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Pedro
mantuvo abierta la puerta abierta para ella y su aroma masculino se le subió a
la cabeza. Pedro llevaba puesta una camiseta y vaqueros y estaba más sexy de lo
que cualquier hombre tenía derecho a estar. Paula hizo un esfuerzo por que sus
cuñadas no notaran su reacción a él.
-
¿O sea que te has tomado un descanso y te has
escabullido del rancho para tomar un helado? ¡Vaya trabajo serio debes tener,
Alfonso!
-
No tanto como el tuyo -dijo él-. Dedicándote todo el
día a bañarte mientras yo me he partido el trasero arreglando una valla.
Anne asomó por
detrás de la espalda de Paula para mirar a Pedro y se rió.
-
No tienes el trasero roto, tío Peter.
Eso seguro,
pensó Paula al recordar los magníficos músculos y la forma en que se tensaban
cuando... Territorio peligroso, pensó. Acabaría sonrojándose y eso era algo que
nunca hacía en presencia de Pedro. Se puso a la fila del mostrador detrás de
Cindy y Joe, y Pedro se acercó detrás de ella, su presencia tan evidente como
si la estuviera tocando.
Anne miró a
Pedro por detrás de Paula.
-
Cuando sea mayor, voy a casarme contigo.
-
Eso me convierte en un hombre afortunado.
Paula se
estremeció al imaginarse aquellas palabras en otro contexto diferente al de una
niña pequeña.
-
Eso si no me caso con Luca, de mi escuela del domingo -añadió
la niña con solemnidad- Siempre está intentando besarme.
Paula se rió
y bromeó con seriedad.
-
¡Eh, pequeña rompecorazones! No puedes declararte a un
chico y al minuto siguiente anunciarle que vas a casarte con otro. Tienes que
tomar una decisión.
-
Entonces prefiero al tío Peter.
-
Gracias, Anne. ¿Puedo darte un beso?
-
Claro. Tú no babeas como Luca.
-
Eso intento -Pedro se inclinó hacia adelante y la
besó-. Ya está, ya es oficial.
Estaban de
broma, se dijo Paula, así que no tenía sentido aquella opresión que sentía en
el pecho ante la idea de que, algún día, Pedro se prometería de verdad. Y sin
duda, la invitaría a la boda, porque después de todo, eran amigos íntimos.
Paula posó a
Anne en el suelo y le pasó su helado de chocolate antes de agarrar el suyo.
-
Gracias, Evie.
Cuando la
niña se fue a la mesa donde estaban todos los demás, Paula se dio la vuelta
hacia Pedro, que estaba más tentador que cualquier helado de chocolate. Sus
cuñadas estaban muy ocupadas en charlar y evitar que los niños cometieran algún
desastre, así que no les prestarían ninguna atención.
Paula sintió
unas repentinas ganas de hacer una diablura y le dirigió una mirada lánguida a
Pedro.
-
Aunque me encantaría aprovecharme de ti, éste es mi
favorito.
Entonces
pasó la lengua por el borde del cucurucho.
Pedro la
miró con sorpresa.
-
Así, si lames la parte de arriba, puedes sorber todo el
helado -dijo, demostrando su técnica sin dejar de mirar a Pedro.
Él siguió
mirándola, agarrado al mostrador con tanta fuerza, que los nudillos se le
pusieron blancos.
-
¿Señor Alfonso? ¿Sabe ya lo que va a tomar? – preguntó
Evie.
Pedro no
apartó la mirada de Paula.
-
Ah, sí. Lo mismo que ella.
-
Ya va.
-
No puedo creer que estés haciendo esto -susurró.
-
¿Comer un helado? -sonrió con inocencia-. Eso es lo que
hace todo el mundo en el Creamy Cone.
-
Pero no de esa manera.
-
Exactamente de esta manera. He comido millones de
helados así.
-
Pero no justo después de...
Paula bajó
la mirada a la altura de su cintura y se sintió halagada por el ligero bulto.
-
No sé de qué estás hablando.
-
Oh, claro que lo sabes. Tienes suficiente imaginación
-dijo Pedro en voz baja-. Te encanta torturarme, ¿verdad?
-
Estamos empatados. Tú disfrutaste jugando cuando
entramos, aparentando hacer el tonto con Anne.
-
Eso era...
-
Señor Alfonso. Aquí tiene su helado. Ah, las otras
señoras dijeron que pagaría usted toda la cuenta.
-
Sí, sí.
Le costó un
gran esfuerzo apartar la mirada de Paula y concentrarse en sacar los billetes
para pagar y guardar la cartera.
-
Si hubiera sabido lo que ibas a hacer con él, no te
habría invitado.
-
Lo justo es lo justo.
Mucho más contenta que cuando había pensado
en su posible matrimonio, Paula se alejó hacia la mesa.
Pedro jugó
de forma pésima al póquer al día siguiente y los hermanos Chaves le tomaron el
pelo acerca de su última conquista e insistieron en saber su nombre
Su última
conquista. Se rió ante la ironía mientras metía una manta y dos toallas en la
silla de montar el jueves por la noche para su paseo con Paula. Más bien, era
Paula la que lo había conquistado a él. Le daba miedo poner nombre a lo que
estaba sintiendo por ella, pero no se la podía quitar de la cabeza ni un solo
minuto y aquello no era buena señal.
Ninguna
mujer le había enganchado con tanta rapidez. Quizá fuera todo lo que había
leído o quizá tuviera talento natural para excitar a un hombre. En cualquier
caso, sus instintos no tenían nada que envidiar a una conejita del Play Boy y
eso que no tenía experiencia nada más que con él. Eso le gustaba. Y le gustaba
demasiado teniendo en cuenta que la situación cambiaría. En Nueva York vivían
más hombres que en todo Arizona y Paula tendría muchas oportunidades de
encontrar al menos a uno que le gustara.
Apartó
aquella idea para no arruinar la noche, que era preciosa. La luna descansaba
justo tras las montañas creando un brillo alrededor de la familiar silueta. En
cualquier momento, emergería tras las montañas. Pedro esperaba que Paula
llegara antes de que sucediera para poder verlo con ella.
A Pedro
siempre le había gustado compartir cosas como aquélla con ella porque era muy
apasionada ante la belleza que la rodeaba. Debería haberse imaginado que
pondría pasión en cualquier cosa que hiciera, sobre todo en hacer el amor. La
pasión y la curiosidad eran una combinación potente. Se preguntó si llevaría
alguno de sus libros.
El sonido
del coche aparcando tras el establo le aceleró el pulso. Paula apareció por la
esquina justo cuando la luna asomaba su perímetro.
-
Ven a ver la luna -dijo Pedro. Ella aceleró el paso.
-
Esperaba llegar a tiempo -llegó a su lado y apoyó las
manos en el poste de la valla para contemplar el cielo-. ¡Uau!
El aire se
inundó de su aroma y a Pedro se le aceleró el corazón ante la idea de abrazar
su suave cuerpo de nuevo. Se moría por paladear aquellos labios aunque no se
atrevía a besarla allí porque sus padres podrían aparecer en cualquier momento.
-
¿Qué tal la partida de póquer?
-
Perdí todas las manos.
-
¡Peter! -se dio la vuelta para mirarlo-. Eso es muy
raro. Si sueles ganar siempre...
-
Pues tus hermanos se pusieron muy contentos. Querían
saber el nombre de la chica que me tenía tan distraído para poder darle las
gracias. Se imaginaron que era lo único que podía volverme tan inútil con el
juego.
-
Pero no era yo el problema, ¿verdad? Era tener que enfrentarte
a mis hermanos después de haber hecho el amor conmigo.
-
Supongo -dijo, aunque no muy seguro.
-
¿Y qué les dijiste?
-
Nada. Sólo los dejé especular.
-
¿Crees que descubrirán lo nuestro?
-
Preguntarán por ahí, pero no creo que nadie piense en
ti. Creo que hasta si nos vieran besarnos en el parque a plena luz del día,
pensarían que era un beso fraternal.
-
¿Tienes ganas de besarme ahora?
Pedro miró a
la luna.
-
Sí.
-
¿Y de más que besarme?
A Pedro se
le contrajeron las entrañas.
-
Sí.
-
Te lo preguntaba porque pareces muy frío y contenido.
¿No eras tú el que me decía que reconociera que te deseaba tanto que no podía
ni pensar con claridad?
Él la miró y
al ver la preciosa cara plateada por la luz de la luna y los ojos brillantes
como ascuas, se volvió loco por saborearla de nuevo.
-
Te deseo tanto, que no puedo pensar con claridad.
-
Entonces, ¿qué estamos haciendo aquí mirando a la luna?
-
Eso mismo pensaba yo -se apartó de la valla-. Vamos.
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Lean el que sigue...
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