domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 27.


27

          Una música exótica con una pulsante percusión llegaba desde la habitación de Paula y Pedro se excitó al instante pensando en lo que le tendría preparado. Pero, fuera lo que fuera, resistiría. Aunque tal y como era Paula no iba a ser fácil.

          Ahora que lo pensaba, la aventura sexual le pegaba a la perfección. Cuando eran pequeños también lo había tentado con ideas excitantes. La lancha que habían construido y en la cual casi se habían ahogado, la expedición para cazar caballos salvajes, el viaje para explorar una caverna… todo habían sido ideas de ella. Dios, no sería fácil salir de allí y olvidar la excitación de amarla, pero a largo plazo tendría que aprender a vivir sin la suave boca de Paula, su calor, su húmedo cuerpo, su...

          Se quedó en el umbral de la puerta y sintió debilitarse su resolución.

          Paula estaba bailando. Y no era precisamente una danza ordinaria. Llevaba pantalones transparentes que se ajustaban a sus caderas, un sujetador de brocado con monedas prendidas, un ancho brazalete de color oro en el antebrazo y un velo cubriéndole la nariz y la boca. Era la viva imagen de una princesa de harén completa con unos diminutos cimbales metidos por los dedos. Mantenía el compás con ellos mientras giraba las caderas con el ritmo más seductor que Pedro había visto en su vida.


-          ¡Sorpresa! -su sonrisa era apenas visible tras el velo-. Llevo semanas practicando -siguió bailando mientras le incitaba a sentarse en la silla que había colocado en una esquina-. Y ahora voy a bailar hasta que te vuelva loco. Disfrútalo. 

          El ligero velo producía el efecto más increíble, resaltando la sensual mirada de sus ojos y haciéndole desear con locura su boca simplemente porque no la podía ver muy bien.

          Pero no podía besarla. Tenía algo que decir aunque no podía hacer el anuncio en el acto. Después de todo, ella había estado practicando aquel baile durante semanas para sorprenderlo. Al menos, le debía la cortesía de contemplarlo.

          Y además, no podía apartar los ojos de los movimientos rotatorios de sus caderas. Se preguntó lo que sentiría si... No, no pensaba hacerle el amor esa noche, así que se iría en cuanto terminara la danza.

          Se desplomó en la silla e intentó aparentar un leve aburrimiento mientras ella danzaba a su alrededor con movimientos cada vez más rápidos. Pedro tragó saliva. Entonces, Paula empezó a añadir una nueva dimensión al baile con un suave balanceo de sus senos, que hacía bailar todas las monedas. Pedro se humedeció los labios resecos. Paula se acercó más rozándolo con la cadera al bailar. Su vientre aumentó de velocidad y entonces se inclinó hacia adelante sacudiendo los senos tan cerca de su cara que hasta pudo ver las pequeñas gotas de sudor y la perla que llevaba allí todo el verano.

-          Desabróchate los vaqueros -susurró ella. Pedro la miró a los ojos. Aquello no estaba saliendo como lo había planeado.

-          No, Pau. Yo...

-          Hazlo -susurró ella con más urgencia bailando alrededor de él con aquel enloquecedor ritmo erótico de las caderas-. Te deseo, Pedro y sé que tú también me deseas.

-          Pero...

-          Ahora.

          Sin dejar de bailar, se sacó los cimbales y se metió la mano en la banda ancha de los pantalones para sacar un envoltorio que había guardado antes. Se ondulé más hacia él y le metió el preservativo en el bolsillo de la camisa.

          Pedro estaba perdido. La excitación que sentía era tan grande, que le hacía hasta daño. No podría salir en ese momento de aquella habitación aunque su vida dependiera de ello. Tanteó con dedos torpes los botones de la bragueta con el corazón desbocado ante la fascinante agitación de sus senos y la rotación de sus caderas. Se sacó el preservativo del bolsillo de la camisa y casi se le cayó al suelo cuando ella se metió las manos entre las piernas y de alguna manera, desabrochó los pantalones sin perder el ritmo.

-          ¿Estás impresionado? -preguntó con suavidad.

-          ¡No lo dudes!

          Y temblado de necesidad consiguió ponerse el preservativo mientras ella bailaba más cerca con las monedas flotando ante el tembloroso ritmo de sus senos.

-          Tú quédate completamente quieto. Voy a hacértelo yo todo.

          Por muy increíbles que fueran los movimientos de su cuerpo, él estaba totalmente cautivado por sus ojos y no podía apartar la vista de ellos.

          Sin perder el compás de la música con las caderas, Paula apoyó las dos manos en sus hombros y montó a horcajadas en la silla. Entonces empezó a descender lentamente con un movimiento tan sensual que le hizo gemir de placer. Y mientras usaba todos los sensuales movimientos aprendidos para hacerle el amor de forma increíble, Pedro no podía apartar la mirada de sus ojos ardientes buscando la profunda emoción que lo asaltaba siempre que estaban juntos de aquella manera.

          Y la encontró. Mientras su ritmo aumentaba, sus ojos le dijeron que sí, que sentía lo mismo que él y que su corazón estaba tan atrapado como el de él.

-          Te quiero -dijo Pedro.

          Por primera vez en su vida aquellas palabras significaron algo especial, algo tan real que casi podía tocarlo.

          Los ojos de Paula eran una pura brasa.

-          Te quiero -murmuró ella también.

          Lo asaltó una alegría tan intensa que cerró los ojos por miedo a soltar lágrimas de alivio. Paula lo amaba y todo saldría bien. Mientras sus movimientos se hacían más desinhibidos y su grito de alivio llenaba la habitación, él se abandonó a un clímax en que dejó el alma.


          Se quedaron pegados unos minutos con la cara de Paula sobre el hombro de Pedro. Él le frotaba la espalda con suavidad sin saber qué decir. Deseaba que las primeras palabras salieran de ella, escuchar que ya no iría a Nueva York.

-          ¡Eh, gran Peter! ¿Dónde te has metido, compañero? -les llegó la inconfundible voz de Gonzalo desde el salón.

          Paula saltó del regazo de Pedro y corrió hasta la puerta para pegarse a ella con los ojos muy abiertos.

-          ¡Oh, Dios!

          Pedro la miró. Se había olvidado por completo de que había quedado con Gonzalo y Hammer en el Ore Cart.

-          ¡Eh, Peter! -gritó Gonzalo de nuevo esta vez ya desde el pasillo-. ¿Qué es lo que pasa?

          Pedro se puso en acción levantándose de la silla.

-          Bueno... Salgo en un minuto. Cierra -le murmuró a Paula.

-          ¿Por qué no puedes salir ahora?

          La voz de Gonzalo sonó sospechosa. Cuando oyó el pestillo, Pedro se dirigió al cuarto de baño.

-          Sólo dame un minuto, ¿de acuerdo?

-          ¿Qué pasa? -la voz de Gonzalo sonaba ya enfadada-. ¿Está Paula contigo?

-          Sí, estoy aquí, Gon. Ve al salón. Enseguida iremos.

          Pedro terminó con rapidez en el cuarto de baño.

-          ¡Dios, lo siento, Pau!

-          No es culpa tuya.

          Paula ya se había quitado el sujetador de brocado y se había puesto uno simple.

-          Sí es culpa mía. Me encontré con ellos cuando venía para acá y quedé en jugar una partida de dardos.

          Ella se dio la vuelta mientras se abrochaba el cierre delantero.

-          ¿Y por qué? No pensabas quedarte, ¿verdad?

-          No.

          Paula se puso pálida.

-          Ibas a romper, ¿verdad?

-          Bueno, sí iba a hacerlo, pero...

-          No hace falta que me expliques más -le tembló la voz y se apartó de él.

-          ¡Pau, maldita sea. Yo..!

-          ¡Vete! ¡Lo digo en serio, Pedro!

          Pedro sintió un nudo en la boca del estómago.

-          ¿Qué quieres que les diga?

-          Podrías empezar por la verdad. Ya no podemos inventarnos una historia a estas alturas. Nos han pillado, Pedro. No hay forma de que podamos salir de esto.

-          ¡Si la hay, maldita sea! Podríamos decir que estamos enamorados.

          Paula se puso una camiseta.

-          Gracias por la idea, pero preferiría que no lo hicieras.

          O sea que le acaba de decir que lo quería pero no quería que nadie más lo supiera. Y por la forma en que estaba actuando, estaba seguro de que se iría.

          Sin decir una palabra más, Pedro salió de la habitación para enfrentarse con sus inquisidores.

          Había estado a punto de romper con ella. Paula contuvo las lágrimas mientras se vestía. Sí, podía amarla, como había dicho en un momento de pasión. Probablemente, se lo habría dicho a otras muchas mujeres mientras le daban placer sexual, pero sin deseos de casarse con ninguna de ellas. Ella era sólo otra de sus conquistas.


          Sólo había una cosa que Pedro podría decir para aplacar a sus hermanos, y era que estaban comprometidos, pero no iba a hacerlo. Metiendo el traje de harén en un cajón, se pasó un cepillo por el pelo y salió descalza al pasillo. 













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Lean el que sigue... 

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