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Ir montado a
caballo en sus condiciones no era lo más inteligente del mundo, comprendió
Pedro al bajar por el sendero, pero tardarían demasiado en llegar andando hasta
el río.
La luna
iluminaba el camino y mostraba una excitante imagen de Paula balanceando las
caderas al compás del trote de Péppermint Patty. Cuando doblaron un recodo y la
vio de perfil, se convenció que no llevaba sujetador.
Y entonces
se quitó la camiseta. Pedro apenas podía creer en lo que estaba viendo y se
preguntó si no estaría teniendo una potente fantasía.
Un momento
más tarde, la camiseta salió volando en dirección a él y la agarró apenas a
tiempo de que no cayera al suelo.
Paula se
volvió en la silla y Pedro vio una impresionante imagen de sus senos bañados
por la luz de la luna.
-
¿Qué estás haciendo?
Incluso con
la distancia, la provocación de su sonrisa era evidente.
-
Poniéndote caliente.
-
¡Ya estoy caliente!
Retorciéndose
en la silla, para ser más exacto. Jadeando, agitándose y muriéndose por aliviar
aquella agonizante necesidad de estar en lo más profundo de ella.
-
Entonces más caliente.
-
¡Maldita sea, Pau!
Su camiseta
estaba impregnada del olor de su colonia y de algo aún más erótico, el aroma de
Paula excitada y lista para el amor. La apretó en un puño y se la llevó a la nariz.
Oh, Dios... aquel aroma… el recuerdo de estar echado entre sus muslos
saboreándola lo asaltó de forma febril.
-
¿Por qué huele tu camiseta tan... bien?
-
Un pequeño truco que he leído en uno de los libros.
-
¿Qué truco?
-
Oh, se trata de buscar una forma de mandarle tu...
propio perfume especial a tu amante. Dicen que funciona mejor que el aroma de
cualquier colonia.
Él la miró
encendido de deseo.
-
Puede que tengan razón. No llevas bragas debajo de los
pantalones, ¿verdad?
-
No.
-
Entonces te has quitado la camiseta y la has puesto...
-
En un sitio muy especial y después te la he tirado.
¿Sabes? El movimiento del caballo es muy... agradable.
Pedro lanzó
un gemido.
-
Ten piedad de mí, Pau. Soy un hombre desesperado.
-
El libro dice que la anticipación lo es todo.
-
Sí y también te mata.
Pedro
escuchó el gorgoteo del río. Ya casi habían llegado y los caballos se dirigieron
a la conocida orilla. Bajó la mano, sacó la manta de la bolsa de la silla y
metió allí la camiseta. No tenía intención de perder el tiempo en cuanto
llegaran al río.
Paula
condujo a Péppermint al lado del árbol y desmontó al instante. Su imagen
quedaba tapada por la yegua mientras Pedro desmontaba con la manta. Pero en
cuanto salió de detrás del lomo del caballo, a él se le cayó la manta al suelo.
¡Estaba desnuda!
-
¿Se acerca esto a tu fantasía? -murmuró ella.
Mientras la
miraba bañada en luz plateada como una ninfa de un cuento de hadas, la garganta
se le secó de deseo.
-
Va mucho más allá -susurró con voz ronca-. No creo que
pudiera soñar con algo tan hermoso y ni siquiera estoy seguro de que seas real.
-
Soy real -se acercó a él por la arena y Pedro vio que
llevaba un libro en la mano-. Y quiero hacer el amor contigo, Peter.
Hacer el
amor. Se le contrajo la garganta al enfrentarse a la verdad: hacer el amor era
exactamente lo que había estado haciendo con ella, quizá por primera vez en su
vida. Pero para Paula, aquello podría ser sólo un paso más en la iniciación a
los placeres que un día compartiría con otro hombre. Y él tenía que proteger su
corazón.
-
Ya veo que te has traído tu manual -dijo intentando
mantener el tono ligero.
-
Dijiste que querías verlo.
-
¡Oh, sí! -aseguró aunque la técnica era lo que menos le
importaba en ese momento.
-
Se inclinó y extendió la manta en la arena. Paula se
estiró en ella mientras él empezaba a quitarse la ropa con manos temblorosas
sin poder dejar de mirarla. Era como una diosa de la naturaleza. Nunca hubiera
podido imaginar que su rincón secreto se podría convertir en un sitio tan
seductor.
El domingo
por la noche ella le había cautivado con las sábanas de satén y la habitación
teñida de rosa, pero había algo más salvaje en la escena que tenía delante. No
muy lejos, un par de coyotes aullaron quizá apareándose a la luz de la luna. El
sonido despertó unos instintos tan básicos, que haría bien en ignorar.
-
Coyotes -comentó Paula-. Suenan tan... primitivos.
Pedro ya
había acabado de quitarse la ropa y metió la mano en el bolsillo de los
vaqueros. Notó un tono de urgencia en la voz de ella y se arrodilló en la manta
con el corazón desbocado. Sólo estaban jugando, se dijo a sí mismo. Sería una
locura tomarlo en serio.
-
Entonces, profesora, ¿qué quieres intentar?
Ella abrió el
libro y se apartó un poco para que la luz de la luna iluminara la página.
-
Esto.
Los coyotes
aullaron de nuevo mientras Pedro contemplaba el dibujo en blanco y negro de una
pareja apareándose como todas las criaturas de la naturaleza. Contuvo el
aliento sabiendo que aquello era lo que había llenado su imaginación al
escuchar sus aullidos pero sin imaginarse que ella querría hacer una cosa así.
Pero Dios… amarla de aquella manera con los sonidos de la noche rodeándolos...
se moría de deseo.
La miró y
sintió un temblor. Aquel apareamiento primitivo sería de gran importancia para
él, pero para ella podría ser una experiencia rara.
-
¿Estás segura?
Paula cerró
el libro despacio y rodó sensualmente sobre el estómago. Antes de que Pedro se
diera cuenta de lo que estaba haciendo, se había alzado con las rodillas y las
manos ofreciéndole su redondo trasero en la invitación ancestral de una hembra
ante su macho elegido.
Su cuerpo no
podía negarse. La sangre le hervía y una necesidad salvaje lo asaltaba. Agarrándola
por las caderas, se colocó detrás de ella. Un bramido gutural se le escapó de
la garganta mientras luchaba por contener el deseo de sumergirse en ella hasta
lo más hondo. En vez de hacer lo, entró con suavidad para no asustarla.
El deseo lo
invadió cuando la encontró húmeda y preparada. Sin embargo, se contuvo deslizando
la mano por su cintura para descender y masajear el duro botón para que
aumentara su excitación. Con un pequeño grito que fue casi una súplica, Paula
alzó las caderas y él ya no pudo contenerse más y se deslizó con suavidad en
ella.
Y por segunda
vez en su vida sintió una sensación de conexión increíble, incluso mayor que la
primera vez. Y con ello, un impulso que nunca había conocido, el de vaciarse
dentro de aquella mujer y verla redondearse con su hijo.
Pero sabía
que eso no era posible; se había puesto un preservativo. Con un bramido de
placer mezclado con una profunda frustración, se retiró y embistió con más
fuerza golpeándola con los muslos. Ella murmuró palabras de ánimo y Pedro
aumentó el ritmo mientras el rincón del río se inundaba de los sonidos y aromas
de su acoplamiento. Los dos quedaron empapados de sudor bajo el caliente aire
de la noche mientras los golpeteos de sus cuerpos se aceleraban y se hacían más
fuertes. Sus gemidos y suaves gritos se mezclaron con las llamadas de las
criaturas nocturnas, el viento en los árboles y el gorgoteo del arroyo.
Paula se
comprimió contra él un momento antes de verse sacudida por las convulsiones.
Sus ondulaciones lo volvieron loco y supo que aquél era el momento de plantar
su semilla. Gritando su nombre y apretándola para que lo recibiera, la danza de
acoplamiento que lo había conmovido hasta el alma llegó a un poderoso final.
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Lean el que sigue...
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