mejor que lo que puedan encontrar por ahí fuera.

          Pedro miró a su padre e intentó ponerse en su piel. Después de casi treinta años de deslomarse por crear una herencia para su hijo, ahora aquel hijo rechazaba su legado. Y Pedro odiaba hacerle daño a su padre.

-          Puede que sea mejor, papá, pero nunca lo apreciaré si no veo algo del resto del mundo.

-          Por supuesto que debes -intervino su madre.

-          Entonces quizá deberíamos vender el rancho ya -dijo Horacio-. No merece la pena matarnos a trabajar si no se lo vamos a pasar a nadie.

-          ¡Oh, Horacio! ¡Por Dios bendito! -Ana parecía enfadada-. Olvida tu orgullo herido por un minuto y escucha lo que tu hijo está diciendo. Necesita tiempo para explorar el mundo. Y necesita estar con la mujer a la que...

          A Pedro se le hizo un nudo en al garganta.

-          Mamá, no saques conclusiones tan pre...

-          Saco las conclusiones que quiera, muchas gracias -lo miró enfadada-. Y Pau siente lo mismo por ti, a menos que este muy equivocada. Y también creo que los dos añoraréis enseguida Copperville y volveréis a criar a vuestros hijos aquí.

-          ¿Hijos? -Pedro casi se atragantó-. Lo último que sé es que Pau no tenía ninguna intención de casarse, cuanto menos de tener niños. Creo que esta vez te has pasado un poco.

          Su madre sonrió.

-          No, yo creo que eres tú el que se ha quedado corto. Vete a Nueva York y haz esas preguntas. Mira a ver qué respuestas te da -Ana miró hacia su marido-. Lo único que necesitamos es contratar a alguien una temporada hasta que estos dos vuelvan a casa.

          Horacio frunció le ceño.

-          ¿Y si no vuelven? Entonces todo será para nada.

-          Eso es la mayor tontería que te he oído decir Horacio. ¿Nada? Este rancho ha sido el sueño de tu vida. Esperabas poder pasárselo a tu hijo, pero también lo querías para ti mismo. Lo has pasado de maravilla viviendo la vida del rancho y no te atrevas a decir que sólo estabas haciendo un sacrificio por tu hijo.

          Poco a poco, la expresión de Horacio fue suavizándose.

-          Supongo que tienes razón, Ana. La verdad es que no me imagino otro sitio para vivir. Por eso no puedo entender que alguien en su sano juicio quiera irse a vivir a ese nido de ratas que es Nueva York.

-          Cada persona es diferente, pero estos dos volverán, ya lo veras.

-          Mamá, no puedo hacer ninguna promesa.

          Pero Pedro no pudo evitar barajar unas pocas fantasías. Quizá podría tenerlo todo, unos cuantos años de aventuras con Paula y una familia y la seguridad allí en Coppervile con la única mujer a la que quería. Pero a Paula podría no interesarle aquel plan. Después de todo, le había devuelto el colgante.


-          No tienes que hacernos ninguna promesa -dijo su madre-. Pero supongo que tendrás que hacerle alguna a Pau. 













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 Sigue →

jueves, 6 de febrero de 2014

Capítulo 30.


30

          Paula sabía que las dos últimas semanas en Copperville serían duras, pero no había imaginado que tanto. Se moría de deseo por Pedro, pero eso ya lo había esperado. Pero los momentos que no había esperado eran los peores, momentos en que su primer impulso era llamarlo para compartir alguna confidencia de su vida y se iba a marcar el teléfono sin darse cuenta. Entonces, la verdad la asaltaba. No importaba lo que hubieran prometido acerca de ser siempre amigos, su amistad estaba muerta.

          Pero la más exquisita tortura todavía estaba pendiente: la fiesta de aniversario de sus padres junto con su despedida en el parque. Todo Copperville acudiría... y también Pedro, por supuesto.

          Para el día de la fiesta, Paula ya había empaquetado casi todas sus cosas y se había dado cuenta demasiado tarde de que el único vestido lo bastante festivo como para el acontecimiento que no había guardado era el de margaritas. Pedro probablemente pensaría que se lo había puesto a propósito, y la única razón por la que seguía colgado era porque se había olvidado de meterlo en la bolsa que iba a dar a una asociación de caridad.

          Llegó al parque temprano para ayudar a sus hermanos y cuñadas en los preparativos. Trabajaron sin descanso bajo el ardiente calor, hinchando globos, encendiendo las barbacoas y persiguiendo a los revoltosos niños. Paula dio las gracias por la frenética actividad que la ayudaba a apartar a Pedro de sus pensamientos.

          Pero el pulso se le aceleró en cuanto vio su furgoneta y a él bajar y empezar a descargar cajas de cerveza.

-          Voy a ayudarle -anunció Gonzalo.

-          No empecéis a probarlas hasta que hayamos terminado aquí -le advirtió Joan, su esposa.

          Paula los miró de soslayo trabajar, gastarse bromas y reírse. Pronto, sus otros tres hermanos se reunieron con ellos y todos actuaban como amigos, así que empezó a tener esperanzas de que ya hubieran hecho las paces con Mac.

-          ¡Eh, Dozer! -lo llamó Cindy-. Es hora de que Fede y tú empecéis a cocinar. La gente está empezando a llegar y la pareja homenajeada estará aquí en pocos minutos.

-          Ya voy -gritó Dozer.

          Deena siguió atando globos en la parra más cercana.

-          Hammer -llamó a su esposo-. Necesito que vigiles a Santino y a Anne en los columpios.

          Hammer se dirigió a los columpios.

-          Santi, hijo. Déjale montar a Ann.

          Paula intentó no fijarse en Pedro mientras vaciaba hielo en un contenedor para poner los cuencos de las ensaladas. Nunca lo había usado para hacer el amor con Pedro como había planeado, pero cada vez que lo veía se acordaba.

-          Cindy, ¿en qué nevera metiste las hamburguesas y los perritos calientes?

-          En la roja.

          Paula vació la última bolsa de hielo en el contenedor.

-          Joan, esto ya está.

-          ¿Para qué es? -preguntó Pedro.

          Paula lo miró y supo por el brillo de su mirada que había pretendido que la pregunta la alterara. Se sonrojó sin poder remediarlo.

-          Nosotros, eh...

-          Es para las ensaladas, para que no nos envenenemos con la mahonesa -respondió con rapidez Joan.

-          No sirve sólo para eso -dijo Gonzalo agarrando un trozo de hielo para meterlo por la espalda de su mujer.

          Ella lanzó un grito y agarró un puñado de hielo antes de salir corriendo tras él por el parque.

          Y así fue como Pedro y Paula se quedaron solos. Pedro agarró un trozo de hielo y lo miró.

-          Nunca llegamos a hacerlo.

          Paula tenía la garganta tan seca, que no podía hablar. Sólo sacudió la cabeza.

-          Supongo que ya nunca lo haremos -dejó caer el hielo al suelo y se acercó más a ella-. ¿Qué tal estás?

-          Bien -se arriesgó a mirarlo a los ojos y apartó la vista de nuevo. Demasiado potentes-. ¿Y tú?

-          Bien. Pensé llamarte para ver cómo te iba pero no quería poner las cosas peor.

-          Sí, probablemente me hubiera sentido peor. Peter, ¿mis hermanos...?

-          ¿Que si me pegaron? No, aunque por una parte me hubiera gustado. Podría haber hecho que me sintiera mejor.

          Paula miró enfrente. Joan y Gonzalo ya se estaban acercando, así que no tenían mucho tiempo. Bajó la voz al hablar.

-          Maldita sea, no pienso consentir que aceptes la culpa de todo esto. Fue idea mía y soy yo la que debería sentirme culpable, no tú.

-          Como te he dicho, podría haberte rechazado.

-          Tú sabías que iba buscar a quien fuera para hacerlo y tenías miedo de que acabara con gentuza.

-          Sí y también estaba ese vestido -Paula lo miró enfadada-. ¿Por qué te lo has puesto hoy, Pau?

-          Porque había empaquetado todo lo demás.

-          ¿Y la perla?

          El corazón le dolió tanto que apenas podía respirar.

-          Pedro, yo...

-          Prométeme una cosa.

-          ¿Qué?

-          Que la llevarás puesta en Nueva York.

-          ¡Dios, no puedo dejar un instante a mi gente sin que la disciplina caiga por tierra! -exclamó Joan, que había llegado en ese momento.

          Gonzalo miró con suspicacia a Pedro.

-          Vamos, Peter. Tengo un cargamento de hamacas en la furgoneta que quiero que me ayudes a instalar.

-          Claro.

          Pedro miró a Paula, que estaba frotando la perla con una mano. La soltó y se dio la vuelta. Su petición la había confundido por completo. Sabía que llevar la perla sería un constante recuerdo de él que impediría que se fuera con nadie más.

          Cuanto más lo pensaba, más se enfadaba. ¿Quién se creía que era, intentando atarla de esa manera cuando él no tenía ninguna intención de comprometerse?

          Sus padres llegaron poco después. En cuanto la fiesta estuvo en pleno apogeo, Paula procuró hacerla especial para ellos sabiendo que en una semana ya no podría verlos ni hablar con ellos. Se preguntó de nuevo si no estaría cometiendo un grave error al irse, pero ya no podía cambiar las cosas y, además, necesitaba alejarse de Pedro. Si se quedaba allí, se le rompería el corazón sin remedio.

          Aunque dedicó toda su atención a la fiesta, no podía dejar de escuchar su voz, su risa, ser consciente de su mirada, de su presencia. Era como si un hilo invisible la atara a él.

          Por fin, decidió que el colgante de perla era parte del problema. No podía llevarlo a Nueva York y mucho menos ponérselo. Pedro debía saberlo.

          Se disculpó con el pretexto de que necesitaba ir a los aseos del parque y, cuando se apartó de la multitud, se lo quitó con manos temblorosas. Una vez hecho, se sintió como si se hubiera enganchado el corazón en un alambre de púas.

          Pero eso era lo que tenía que hacer. Encontró a Pedro comiendo pastel y charlando con un par de rancheros vecinos.

-          Perdóname, Peter.

-          Claro -la miró con debilidad-. ¿Qué pasa?

          Ella estiró la mano y le metió la perla en el bolsillo de la camisa.

-          ¿Puedes guardarme esto?


          Entonces, conteniendo un sollozo, se dio la vuelta y se alejó de allí.













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Holis!! Aparecí después de dos semanas, casi. Bueno acá les dejo dos capítulos; solo quedan 4 o 6 capítulos, mas o menos, y termina la nove, así que disfruten lo que queda.
GRACIAS por leer y comenten por fis! 
LOS QUIERO♥

Capítulo 29.


29

          Pedro hubiera deseado que los hermanos Blakely hubieran empezado a vapulearlo en cuanto desaparecieron de la vista de Paula. Una bonita pelea hubiera sido mejor a lo que estaba pasando en el Ore Cart.

          Se sentía abotargado, lo que era otra razón para preferir sentir algo, al menos saber que estaba vivo. Pero no la empezaría él. Debería sentir un profundo dolor por haber perdido a Paula, pero el dolor no había empezado todavía.

-          Te toca -dijo Hammer, que acababa de arrancar los dardos del tablero y se los pasó con las puntas hacia afuera.

          Pedro los tomó y miró a Hammer con estoicismo cuando una de las puntas se le clavó en la palma.

-          ¡Ah! ¿Te clavé el dardo? Lo siento.

-          No te preocupes.

-          Vigila donde pone los pies -dijo Dozer-. Un tipo como él podría pasarse la raya para sacar ventaja.

-          No dejo de vigilarlo -dijo Gonzalo.

          Pedro apretó la mandíbula y tiró los dardos. Sentía que los hermanos lo estaban probando, intentando que se desplomara, si los retaba empezando una pelea o abandonando el bar, habría perdido su amistad para siempre. Si se quedaba y aguantaba, con el tiempo lo perdonarían.

          Por desgracia estaba empezando a ganar la partida. Tirar dardos le estaba sentando de maravilla, aunque hubiera preferido estar en un campo de fútbol.

          A propósito, desafinó la puntería en el lanzamiento

-          ¡Eh, playboy! -exclamó Dozer-. Estás perdiendo la concentración.

-          No me extraña -se mofó Gonzalo- El chico tiene muchas cosas en la cabeza. No me extraña que lleve todo el verano perdiendo al póquer.

-          Todavía no puedo creerlo -esa vez fue Fede, que de todos los hermanos parecía más dolido que enfadado- No puedo creer que jugaras todos los miércoles con nosotros como si tal cosa.

-          Te hace perder la confianza en los amigos, ¿verdad?

          Esa vez fue Hammer el que soltó la pulla.

          Pedro tiró su último dardo en medio de la diana y se dio la vuelta para enfrentarse a los hermanos. Al mirarlos, le asaltó la pena. Nada volvería a ser lo mismo.

-          Lo siento -dijo con suavidad.

          Ellos le devolvieron la mirada en silencio hasta que habló Fede.

-          ¿Te habrías casado con ella si no fuera a irse a Nueva York?

          Pedro no vio nada malo en decir ya la verdad.

-          Sí.

          Gonzalo lanzó un bufido de impaciencia.

-          Y entonces, ¿por qué diablos no haces que se quede?

-          No creo que pueda.

-          Podrías -dijo Gonzalo-. Ella puede aparentar que es una de esas mujeres que se divierten con lo primero que encuentran y después se olvidan, pero no lo es. Siempre pensamos que se enamoraría hasta el alma del primer chico con el que hiciera el amor, porque no es del tipo de las que se toman el sexo con ligereza, por mucho que ella diga. Esa es la principal razón por la que la hemos estado protegiendo todo el tiempo. Podría quedar destrozada si cayera con el tipo equivocado.

-          Quizá yo sea el tipo equivocado.

          Hammer apuró su jarra de cerveza y la posó en la barra con un fuerte golpe.

-          Quizá. No creas que me vuelve loco tener a un mentiroso hijo de perra por cuñado.

-          No, él no nos ha mentido exactamente -lo defendió Fede.

-          No, se trata más de traicionar la confianza de los amigos. Eso no es bueno, pero te digo que es probable que Pau haya perdido el corazón por ti. Creo que debes convencerla de que se quede en casa y se case contigo, Peter. Es la única solución -aseguró Gonzalo.

-          Pedro consideró la idea y, por un instante, la esperanza brilló en su corazón. Sabía que Pau lo amaba. Si siquiera le hubiera dado una sola indicación de que realmente no quería ir a Nueva York... Pero no lo había hecho.

          Dio un largo sorbo.

-          Tienes razón. Pero no creo que pueda hacerlo. Toda su vida me ha hablado de dejar este pequeño pueblo detrás y experimentar la excitación de vivir en una gran ciudad. Siempre me culparía por no haber realizado su sueño.

          Él lo sabía muy bien. A pesar de lo mucho que quería a sus padres, no conseguía borrar cierto resentimiento cuando pensaba en cómo lo habían atrapado en el rancho.

-          Maldición. Tienes algo de razón -Gonzalo miró al suelo-. Odio esto. Si fueras otro tipo, lo pasaría de maravilla rompiéndote la cara.

-          Hazlo.

-          No podemos pegarte, Peter -intervino Fede-. No, después de haber dicho que lo sientes y que te casarías con ella si supieras que saldría bien.

-          Quizá saliera bien -intervino Dozer-. Quizá después de una temporada se olvidara de ese sueño de la gran ciudad. Es como el sofá que quería Cindy, pensaba que se moriría si no lo compraba, pero no podíamos permitírnoslo. Entonces, se quedó embarazada y se olvidó del maldito sofá.

          La sonrisa de Pedro fue triste.

-          Me gustaría que tuvieras razón, Dozer, pero he oído a Pau hablar de esto durante años. Vosotros tenéis reconocimiento con vuestro fútbol y ella se siente ensombrecida la mayor parte del tiempo.

-          ¿Esa idea ha sido por nosotros?

-          De alguna manera sí. Como nadie de su familia había hecho una cosa remotamente parecida, eso le traería el respeto de los demás. Creo que necesita irse.

-          No puedo creer que esté celosa de nosotros, cuando ella ha sido la más inteligente y ha sacado siempre sobresalientes.

-          Pero sacar un sobresaliente no hace que salga tu foto en los periódicos como cuando ganas un partido de fútbol. Ella está muy orgullosa de todos vosotros, pero quiere su granito de fama. Eso es todo.

          Gonzalo se frotó la mandíbula.

-          Pareces conocerla muy bien.

          Hammer se aclaró la garganta.

-          Un poco demasiado bien, si quieres mi opinión. ¿Por qué no le dijiste que no, Pedro?

-          Debería haberlo hecho. Dios sabe que debería Pero ella parecía tan resuelta a conseguirlo... Y estaba pensando en Donny Beauford.

-          ¡Dios salve a América! -exclamó Hammer-. ¿Beauford?

-          Desde luego yo prefiero diez veces antes a Pedro que a Beauford -comentó Fede-. Mejor dicho, cien veces. Supongo que antes o después lo haría con alguien.

-          Eso ya lo sabíamos -declaró Gonzalo- pero queríamos estar seguros de que fuera el tipo adecuado.

-          Yo me he estado preguntando algo -dijo Pedro con intriga-. ¿Cómo pensabais vigilarla cuando estuviera en Nueva York?

          Gonzalo sonrió.

-          Nos hemos hecho una fotografía especial que pensábamos regalarle de despedida. Hicimos que el fotógrafo se arrodillara y alzara la cámara, así que se nos ve enormes.

-          Íbamos a pedirle que la colocara en la mesilla para que recordara a su familia -explicó Dozer-. Cualquier tipo que la viera podría pensárselo dos veces, sobre todo si le hacíamos alguna visita sorpresa de vez en cuando.

          Pedro sacudió la cabeza.

-          Sorprendente.

-          Está claro que no tendríamos que habernos molestado tanto -meditó Gonzalo- Si miramos la parte positiva de este desastre, puede que Pedro nos haya hecho un favor.

          Hammer miró con furia a Pedro.

-          Eso no me lo creo.

-          Piénsalo -prosiguió Gonzalo-. Ya sabes cómo es Pau cuando se lanza a por algo o alguien. Como un pequeño buldog. Si está enamorada de Peter, no se interesará por ninguno de esos buitres de ciudad.


          Pedro pensó que era de lo mejor que había escuchado en toda la noche aunque no cambiara el hecho de que Paula fuera a irse y su vida quedaría vacía. Así que, si quería conservar la cordura, tendría que empezar a imaginarse la vida sin Paula. 













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