lunes, 6 de enero de 2014

Capítulo 10.


10

          Paula dio un respingo y se llevó la mano a los labios. Se sentía como si le hubieran echado un jarro de agua hirviendo por encima. Oh, Dios. Peter. ¿Cómo podía hacerlo? La imaginación se le desbordó con la idea incapaz de asimilarla todavía. El corazón le latía tan aprisa que creyó que él podría oírlo. Peter. ¡Qué delicioso! ¡Qué imposible! ¡Qué atemorizante y adorable a la vez!

-          A menos que tú no me quieras.

          Paula ya tenía problemas para respirar cuanto más para hablar.

-          Yo... yo...

-          No me parecerá mal si no quieres. Puede que yo no sea lo que... deseas.

-          Yo... tengo que pensarlo.

-          Claro.

          Aunque estaba aturdida, sintió la vulnerabilidad de él.

-          Me siento honrada.

-          ¿Honrada?

-          De que siquiera hayas considerado... que estés dispuesto...

-          Mejor yo que nadie que se me ocurra.

-          ¿Es... -se frotó los ojos-. ¿Es tanto sacrificio entonces?

          Ante su carcajada, Paula abrió los ojos.

-          ¿Estás de broma? -la miró asombrado-. Si corro la palabra de que estás dispuesta, la cola de hombres fuera de tu casa llegaría hasta el Nugget.

-          ¿Eso crees?

          Pedro nunca le había hecho un cumplido tan extravagante acerca de su atractivo sexual. Ahora que lo pensaba, ni siquiera le había dicho nunca ningún cumplido.

-          Puedes escoger tú misma. No tienes por que cargar conmigo. Sólo pensaba...

-          Que me sentiría más cómoda contigo. Gracias, Peter. Y probablemente sea verdad. En cuanto me recupere del sobresalto...

-          Tómate tu tiempo.

-          ¿No cambiarás de idea?

          Él sacudió la cabeza.

-          ¿Y qué hay de mis hermanos?

-          No voy a decir que no vaya a ser difícil, pero hemos guardado secretos antes. Supongo que podremos hacerlo de nuevo.

          Paula nunca había estado tan impresionada con nadie en su vida.

-          No me merezco un amigo tan bueno.

          Pedro esbozó una sonrisa de soslayo.

-          No me valores tanto. No creas que va a ser el peor trabajo que he hecho en mi vida.

-          sea que... ¿crees que podríamos divertirnos?

-          Al menos yo podría conseguirlo.

          Paula se reclinó hacia atrás y se abanicó con la mano.

-          ¡Uau! Eso me ha desequilibrado -lo miró recién afeitado-. ¿Lo habías decidido antes de cambiarte y ducharte?

-          No, la verdad es que no tenía ni idea de lo que iba a decir cuando llegué. Fue mientras estábamos hablando cuando pensé que era la única solución posible.

-          La razón por la que te lo he preguntado es que, considerando que estás recién duchado, quizá hayas pensado que pudiéramos... eh... -se sentía increíblemente tímida-, encargarnos de ello.

          Pedro tosió para aclararse la garganta.

-          ¿Es eso lo que quieres?

          Paula no podía controlar su pulso desbocado.

-          No lo sé. Comprendo que esto es mi plan, pero no me siento dispuesta ahora mismo.

-          Tengo una sugerencia.

          Paula tragó saliva. Era el hombre más sexy que había visto en toda su vida. ¿Cómo no se habría fijado en todos aquellos años?

-          De acuerdo.

          Pedro bajó la voz y se inclinó hacia adelante mirándola con sus ojos grises nublados ahora.

-          Quizá necesitemos practicar. Podríamos dar un paseo en coche, aparcar en algún lado y ver cómo sale. Y para quitarle tensión, podríamos acordar no llegar hasta el final la primera vez.

          Estaba tan cerca de ella, que su aliento le acariciaba la cara y, cuando lo miró a los ojos, el corazón se le desbocó de tal manera, que creyó que podría darle un ataque.

          Aquel era un Peter al que nunca había visto antes.

-          Supongo que podríamos hacerlo, pero...

-          ¿Pero? ¿Cómo te imaginabas tú el proceso?

          Ella se puso de color escarlata.

-          ¿Sinceramente?

-          Sí.

-          Si me hubieras acordado una cita con alguien, me imaginaba una aventura de una noche para acabar cuanto antes con el asunto.

          Pedro parpadeó.

-          Eso es una idea horrible.

-          ¿Sí?

-          Pensaba que querías pasar un buen rato.

-          Y quiero -inspiró temblorosa-. ¿Pero no podría pasarlo bien con una aventura de una noche?

-          Tú no. Algunas mujeres sí, pero tú necesitas tiempo.

-          Por eso he estado leyendo esos libros. Y soy una aprendiz muy rápida -él guiñó y esbozó una sonrisa-. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

-          Por que es muy propio de ti ponerte a aprender un tema en serio antes de lanzarte a por él.

          La tenía totalmente desequilibrada, y Paula no estaba acostumbrada a sentirse así con Pedro.

-          ¡Puede que yo también pueda enseñarte algunas cosas, señor Sabelotodo! -susurró un poco más alto de lo que había pretendido.

          Miró a su alrededor aprisa, pero nadie los estaba mirando, lo que no era de sorprender. Verlos juntos en el Nugget era muy habitual.

          Pedro se inclinó hacia adelante.

-          No dudo que puedas -mientras se siguieron mirando en silencio, la expresión de él se hizo más cautelosa-. La cuestión es: ¿quieres? Todavía no has respondido.

-          No lo sé, Peter. Esto es muy... personal.

-          Desde luego.

-          Me conoces tan bien...

-          Tan bien como cualquiera.

-          Las cosas no volverían a ser nunca lo mismo entre nosotros.

          Pedro posó la cuchara.

-          Ya son diferentes -la miró con intensidad-. ¿Me equivoco?

          Oh, sí. Aquellos ojos azules que siempre había visto con inocencia, ahora estaban cargados de secretos y ya se estaba preguntando cómo serian aquellos ojos cargados de pasión. De pasión por ella. La idea le tensó el cuerpo y sintió una palpitación que no tenía nada que ver con la amistad.

-          Tienes razón -dijo.

-          Vamos a salir de aquí.

-          ¿Y qué pasa con tu cena?

-          La verdad es que no tenía hambre, pero si quieres, podemos pedirle a Janice que nos lo guarde en un recipiente.

-          No te molestes. No durará con este calor.

          Pedro sacó la cartera del bolsillo trasero al mismo tiempo que Paula abría el bolso.

-          Guarda el dinero, Pau.

-          Pero si siempre hemos pagado a medias.

-          Nuevo juego, nuevas reglas. Eres mi cita y la cena corre de mi cuenta.

          El gesto le gustó más de lo que se atrevía a admitir.

-          ¿No te estás tomando esto un poco literalmente?

-          Para nada. Esperaría que cualquier hombre en mi posición tuviera la cortesía de invitarte a cenar. Como expresión de gratitud.

          Paula se quedó sin aliento ante aquella galantería. No le extrañaba que las mujeres cayeran rendidas a sus pies. Ella nunca lo había entendido, pero también era cierto que nunca había desplegado todo su encanto con ella. Janice se acercó a ellos.

-          ¿Os vais tan pronto? -entonces miró los platos con sorpresa-. ¿Algo malo con el rollo de carne?

-          No -dijo Paula-. Nosotros...

-          Dios mío, estás toda sofocada -Janice le tocó la mejilla-. Niña, estás febril. Seguro que vas pillar la gripe.

-          Eso creo yo -intervino Pedro-. Por eso decidimos irnos.

-          Mi Steve la pilló la semana pasada. Cualquiera pensaría que un microbio no puede sobrevivir con este calor, pero hay una buena epidemia. Lo mejor será que te meta en la cama.

          Paula sintió más ardor en la cara y no se atrevió a mirar a Pedro.

-          ¡Mírala! -exclamó Janice-. ¡Está ardiendo! Será mejor que la lleves a casa. Venga, marchaos ya.

          Aunque Paula hubiera querido salir corriendo, se obligó a caminar como una enferma al preceder a Pedro hacia la entrada. Salieron entre un coro de buenos deseos de los demás comensales.

          Pedro la ayudó a subir a la furgoneta.

-          Bueno, al menos no han sospechado nada. No podemos seguir con esto. Muy pronto, todo el mundo en el pueblo sabrá que me llevaste a casa desde el Nugget y...

-          ¿Y qué? -arrancó y conectó el aire acondicionada-. No sospechan lo más mínimo. Es tu conciencia de culpabilidad.

-          ¿Estás seguro?

-          Por completo.

          Mantén la frialdad, se dijo Pedro a sí mismo. Se suponía que él era el experto. Si apretaba el volante con bastante fuerza, Paula no notaría que le estaban temblando las manos. Y si notaba que estaba sudando le echaría la culpa a la temperatura. ¿Pero en qué se había metido? Todo su mundo esta trastocado. Si Paula aceptaba, se harían amantes ese verano y ya había descubierto que era más posesivo con ella de lo que nunca hubiera soñado. Si el hacía el amor ese verano, aquella posesión podría descontrolarse. Y eso no podía permitirlo, porque ella se iría a Nueva York y conocería a otros hombres. Y eso llevaría a... ni siquiera quería pensar adónde llevaría. Se estaba volviendo loco, eso era lo que le estaba pasando.
        Pero no encontraba otra forma de solucionar el problema. 













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Lean el que sigue...

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