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Paula estaba
buscando cualquier distracción para pasar el tiempo hasta el jueves por la
noche. Cuando la mujer de Hammer, Deena, la llamó el martes por la mañana para
sugerirle ir con todos los niños a la piscina, se apuntó encantada.
Deena, una morena pecosa que había sido una
de las mejores amigas de Paula en secundaria, trabajaba de maestra. Tenía los
veranos libres, situación que pensaba mantener hasta que sus hijos, Santino, de
cinco años y Anne, de cuatro, fueran algo mayores. Joan llevó a Sarah y a Joe,
y Cindy encontró a una sustituta para que le cambiara el turno en la tienda de
recambios donde trabajaba. La única que no pudo organizarlo fue la recién
casada Suzie.
-
¿Y sabéis que es la que está mejor en traje baño?
-comentó Deena cuando las mujeres instalaron en una esquina del área de césped
con las mecedoras y una nevera con sándwiches y zumos.
-
Bueno, no sé si Suzie ganaría la competición en traje
de baño, pero Pau está impresionante con ese traje de baño rojo.
Paula se miró a sí misma un poco
avergonzada.
-
¡Pero si soy la misma de siempre!
-
Quizá -dijo Deena mientras le ponía crema a Santino-.
Pero tienes un aspecto estupendo. ¿Estás haciendo ejercicio?
-
No.
Paula sólo
esperaba no estar sonrojándose. Seguramente no podía notársele el haber dejado
de ser virgen. Por dentro, se sentía una mujer diferente, pero debía estar
exactamente igual. Pedro tampoco podía hacer milagros.
-
Tienen razón -apoyó Cindy-. Tienes como un cierto
brillo -se rió-. La gente dice que les pasa a las embarazadas y yo sigo
esperándolo. Lo único que yo me siento es más gorda.
-
Creo que son sólo imaginaciones suyas -dijo Paula
deseando cambiar de tema-. ¡Vamos, niños! ¿Quién está listo para bañarse?
Un coro de gritos
la contestó.
Paula había
ayudado a todos a aprender a nadar y al mirarlos ahora con las caritas
sonrientes sintió una punzada de pesar. Crecerían tan aprisa mientras ella
estuviera fuera... Debía recordar y atesorar días como aquél en vez de
considerarlos un tiempo muerto mientras esperaba a Pedro.
-
¡El último es un huevo podrido! -gritó antes de
lanzarse al agua.
Al cabo de
tres horas, las mujeres decidieron que el final perfecto sería ir a tomar un
helado al Creaithy Cone. Paula se puso los pantalones cortos y las sandalias,
se pasó los dedos por el pelo y decidió no ponerse camiseta. En verano, la
mayoría de los clientes del Creamy Cone iban vestidos así.
-
Llévame, tía Pau -dijo Anne al llegar.
Paula la
ayudó a bajar de la furgoneta de Joan y se la apoyó en la cadera.
¡Eh, mira! -gritó Joe, el hijo de Joan de seis años-. ¡Es el
tío Peter!
Tío Peter.
Por supuesto, los niños siempre lo habían considerado de la familia, pero ese
día, después de oírse llamar tía Pau durante horas, le pareció que sonaba
diferente. Tía Pau y tío Peter.
La idea la
sacudió con fuerza. No podía tener aquella fantasía, aunque fuera inconsciente.
Y si era así, tendría que olvidarla en el acto. Pedro sólo la estaba ayudando a
solucionar un problema y, aunque lo estuvieran pasando muy bien en el proceso,
no creía que a él se le hubiera ocurrido una relación de aquel tipo con ella o
ya se lo habría dicho antes. No, definitivamente, Pedro no podía tener sueños
de felices para siempre con ella, pensó al verlo bajar de la furgoneta.
-
¡Eh, tío Peter! -lo llamó Sarah mientras se lanzaba a
la carrera hacia el aparcamiento.
-
¡Sarah! -gritó Joan al ver un coche entrar con rapidez
sin haber visto a la niña.
Pero Sarah
ya estaba a un cuerpo por delante de su madre.
Sin soltar a
Anne, Paula se lanzó a correr también aunque sabía que ni ella ni Joan
llegarían a tiempo.
En el último
minuto, cuando Paula estaba demasiado horrorizada hasta para fritar, Pedro se
interpuso en el camino del coche, agarró a la niña y la apartó.
El
conductor, un adolescente, apretó los frenos y saltó del coche.
-
¡Oh, Dios mío! No la había visto.
Pedro apretó
a la sollozante Sarah en sus brazos. Tenía la respiración jadeante.
-
Eso me pareció -miró a la niña-. ¿Estás bien, cariño?
La voz de la
niña salió ahogada contra su camisa.
-
Creo... que si...
-
¡Sarah! -Joan llegó hasta ellos y pasó un brazo por los
hombros de su hija-. ¿Te has hecho daño? ¿Te duele algo?
-
No... no.
La niña
estaba al borde de las lágrimas.
Joan suspiró
de alivio justo cuando Cindy y Deena llegaron a su lado y la abrazaron. Todo el
mundo empezó a hablar a la vez mientras que Joan inspiraba para calmarse y
recuperar el color.
Por fin,
Joan alzó la mano para pedir silencio.
-
Bájala por favor, Peter. Sarah y yo vamos a ir hasta
ese árbol a tener una pequeña conversación acerca de salir corriendo en los
aparcamientos.
-
Yo no corro -anunció Joe.
-
Yo tampoco -coreó Santino.
-
Ni yo -gritó Anne desde los brazos de Paula.
-
Y eso es lo que tenéis que seguir haciendo -dijo Pedro
mirándolos con cariño.
El
adolescente se acercó a Joan.
-
Lo siento, señora Chaves (aclaración: es el apellido de casada). No debería haber venido conduciendo tan aprisa.
Me han regalado el coche hoy y quería enseñárselo a mis amigos. No sé lo que
habría hecho si le hubiera pasado algo a la niña.
Joan agarró
a su hija de la mano.
-
Por suerte no ha pasado nada. Te llamas Marco, ¿verdad?
-
Sí, señora. Marco Danti.
-
Bueno, has tenido suerte, Marco. Por suerte, todos
hemos aprendido algo sin haber sufrido una tragedia. Sarah no debería haber
salido corriendo sin mirar y tú deberías recordar lo peligrosos que pueden ser
los aparcamientos, sobre todo éste en verano.
-
Sí señora -Marco miró a Pedro-. Gracias, señor Alfonso.
Muchas gracias.
-
Me alegro de que todavía me queden algunos reflejos.
Bueno, ¿estamos todos listos para tomar un helado? Yo invito.
-
En ese caso me tomaré el de banana split gigante -dijo
Deena con una sonrisa-. Iba a pedir el pequeño, pero si invita el caballero...
-
De acuerdo, pero pienso contarle a Hammer que te has
aprovechado de mí.
Deena lanzó
una carcajada.
-
Has tenido suerte de que no esté aquí él, porque
hubiera pedido el Terremoto.
-
Si hubiera estado él, no habría invitado.
-
Sarah y yo iremos enseguida -dijo Joan-. Joe, vete tú
con los demás para poder hablar con Sarah en privado.
-
Vamos, Joe -dijo Cindy estirando la mano.
A Paula
siempre le había gustado la forma en que los miembros de su familia aceptaban
la responsabilidad de todos los niños, no sólo de los propios. Un nieto de los
Chaves tenía una buena cantidad de modelos adultos, y todos bastante buenos.
-
Vamos, pequeña -dijo Paula ajustándose a Anne contra la
cadera-. Me apetece uno de vainilla con gotas de chocolate.
-
Ése es mi favorito -dijo Pedro acercándose a su lado
para inclinarse y revolverle los rizos dorados a la niña-. ¿Cómo está Anne hoy?
-
¡Tío Peter! Me estás despeinando.
-
Pero si ya tienes el pelo despeinado de la piscina.
La niña se
rió.
-
Sí.
Paula se
preguntó si Pedro habría notado que le había rozado un seno al tocar a la niña
y, de repente, le dio vergüenza llevar el pelo despeinado y los pantalones
arrugados. Hasta unos días atrás, nunca se había preocupado de su aspecto
delante de Pedro. Ahora hubiera deseado al menos haberse peinado.
-
Todos estamos un poco despeinados hoy.
-
Está bien -dijo Pedro acercándose a pellizcar a Anne en
la nariz-. Me gusta que mis chicas estén despeinadas.
Esa vez, sí
estuvo segura de que él también había notado que la había rozado.
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Lean el que sigue...
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