domingo, 26 de enero de 2014

Capítulo 24.


24

          Pedro mantuvo abierta la puerta abierta para ella y su aroma masculino se le subió a la cabeza. Pedro llevaba puesta una camiseta y vaqueros y estaba más sexy de lo que cualquier hombre tenía derecho a estar. Paula hizo un esfuerzo por que sus cuñadas no notaran su reacción a él.

-          ¿O sea que te has tomado un descanso y te has escabullido del rancho para tomar un helado? ¡Vaya trabajo serio debes tener, Alfonso!

-          No tanto como el tuyo -dijo él-. Dedicándote todo el día a bañarte mientras yo me he partido el trasero arreglando una valla.

          Anne asomó por detrás de la espalda de Paula para mirar a Pedro y se rió.

-          No tienes el trasero roto, tío Peter.

          Eso seguro, pensó Paula al recordar los magníficos músculos y la forma en que se tensaban cuando... Territorio peligroso, pensó. Acabaría sonrojándose y eso era algo que nunca hacía en presencia de Pedro. Se puso a la fila del mostrador detrás de Cindy y Joe, y Pedro se acercó detrás de ella, su presencia tan evidente como si la estuviera tocando.

          Anne miró a Pedro por detrás de Paula.

-          Cuando sea mayor, voy a casarme contigo.

-          Eso me convierte en un hombre afortunado.

          Paula se estremeció al imaginarse aquellas palabras en otro contexto diferente al de una niña pequeña.

-          Eso si no me caso con Luca, de mi escuela del domingo -añadió la niña con solemnidad- Siempre está intentando besarme.

          Paula se rió y bromeó con seriedad.

-          ¡Eh, pequeña rompecorazones! No puedes declararte a un chico y al minuto siguiente anunciarle que vas a casarte con otro. Tienes que tomar una decisión.

-          Entonces prefiero al tío Peter.

-          Gracias, Anne. ¿Puedo darte un beso?

-          Claro. Tú no babeas como Luca.

-          Eso intento -Pedro se inclinó hacia adelante y la besó-. Ya está, ya es oficial.

          Estaban de broma, se dijo Paula, así que no tenía sentido aquella opresión que sentía en el pecho ante la idea de que, algún día, Pedro se prometería de verdad. Y sin duda, la invitaría a la boda, porque después de todo, eran amigos íntimos.

          Paula posó a Anne en el suelo y le pasó su helado de chocolate antes de agarrar el suyo.

-          Gracias, Evie.

          Cuando la niña se fue a la mesa donde estaban todos los demás, Paula se dio la vuelta hacia Pedro, que estaba más tentador que cualquier helado de chocolate. Sus cuñadas estaban muy ocupadas en charlar y evitar que los niños cometieran algún desastre, así que no les prestarían ninguna atención.

          Paula sintió unas repentinas ganas de hacer una diablura y le dirigió una mirada lánguida a Pedro.

-          Aunque me encantaría aprovecharme de ti, éste es mi favorito.

          Entonces pasó la lengua por el borde del cucurucho.

          Pedro la miró con sorpresa.

-          Así, si lames la parte de arriba, puedes sorber todo el helado -dijo, demostrando su técnica sin dejar de mirar a Pedro.

          Él siguió mirándola, agarrado al mostrador con tanta fuerza, que los nudillos se le pusieron blancos.

-          ¿Señor Alfonso? ¿Sabe ya lo que va a tomar? – preguntó Evie.

          Pedro no apartó la mirada de Paula.

-          Ah, sí. Lo mismo que ella.

-          Ya va.

-          No puedo creer que estés haciendo esto -susurró.

-          ¿Comer un helado? -sonrió con inocencia-. Eso es lo que hace todo el mundo en el Creamy Cone.

-          Pero no de esa manera.

-          Exactamente de esta manera. He comido millones de helados así.

-          Pero no justo después de...

          Paula bajó la mirada a la altura de su cintura y se sintió halagada por el ligero bulto.

-          No sé de qué estás hablando.

-          Oh, claro que lo sabes. Tienes suficiente imaginación -dijo Pedro en voz baja-. Te encanta torturarme, ¿verdad?

-          Estamos empatados. Tú disfrutaste jugando cuando entramos, aparentando hacer el tonto con Anne.

-          Eso era...

-          Señor Alfonso. Aquí tiene su helado. Ah, las otras señoras dijeron que pagaría usted toda la cuenta.

-          Sí, sí.

          Le costó un gran esfuerzo apartar la mirada de Paula y concentrarse en sacar los billetes para pagar y guardar la cartera.

-          Si hubiera sabido lo que ibas a hacer con él, no te habría invitado.

-          Lo justo es lo justo.

          Mucho más contenta que cuando había pensado en su posible matrimonio, Paula se alejó hacia la mesa.

          Pedro jugó de forma pésima al póquer al día siguiente y los hermanos Chaves le tomaron el pelo acerca de su última conquista e insistieron en saber su nombre

          Su última conquista. Se rió ante la ironía mientras metía una manta y dos toallas en la silla de montar el jueves por la noche para su paseo con Paula. Más bien, era Paula la que lo había conquistado a él. Le daba miedo poner nombre a lo que estaba sintiendo por ella, pero no se la podía quitar de la cabeza ni un solo minuto y aquello no era buena señal.

          Ninguna mujer le había enganchado con tanta rapidez. Quizá fuera todo lo que había leído o quizá tuviera talento natural para excitar a un hombre. En cualquier caso, sus instintos no tenían nada que envidiar a una conejita del Play Boy y eso que no tenía experiencia nada más que con él. Eso le gustaba. Y le gustaba demasiado teniendo en cuenta que la situación cambiaría. En Nueva York vivían más hombres que en todo Arizona y Paula tendría muchas oportunidades de encontrar al menos a uno que le gustara.

          Apartó aquella idea para no arruinar la noche, que era preciosa. La luna descansaba justo tras las montañas creando un brillo alrededor de la familiar silueta. En cualquier momento, emergería tras las montañas. Pedro esperaba que Paula llegara antes de que sucediera para poder verlo con ella.

          A Pedro siempre le había gustado compartir cosas como aquélla con ella porque era muy apasionada ante la belleza que la rodeaba. Debería haberse imaginado que pondría pasión en cualquier cosa que hiciera, sobre todo en hacer el amor. La pasión y la curiosidad eran una combinación potente. Se preguntó si llevaría alguno de sus libros.

          El sonido del coche aparcando tras el establo le aceleró el pulso. Paula apareció por la esquina justo cuando la luna asomaba su perímetro.

-          Ven a ver la luna -dijo Pedro. Ella aceleró el paso.

-          Esperaba llegar a tiempo -llegó a su lado y apoyó las manos en el poste de la valla para contemplar el cielo-. ¡Uau!

          El aire se inundó de su aroma y a Pedro se le aceleró el corazón ante la idea de abrazar su suave cuerpo de nuevo. Se moría por paladear aquellos labios aunque no se atrevía a besarla allí porque sus padres podrían aparecer en cualquier momento.

-          ¿Qué tal la partida de póquer?

-          Perdí todas las manos.

-          ¡Peter! -se dio la vuelta para mirarlo-. Eso es muy raro. Si sueles ganar siempre...

-          Pues tus hermanos se pusieron muy contentos. Querían saber el nombre de la chica que me tenía tan distraído para poder darle las gracias. Se imaginaron que era lo único que podía volverme tan inútil con el juego.

-          Pero no era yo el problema, ¿verdad? Era tener que enfrentarte a mis hermanos después de haber hecho el amor conmigo.

-          Supongo -dijo, aunque no muy seguro.

-          ¿Y qué les dijiste?

-          Nada. Sólo los dejé especular.

-          ¿Crees que descubrirán lo nuestro?

-          Preguntarán por ahí, pero no creo que nadie piense en ti. Creo que hasta si nos vieran besarnos en el parque a plena luz del día, pensarían que era un beso fraternal.

-          ¿Tienes ganas de besarme ahora?

          Pedro miró a la luna.

-          Sí.

-          ¿Y de más que besarme?

          A Pedro se le contrajeron las entrañas.
-          Sí.

-          Te lo preguntaba porque pareces muy frío y contenido. ¿No eras tú el que me decía que reconociera que te deseaba tanto que no podía ni pensar con claridad?

          Él la miró y al ver la preciosa cara plateada por la luz de la luna y los ojos brillantes como ascuas, se volvió loco por saborearla de nuevo.

-          Te deseo tanto, que no puedo pensar con claridad.

-          Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí mirando a la luna?

-          Eso mismo pensaba yo -se apartó de la valla-. Vamos.













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Lean el que sigue...



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