10
Paula dio un
respingo y se llevó la mano a los labios. Se sentía como si le hubieran echado
un jarro de agua hirviendo por encima. Oh, Dios. Peter. ¿Cómo podía hacerlo? La
imaginación se le desbordó con la idea incapaz de asimilarla todavía. El corazón
le latía tan aprisa que creyó que él podría oírlo. Peter. ¡Qué delicioso! ¡Qué
imposible! ¡Qué atemorizante y adorable a la vez!
-
A menos que tú no me quieras.
Paula ya
tenía problemas para respirar cuanto más para hablar.
-
Yo... yo...
-
No me parecerá mal si no quieres. Puede que yo no sea
lo que... deseas.
-
Yo... tengo que pensarlo.
-
Claro.
Aunque
estaba aturdida, sintió la vulnerabilidad de él.
-
Me siento honrada.
-
¿Honrada?
-
De que siquiera hayas considerado... que estés
dispuesto...
-
Mejor yo que nadie que se me ocurra.
-
¿Es... -se frotó los ojos-. ¿Es tanto sacrificio
entonces?
Ante su
carcajada, Paula abrió los ojos.
-
¿Estás de broma? -la miró asombrado-. Si corro la
palabra de que estás dispuesta, la cola de hombres fuera de tu casa llegaría
hasta el Nugget.
-
¿Eso crees?
Pedro nunca
le había hecho un cumplido tan extravagante acerca de su atractivo sexual.
Ahora que lo pensaba, ni siquiera le había dicho nunca ningún cumplido.
-
Puedes escoger tú misma. No tienes por que cargar
conmigo. Sólo pensaba...
-
Que me sentiría más cómoda contigo. Gracias, Peter. Y
probablemente sea verdad. En cuanto me recupere del sobresalto...
-
Tómate tu tiempo.
-
¿No cambiarás de idea?
Él sacudió
la cabeza.
-
¿Y qué hay de mis hermanos?
-
No voy a decir que no vaya a ser difícil, pero hemos
guardado secretos antes. Supongo que podremos hacerlo de nuevo.
Paula nunca
había estado tan impresionada con nadie en su vida.
-
No me merezco un amigo tan bueno.
Pedro esbozó
una sonrisa de soslayo.
-
No me valores tanto. No creas que va a ser el peor
trabajo que he hecho en mi vida.
-
sea que... ¿crees que podríamos divertirnos?
-
Al menos yo podría conseguirlo.
Paula se
reclinó hacia atrás y se abanicó con la mano.
-
¡Uau! Eso me ha desequilibrado -lo miró recién
afeitado-. ¿Lo habías decidido antes de cambiarte y ducharte?
-
No, la verdad es que no tenía ni idea de lo que iba a
decir cuando llegué. Fue mientras estábamos hablando cuando pensé que era la
única solución posible.
-
La razón por la que te lo he preguntado es que,
considerando que estás recién duchado, quizá hayas pensado que pudiéramos...
eh... -se sentía increíblemente tímida-, encargarnos de ello.
Pedro tosió
para aclararse la garganta.
-
¿Es eso lo que quieres?
Paula no
podía controlar su pulso desbocado.
-
No lo sé. Comprendo que esto es mi plan, pero no me
siento dispuesta ahora mismo.
-
Tengo una sugerencia.
Paula tragó
saliva. Era el hombre más sexy que había visto en toda su vida. ¿Cómo no se
habría fijado en todos aquellos años?
-
De acuerdo.
Pedro bajó
la voz y se inclinó hacia adelante mirándola con sus ojos grises nublados
ahora.
-
Quizá necesitemos practicar. Podríamos dar un paseo en
coche, aparcar en algún lado y ver cómo sale. Y para quitarle tensión,
podríamos acordar no llegar hasta el final la primera vez.
Estaba tan
cerca de ella, que su aliento le acariciaba la cara y, cuando lo miró a los
ojos, el corazón se le desbocó de tal manera, que creyó que podría darle un
ataque.
Aquel era un
Peter al que nunca había visto antes.
-
Supongo que podríamos hacerlo, pero...
-
¿Pero? ¿Cómo te imaginabas tú el proceso?
Ella se puso
de color escarlata.
-
¿Sinceramente?
-
Sí.
-
Si me hubieras acordado una cita con alguien, me
imaginaba una aventura de una noche para acabar cuanto antes con el asunto.
Pedro
parpadeó.
-
Eso es una idea horrible.
-
¿Sí?
-
Pensaba que querías pasar un buen rato.
-
Y quiero -inspiró temblorosa-. ¿Pero no podría pasarlo
bien con una aventura de una noche?
-
Tú no. Algunas mujeres sí, pero tú necesitas tiempo.
-
Por eso he estado leyendo esos libros. Y soy una
aprendiz muy rápida -él guiñó y esbozó una sonrisa-. ¿Qué pasa? ¿Por qué me
miras así?
-
Por que es muy propio de ti ponerte a aprender un tema
en serio antes de lanzarte a por él.
La tenía totalmente
desequilibrada, y Paula no estaba acostumbrada a sentirse así con Pedro.
-
¡Puede que yo también pueda enseñarte algunas cosas,
señor Sabelotodo! -susurró un poco más alto de lo que había pretendido.
Miró a su
alrededor aprisa, pero nadie los estaba mirando, lo que no era de sorprender.
Verlos juntos en el Nugget era muy habitual.
Pedro se
inclinó hacia adelante.
-
No dudo que puedas -mientras se siguieron mirando en
silencio, la expresión de él se hizo más cautelosa-. La cuestión es: ¿quieres?
Todavía no has respondido.
-
No lo sé, Peter. Esto es muy... personal.
-
Desde luego.
-
Me conoces tan bien...
-
Tan bien como cualquiera.
-
Las cosas no volverían a ser nunca lo mismo entre
nosotros.
Pedro posó
la cuchara.
-
Ya son diferentes -la miró con intensidad-. ¿Me
equivoco?
Oh, sí.
Aquellos ojos azules que siempre había visto con inocencia, ahora estaban
cargados de secretos y ya se estaba preguntando cómo serian aquellos ojos
cargados de pasión. De pasión por ella. La idea le tensó el cuerpo y sintió una
palpitación que no tenía nada que ver con la amistad.
-
Tienes razón -dijo.
-
Vamos a salir de aquí.
-
¿Y qué pasa con tu cena?
-
La verdad es que no tenía hambre, pero si quieres,
podemos pedirle a Janice que nos lo guarde en un recipiente.
-
No te molestes. No durará con este calor.
Pedro sacó
la cartera del bolsillo trasero al mismo tiempo que Paula abría el bolso.
-
Guarda el dinero, Pau.
-
Pero si siempre hemos pagado a medias.
-
Nuevo juego, nuevas reglas. Eres mi cita y la cena
corre de mi cuenta.
El gesto le
gustó más de lo que se atrevía a admitir.
-
¿No te estás tomando esto un poco literalmente?
-
Para nada. Esperaría que cualquier hombre en mi
posición tuviera la cortesía de invitarte a cenar. Como expresión de gratitud.
Paula se
quedó sin aliento ante aquella galantería. No le extrañaba que las mujeres
cayeran rendidas a sus pies. Ella nunca lo había entendido, pero también era cierto
que nunca había desplegado todo su encanto con ella. Janice se acercó a ellos.
-
¿Os vais tan pronto? -entonces miró los platos con
sorpresa-. ¿Algo malo con el rollo de carne?
-
No -dijo Paula-. Nosotros...
-
Dios mío, estás toda sofocada -Janice le tocó la
mejilla-. Niña, estás febril. Seguro que vas pillar la gripe.
-
Eso creo yo -intervino Pedro-. Por eso decidimos irnos.
-
Mi Steve la pilló la semana pasada. Cualquiera pensaría
que un microbio no puede sobrevivir con este calor, pero hay una buena
epidemia. Lo mejor será que te meta en la cama.
Paula sintió
más ardor en la cara y no se atrevió a mirar a Pedro.
-
¡Mírala! -exclamó Janice-. ¡Está ardiendo! Será mejor
que la lleves a casa. Venga, marchaos ya.
Aunque Paula
hubiera querido salir corriendo, se obligó a caminar como una enferma al preceder
a Pedro hacia la entrada. Salieron entre un coro de buenos deseos de los demás
comensales.
Pedro la
ayudó a subir a la furgoneta.
-
Bueno, al menos no han sospechado nada. No podemos
seguir con esto. Muy pronto, todo el mundo en el pueblo sabrá que me llevaste a
casa desde el Nugget y...
-
¿Y qué? -arrancó y conectó el aire acondicionada-. No
sospechan lo más mínimo. Es tu conciencia de culpabilidad.
-
¿Estás seguro?
-
Por completo.
Mantén la
frialdad, se dijo Pedro a sí mismo. Se suponía que él era el experto. Si
apretaba el volante con bastante fuerza, Paula no notaría que le estaban
temblando las manos. Y si notaba que estaba sudando le echaría la culpa a la
temperatura. ¿Pero en qué se había metido? Todo su mundo esta trastocado. Si
Paula aceptaba, se harían amantes ese verano y ya había descubierto que era más
posesivo con ella de lo que nunca hubiera soñado. Si el hacía el amor ese verano,
aquella posesión podría descontrolarse. Y eso no podía permitirlo, porque ella
se iría a Nueva York y conocería a otros hombres. Y eso llevaría a... ni
siquiera quería pensar adónde llevaría. Se estaba volviendo loco, eso era lo
que le estaba pasando.
Pero no
encontraba otra forma de solucionar el problema.
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Lean el que sigue...
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