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Una música
exótica con una pulsante percusión llegaba desde la habitación de Paula y Pedro
se excitó al instante pensando en lo que le tendría preparado. Pero, fuera lo
que fuera, resistiría. Aunque tal y como era Paula no iba a ser fácil.
Ahora que lo
pensaba, la aventura sexual le pegaba a la perfección. Cuando eran pequeños
también lo había tentado con ideas excitantes. La lancha que habían construido
y en la cual casi se habían ahogado, la expedición para cazar caballos
salvajes, el viaje para explorar una caverna… todo habían sido ideas de ella.
Dios, no sería fácil salir de allí y olvidar la excitación de amarla, pero a
largo plazo tendría que aprender a vivir sin la suave boca de Paula, su calor,
su húmedo cuerpo, su...
Se quedó en
el umbral de la puerta y sintió debilitarse su resolución.
Paula estaba
bailando. Y no era precisamente una danza ordinaria. Llevaba pantalones transparentes
que se ajustaban a sus caderas, un sujetador de brocado con monedas prendidas,
un ancho brazalete de color oro en el antebrazo y un velo cubriéndole la nariz
y la boca. Era la viva imagen de una princesa de harén completa con unos
diminutos cimbales metidos por los dedos. Mantenía el compás con ellos mientras
giraba las caderas con el ritmo más seductor que Pedro había visto en su vida.
-
¡Sorpresa! -su sonrisa era apenas visible tras el
velo-. Llevo semanas practicando -siguió bailando mientras le incitaba a
sentarse en la silla que había colocado en una esquina-. Y ahora voy a bailar
hasta que te vuelva loco. Disfrútalo.
El ligero
velo producía el efecto más increíble, resaltando la sensual mirada de sus ojos
y haciéndole desear con locura su boca simplemente porque no la podía ver muy
bien.
Pero no
podía besarla. Tenía algo que decir aunque no podía hacer el anuncio en el
acto. Después de todo, ella había estado practicando aquel baile durante
semanas para sorprenderlo. Al menos, le debía la cortesía de contemplarlo.
Y además, no
podía apartar los ojos de los movimientos rotatorios de sus caderas. Se preguntó
lo que sentiría si... No, no pensaba hacerle el amor esa noche, así que se iría
en cuanto terminara la danza.
Se desplomó
en la silla e intentó aparentar un leve aburrimiento mientras ella danzaba a su
alrededor con movimientos cada vez más rápidos. Pedro tragó saliva. Entonces,
Paula empezó a añadir una nueva dimensión al baile con un suave balanceo de sus
senos, que hacía bailar todas las monedas. Pedro se humedeció los labios
resecos. Paula se acercó más rozándolo con la cadera al bailar. Su vientre
aumentó de velocidad y entonces se inclinó hacia adelante sacudiendo los senos
tan cerca de su cara que hasta pudo ver las pequeñas gotas de sudor y la perla
que llevaba allí todo el verano.
-
Desabróchate los vaqueros -susurró ella. Pedro la miró
a los ojos. Aquello no estaba saliendo como lo había planeado.
-
No, Pau. Yo...
-
Hazlo -susurró ella con más urgencia bailando alrededor
de él con aquel enloquecedor ritmo erótico de las caderas-. Te deseo, Pedro y
sé que tú también me deseas.
-
Pero...
-
Ahora.
Sin dejar de
bailar, se sacó los cimbales y se metió la mano en la banda ancha de los
pantalones para sacar un envoltorio que había guardado antes. Se ondulé más hacia
él y le metió el preservativo en el bolsillo de la camisa.
Pedro estaba
perdido. La excitación que sentía era tan grande, que le hacía hasta daño. No
podría salir en ese momento de aquella habitación aunque su vida dependiera de
ello. Tanteó con dedos torpes los botones de la bragueta con el corazón desbocado
ante la fascinante agitación de sus senos y la rotación de sus caderas. Se sacó
el preservativo del bolsillo de la camisa y casi se le cayó al suelo cuando
ella se metió las manos entre las piernas y de alguna manera, desabrochó los
pantalones sin perder el ritmo.
-
¿Estás impresionado? -preguntó con suavidad.
-
¡No lo dudes!
Y temblado
de necesidad consiguió ponerse el preservativo mientras ella bailaba más cerca
con las monedas flotando ante el tembloroso ritmo de sus senos.
-
Tú quédate completamente quieto. Voy a hacértelo yo
todo.
Por muy
increíbles que fueran los movimientos de su cuerpo, él estaba totalmente
cautivado por sus ojos y no podía apartar la vista de ellos.
Sin perder
el compás de la música con las caderas, Paula apoyó las dos manos en sus
hombros y montó a horcajadas en la silla. Entonces empezó a descender
lentamente con un movimiento tan sensual que le hizo gemir de placer. Y
mientras usaba todos los sensuales movimientos aprendidos para hacerle el amor
de forma increíble, Pedro no podía apartar la mirada de sus ojos ardientes buscando
la profunda emoción que lo asaltaba siempre que estaban juntos de aquella
manera.
Y la
encontró. Mientras su ritmo aumentaba, sus ojos le dijeron que sí, que sentía
lo mismo que él y que su corazón estaba tan atrapado como el de él.
-
Te quiero -dijo Pedro.
Por primera
vez en su vida aquellas palabras significaron algo especial, algo tan real que
casi podía tocarlo.
Los ojos de
Paula eran una pura brasa.
-
Te quiero -murmuró ella también.
Lo asaltó
una alegría tan intensa que cerró los ojos por miedo a soltar lágrimas de
alivio. Paula lo amaba y todo saldría bien. Mientras sus movimientos se hacían
más desinhibidos y su grito de alivio llenaba la habitación, él se abandonó a
un clímax en que dejó el alma.
Se quedaron
pegados unos minutos con la cara de Paula sobre el hombro de Pedro. Él le
frotaba la espalda con suavidad sin saber qué decir. Deseaba que las primeras palabras
salieran de ella, escuchar que ya no iría a Nueva York.
-
¡Eh, gran Peter! ¿Dónde te has metido, compañero? -les
llegó la inconfundible voz de Gonzalo desde el salón.
Paula saltó
del regazo de Pedro y corrió hasta la puerta para pegarse a ella con los ojos
muy abiertos.
-
¡Oh, Dios!
Pedro la miró.
Se había olvidado por completo de que había quedado con Gonzalo y Hammer en el
Ore Cart.
-
¡Eh, Peter! -gritó Gonzalo de nuevo esta vez ya desde
el pasillo-. ¿Qué es lo que pasa?
Pedro se
puso en acción levantándose de la silla.
-
Bueno... Salgo en un minuto. Cierra -le murmuró a Paula.
-
¿Por qué no puedes salir ahora?
La voz de
Gonzalo sonó sospechosa. Cuando oyó el pestillo, Pedro se dirigió al cuarto de
baño.
-
Sólo dame un minuto, ¿de acuerdo?
-
¿Qué pasa? -la voz de Gonzalo sonaba ya enfadada-.
¿Está Paula contigo?
-
Sí, estoy aquí, Gon. Ve al salón. Enseguida iremos.
Pedro
terminó con rapidez en el cuarto de baño.
-
¡Dios, lo siento, Pau!
-
No es culpa tuya.
Paula ya se
había quitado el sujetador de brocado y se había puesto uno simple.
-
Sí es culpa mía. Me encontré con ellos cuando venía
para acá y quedé en jugar una partida de dardos.
Ella se dio
la vuelta mientras se abrochaba el cierre delantero.
-
¿Y por qué? No pensabas quedarte, ¿verdad?
-
No.
Paula se
puso pálida.
-
Ibas a romper, ¿verdad?
-
Bueno, sí iba a hacerlo, pero...
-
No hace falta que me expliques más -le tembló la voz y
se apartó de él.
-
¡Pau, maldita sea. Yo..!
-
¡Vete! ¡Lo digo en serio, Pedro!
Pedro sintió
un nudo en la boca del estómago.
-
¿Qué quieres que les diga?
-
Podrías empezar por la verdad. Ya no podemos
inventarnos una historia a estas alturas. Nos han pillado, Pedro. No hay forma
de que podamos salir de esto.
-
¡Si la hay, maldita sea! Podríamos decir que estamos
enamorados.
Paula se puso
una camiseta.
-
Gracias por la idea, pero preferiría que no lo
hicieras.
O sea que le
acaba de decir que lo quería pero no quería que nadie más lo supiera. Y por la
forma en que estaba actuando, estaba seguro de que se iría.
Sin decir
una palabra más, Pedro salió de la habitación para enfrentarse con sus
inquisidores.
Había estado
a punto de romper con ella. Paula contuvo las lágrimas mientras se vestía. Sí,
podía amarla, como había dicho en un momento de pasión. Probablemente, se lo
habría dicho a otras muchas mujeres mientras le daban placer sexual, pero sin
deseos de casarse con ninguna de ellas. Ella era sólo otra de sus conquistas.
Sólo había
una cosa que Pedro podría decir para aplacar a sus hermanos, y era que estaban
comprometidos, pero no iba a hacerlo. Metiendo el traje de harén en un cajón,
se pasó un cepillo por el pelo y salió descalza al pasillo.
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Lean el que sigue...
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