domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 25.


25

          Ir montado a caballo en sus condiciones no era lo más inteligente del mundo, comprendió Pedro al bajar por el sendero, pero tardarían demasiado en llegar andando hasta el río.

          La luna iluminaba el camino y mostraba una excitante imagen de Paula balanceando las caderas al compás del trote de Péppermint Patty. Cuando doblaron un recodo y la vio de perfil, se convenció que no llevaba sujetador.

          Y entonces se quitó la camiseta. Pedro apenas podía creer en lo que estaba viendo y se preguntó si no estaría teniendo una potente fantasía.

          Un momento más tarde, la camiseta salió volando en dirección a él y la agarró apenas a tiempo de que no cayera al suelo.

          Paula se volvió en la silla y Pedro vio una impresionante imagen de sus senos bañados por la luz de la luna.
-          ¿Qué estás haciendo?

          Incluso con la distancia, la provocación de su sonrisa era evidente.

-          Poniéndote caliente.

-          ¡Ya estoy caliente!

          Retorciéndose en la silla, para ser más exacto. Jadeando, agitándose y muriéndose por aliviar aquella agonizante necesidad de estar en lo más profundo de ella.

-          Entonces más caliente.

-          ¡Maldita sea, Pau!

          Su camiseta estaba impregnada del olor de su colonia y de algo aún más erótico, el aroma de Paula excitada y lista para el amor. La apretó en un puño y se la llevó a la nariz. Oh, Dios... aquel aroma… el recuerdo de estar echado entre sus muslos saboreándola lo asaltó de forma febril.

-          ¿Por qué huele tu camiseta tan... bien?

-          Un pequeño truco que he leído en uno de los libros.

-          ¿Qué truco?

-          Oh, se trata de buscar una forma de mandarle tu... propio perfume especial a tu amante. Dicen que funciona mejor que el aroma de cualquier colonia.

          Él la miró encendido de deseo.

-          Puede que tengan razón. No llevas bragas debajo de los pantalones, ¿verdad?

-          No.

-          Entonces te has quitado la camiseta y la has puesto...

-          En un sitio muy especial y después te la he tirado. ¿Sabes? El movimiento del caballo es muy... agradable.

          Pedro lanzó un gemido.

-          Ten piedad de mí, Pau. Soy un hombre desesperado.

-          El libro dice que la anticipación lo es todo.

-          Sí y también te mata.

          Pedro escuchó el gorgoteo del río. Ya casi habían llegado y los caballos se dirigieron a la conocida orilla. Bajó la mano, sacó la manta de la bolsa de la silla y metió allí la camiseta. No tenía intención de perder el tiempo en cuanto llegaran al río.

          Paula condujo a Péppermint al lado del árbol y desmontó al instante. Su imagen quedaba tapada por la yegua mientras Pedro desmontaba con la manta. Pero en cuanto salió de detrás del lomo del caballo, a él se le cayó la manta al suelo. ¡Estaba desnuda!

-          ¿Se acerca esto a tu fantasía? -murmuró ella.

          Mientras la miraba bañada en luz plateada como una ninfa de un cuento de hadas, la garganta se le secó de deseo.

-          Va mucho más allá -susurró con voz ronca-. No creo que pudiera soñar con algo tan hermoso y ni siquiera estoy seguro de que seas real.

-          Soy real -se acercó a él por la arena y Pedro vio que llevaba un libro en la mano-. Y quiero hacer el amor contigo, Peter.

          Hacer el amor. Se le contrajo la garganta al enfrentarse a la verdad: hacer el amor era exactamente lo que había estado haciendo con ella, quizá por primera vez en su vida. Pero para Paula, aquello podría ser sólo un paso más en la iniciación a los placeres que un día compartiría con otro hombre. Y él tenía que proteger su corazón.

-          Ya veo que te has traído tu manual -dijo intentando mantener el tono ligero.

-          Dijiste que querías verlo.

-          ¡Oh, sí! -aseguró aunque la técnica era lo que menos le importaba en ese momento.

-          Se inclinó y extendió la manta en la arena. Paula se estiró en ella mientras él empezaba a quitarse la ropa con manos temblorosas sin poder dejar de mirarla. Era como una diosa de la naturaleza. Nunca hubiera podido imaginar que su rincón secreto se podría convertir en un sitio tan seductor.

          El domingo por la noche ella le había cautivado con las sábanas de satén y la habitación teñida de rosa, pero había algo más salvaje en la escena que tenía delante. No muy lejos, un par de coyotes aullaron quizá apareándose a la luz de la luna. El sonido despertó unos instintos tan básicos, que haría bien en ignorar.

-          Coyotes -comentó Paula-. Suenan tan... primitivos.

          Pedro ya había acabado de quitarse la ropa y metió la mano en el bolsillo de los vaqueros. Notó un tono de urgencia en la voz de ella y se arrodilló en la manta con el corazón desbocado. Sólo estaban jugando, se dijo a sí mismo. Sería una locura tomarlo en serio.

-          Entonces, profesora, ¿qué quieres intentar?

         Ella abrió el libro y se apartó un poco para que la luz de la luna iluminara la página.

-          Esto.

          Los coyotes aullaron de nuevo mientras Pedro contemplaba el dibujo en blanco y negro de una pareja apareándose como todas las criaturas de la naturaleza. Contuvo el aliento sabiendo que aquello era lo que había llenado su imaginación al escuchar sus aullidos pero sin imaginarse que ella querría hacer una cosa así. Pero Dios… amarla de aquella manera con los sonidos de la noche rodeándolos... se moría de deseo.

          La miró y sintió un temblor. Aquel apareamiento primitivo sería de gran importancia para él, pero para ella podría ser una experiencia rara.

-          ¿Estás segura?

          Paula cerró el libro despacio y rodó sensualmente sobre el estómago. Antes de que Pedro se diera cuenta de lo que estaba haciendo, se había alzado con las rodillas y las manos ofreciéndole su redondo trasero en la invitación ancestral de una hembra ante su macho elegido.

          Su cuerpo no podía negarse. La sangre le hervía y una necesidad salvaje lo asaltaba. Agarrándola por las caderas, se colocó detrás de ella. Un bramido gutural se le escapó de la garganta mientras luchaba por contener el deseo de sumergirse en ella hasta lo más hondo. En vez de hacer lo, entró con suavidad para no asustarla.

          El deseo lo invadió cuando la encontró húmeda y preparada. Sin embargo, se contuvo deslizando la mano por su cintura para descender y masajear el duro botón para que aumentara su excitación. Con un pequeño grito que fue casi una súplica, Paula alzó las caderas y él ya no pudo contenerse más y se deslizó con suavidad en ella.

          Y por segunda vez en su vida sintió una sensación de conexión increíble, incluso mayor que la primera vez. Y con ello, un impulso que nunca había conocido, el de vaciarse dentro de aquella mujer y verla redondearse con su hijo.

          Pero sabía que eso no era posible; se había puesto un preservativo. Con un bramido de placer mezclado con una profunda frustración, se retiró y embistió con más fuerza golpeándola con los muslos. Ella murmuró palabras de ánimo y Pedro aumentó el ritmo mientras el rincón del río se inundaba de los sonidos y aromas de su acoplamiento. Los dos quedaron empapados de sudor bajo el caliente aire de la noche mientras los golpeteos de sus cuerpos se aceleraban y se hacían más fuertes. Sus gemidos y suaves gritos se mezclaron con las llamadas de las criaturas nocturnas, el viento en los árboles y el gorgoteo del arroyo.


          Paula se comprimió contra él un momento antes de verse sacudida por las convulsiones. Sus ondulaciones lo volvieron loco y supo que aquél era el momento de plantar su semilla. Gritando su nombre y apretándola para que lo recibiera, la danza de acoplamiento que lo había conmovido hasta el alma llegó a un poderoso final. 













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Lean el que sigue... 


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