19
Con cierto
esfuerzo, Pedro consiguió introducir a bordo del Cessna una pequeña nevera sin
que sus padres lo notaran. Dentro, estaban las margaritas que había comprado en
Flagstaff y hielo del hotel para mantenerlas frescas. El hielo nunca había sido
para él una sustancia erótica, pero desde que Paula había mencionado frotarlo
contra ciertas partes de su anatomía, ahora no podía mirar una cubitera sin
excitarse.
Y ahora, por
fin, estaba pilotando la avioneta de vuelta a Copperville con sus padres. Su cita
con Paula sería dentro de pocas horas y, aun así, demasiadas para sus nervios.
No se había atrevido a llamarla de nuevo considerando el estado en que lo había
dejado la otra vez, pero no se la había quitado de la cabeza ni un instante.
Cuando
llegaron a casa, Pedro y su padre descargaron las maletas mientras su madre
entraba para escuchar los mensajes. Cuando Pedro entró en la cocina escuchó la
voz de Paula.
-
Este mensaje es para Peter -dijo con la voz de la Paula
de siempre-. Peter, no te molestes en cenar antes de venir a verme. Yo haré la
cena. Algo simple, de picar probablemente. Ah, no te molestes por el hielo.
Tengo un montón. Puede que esté en el jardín trasero o algo así cuando llegues,
así que pasa directamente.
A Pedro casi
se le cayeron las maletas que llevaba en la mano.
Su madre se
dio la vuelta para mirarlo con una sonrisa.
-
¿Has quedado con Pau esta noche?
-
Sí -intentó sonar normal, pero era difícil mientras
pensaba en Paula dándole de comer algún manjar exótico con los dedos vestida
con una sensual lencería. Y aquella sutil referencia al hielo y el hecho de que
quisiera que entrara directamente. Apostaría un millón de dólares a que sabía
dónde la encontraría y no era precisamente en el jardín trasero-. Prometí
pasarme a contarle cómo había ido el viaje.
Ana lo miró
con gesto especulativo.
-
Te da pena que se vaya del pueblo, ¿verdad?
-
La verdad es que no. Estoy contento por ella. Es lo que
siempre ha querido.
-
Ya lo sé y todos estamos contentos por ella, pero tú
estás nervioso. Te lo noto en la cara. Tienes el color subido. Creo que estás
disgustado por que se vaya y te deje aquí.
-
Desde luego que no -Pedro posó las maletas y agarró a
su madre por los hombros-. Tienes una imaginación calenturienta, mamá
-entonces, le dio un beso en la mejilla y notó el cansancio alrededor de sus
ojos. Tres días sin parar eran mucho para sus padres, que tenían ya casi
setenta años-. Creo que iré a revisar el tanque de comida por el que estaba
preocupado papá.
-
¿No iba a hacerlo él?
-
Sí, pero, ¿por qué no os tomáis los dos la tarde libre?
Ya habéis trabajado mucho en este viaje. Relajaos el resto del día.
Su madre
asintió.
-
Veré si consigo convencerlo. Creo que está más agotado
de lo que quiere admitir -miró a Pedro con gratitud-. Gracias, hijo. No sé lo
que hubiéramos hecho sin ti.
-
No te preocupes -Pedro sonrió y se dirigió a la puerta.
Al salir se cruzó con su padre-. Intenta convencer a mamá de que descanse el resto
de la tarde, ¿de acuerdo? Está agotada.
-
Tengo que examinar el tanque de pienso.
-
Lo haré yo. No tiene sentido que vayamos los dos con
este calor.
Su padre le
pasó la mano por el hombro.
-
Gracias, hijo. Si no vigilo a tu madre, no parará hasta
que caiga rendida.
-
Eso mismo pienso yo.
Pedro se fue
a los corrales con sensación de alivio. Trabajar solo era lo que necesitaba
para poder pasar las siguientes horas.
Pedro nunca
había estado más nervioso que mientras conducía a casa de Paula poco antes las
ocho.
La nevera a
su lado con la botella de vino había sido fácil de esconder ante sus padres. Él
había llevado otras veces vino a casa de Paula, pero había tenido que ocultar
la cadena de margaritas que había hecho cuando no lo había visto nadie. Su
madre parecía vigilarlo con más atención, así que tendría que tener cuidado con
parecidas preparaciones en el futuro.
El futuro.
Se le ocurrió entonces una idea terrible. Quizá esa noche fuera la última.
Después de todo, una vez resuelto el problema de la virginidad de Paula, no
necesitaría seguir con aquel arriesgado asunto. Ella lo quería para un trabajo
en concreto y, después de esa noche, el trabajo estaría terminado.
Maldición,
no podía pensar en eso o se deprimiría. Y definitivamente planeaba disfrutar.
Si sus hermanos descubrían lo que estaba pasando lo freirían, así que tenía que
hacer que el riesgo mereciera la pena.
Aparcó en el
camino y notó que estaba temblando como un potrillo recién nacido. Las luces
del salón estaban apagadas y con el corazón desbocado, agarró la nevera y subió
los escalones del porche.
Tal y como
había esperado, la puerta no estaba a cerrada. Entró con el pecho comprimido
del esfuerzo por respirar con normalidad y tropezó con una margarita. Un
reguero de ellas iba desde el recibidor por todo el pasillo. No tenía duda de
dónde acabaría aquel sendero. Se dio la vuelta y cerró con llave.
Posó
despacio la nevera y el sombrero en la mesita del salón, abrió la nevera y sacó
la cadena de margaritas y el vino. Esquivando las margaritas se fue a la cocina
a abrir la botella. Si no lo hacía entonces dudaba poder hacerlo más adelante.
Con la cadena de margaritas metida en un brazo, la botella en una mano y dos
copas en la otra, siguió el reguero de margaritas.
Se había
preparado a sí mismo para una tentadora imagen de Paula tendida en la cama y
con poca ropa encima, pero la escena que ella había creado lo dejó sin aliento.
La sangre le martilleó en las sienes al contemplar la fantasía de todo hombre:
una virgen encerrada en un burdel.
Unas
cortinas de terciopelo rojo y las bombillas rojas daban un ambiente de
pecaminoso placer. Sus guantes de piel esperaban en una mesilla y en la otra
una bandeja de comida que podría haber sido sacada de una orgía romana: tomates
enanos, melocotones aterciopelados, espárragos helados y racimos de uvas
maduras.
Fuera por la
fruta o por alguna fragancia exótica que Paula hubiera añadido, la habitación
ya olía a sexo y una suave música de fondo sonaba en el estéreo. Había colocado
espejos enmarcados con pañuelos en distintos ángulos y todos reflejaban la
pieza central de la habitación, una cama cubierta de virginal satén blanco con
una montaña de cojines de satén de todas las formas y tamaños.
Reclinada
sobre aquel nido había una mujer a la que Pedro apenas reconocía. Aunque las
diminutas tiras de satén blanco que cubrían sus senos parecían inexistentes,
conseguían resaltar su escote, donde la perla descansaba en su suave valle.
Deslizó la mirada hacia el liguero y las bragas que definían su feminidad en
formas que él ni siquiera hubiera imaginado posibles. Los ligueros sujetaban
unas medias blancas con perlas y encaje en el borde. Lo último que asimiló fue
que Paula, una mujer que siempre usaba zapatos de deporte o botas bien usadas,
tenía unas sandalias blancas de tacón alto.
Paula esbozó
una lenta sonrisa.
-
¿Qué piensas?
-
Yo no... –tragó saliva-. No creo que esto se trate de
pensar.
-
Cierto –miró a su cremallera-. Pero he conseguido la
reacción que quería. ¿Quieres... quitarte esa ropa? Parece un poco... apretada.
-
Hum, Sí.
Bajó la
vista y vio que todavía llevaba la botella, las copas y las margaritas, pero
tenía el cerebro tan abotargado, que no sabía dónde ponerlo. Ya era un milagro
que no se le hubiera derramado el vino en la moqueta.
Paula
extendió los dos brazos.
-
Yo sujetaré la botella y las margaritas. Puedo servir
el vino si quieres mientras te desnudas.
Pedro la
miró con los dos brazos extendidos y tuvo el impulso de tirar todo lo que
llevaba en las manos y unirse a ella al instante en aquella tentadora cama.
Gimió con suavidad y agitó la cabeza para despejarse. Necesitaba hasta el
último ápice de control del que dispusiera para conseguir la lenta seducción
que había planeado.
-
¿Te pasa algo? -preguntó ella.
-
Sólo que me has dejado sin aliento y estoy haciendo un
esfuerzo por recuperarme.
-
¿De verdad que he hecho eso?
-
Sí, de verdad -le pasó la botella y los vasos y cuando
los posó al lado de la bandeja, le dio la corona de margaritas-. Normalmente
soy más educado cuando entro en la habitación de una dama con vino y flores y
se las doy sin esperar a que me las pidan.
-
¡Oh! -Paula sonrió y se puso la cadena alrededor del
cuello. Bordearon sus senos como una mano atrayendo la atención a la
provocativa redondez que sobresalía del diminuto sujetador que llevaba-. ¿Cómo
me quedan?
-
Más excitantes de lo que había imaginado.
Ella lo miró
a los ojos con los suyos cargados de intensidad.
-
Es excitante, ¿verdad? Nosotros dos y... todo esto.
¿Quién lo hubiera imaginado?
-
Desde luego no yo.
Paula miró
el vino.
-
Los libros dicen que el alcohol adormece placer sexual.
-
Pensé que necesitarías relajarte un poco -se rió-. Pero
quizá lo necesite yo más que tú. No pareces nada nerviosa.
-
Pues tengo un millón de mariposas en el estómago.
-
¿De verdad?
-
Por supuesto. Nunca había actuado así con un hombre.
Pedro se
sintió halagado de que aquel regalo se lo diera a él.
-
Eso hace que esta noche sea muy especial para mí
también.
-
Me alegro. ¿Sabes? Creo que un poco de vino no me
sentará mal.
-
Yo estoy tan tenso, que te garantizo que no me
afectará.
-
Y yo no quiero estar inhibida.
Pedro lanzó
una carcajada.
-
¿Es esto inhibición?
-
Más o menos. Los libros dicen que una mujer puede
volver loco a un hombre si la encuentra en la cama... tocándose.
Pedro tragó
saliva.
-
¿De verdad? -por el penoso bulto de sus pantalones, los
libros debían tener razón, pensó Paula-. ¿Y crees que un poco de vino podría
animarte a hacer eso?
-
Podría.
-
Entonces bebe.
Paula se
sonrojó.
-
Sólo un poco entonces -se inclinó hacia la mesilla y
sirvió media copa a cada uno. Entonces alzó la suya y se reclinó contra las
almohadas-. Ahora desnúdate para mí, Peter. Y hazlo despacio.
Él se quedó
con la boca abierta.
-
¿Qué quieres decir con despacio?
-
Provócame un poco. Crea el suspense.
-
¿Qué suspense? Ya has visto todas las partes de mi
cuerpo después de lo de la otra noche. ¿Qué diferencia hay en cómo me quite la
ropa ahora?
-
Créeme, hay una gran diferencia. Y no dejes de mirarme
todo el tiempo mientras lo haces.
La sospecha
le hizo fruncir el ceño.
-
¿Y cómo sabes tú que hay diferencia?
-
Una amiga mía de la universidad tuvo un streep tease
masculino el día de su cumpleaños. Y fue muy bueno.
-
¡Pero yo no soy un exhibicionista!
-
Tu cuerpo es incluso más bonito que el suyo -se frotó
el labio inferior con el borde de la copa de vino antes de sacar la lengua y
pasarla por el borde-. Haré que te merezca la pena, vaquero.
Con aquel
seductor movimiento de su lengua por la copa, podría convencerle hasta de que
bebiera arsénico, pensó Pedro. Decidió beber el vino primero y se acercó a la
mesilla, donde dejó los preservativos que llevaba en el bolsillo. Ella los miró
y después a él.
-
Yo también he comprado.
-
¿Y cómo sabías el tamaño?
-
Tenía bastante idea.
Pedro
recordó sus manos sobre él, su boca absorbiéndolo y pensó que sí, que debía
saberlo muy bien.
-
Entonces, ¿te desnudaras para mí, Peter?
-
Júrame que no se lo dirás nunca a nadie.
-
Te lo juro por la tumba de Tutankamón -Alcanzó el
control remoto y subió un poco el volumen; la percusión era cada vez más insistente-.
Ahora hazlo, Alfosno. Hazme retorcerme.
Paula
intentó aparentar una calma total reclinada contra los cojines esperando a que
Pedro se desnudara, pero por dentro estaba ardiente de anticipación. El no
tenía ni idea del cuerpo tan precioso que tenía.
Llevaba una
camisa de manga larga vaquera incluso aunque era verano. La mayoría de los
vaqueros usaban camisas de manga larga para no arañarse con las ramas. Si hacía
demasiado calor, se enrollaban las mangas, pero esa noche Pedro llevaba los puños
abrochados.
Lentamente,
se los desabrochó ejecutando los movimientos habituales con tentador cuidado. A
Paula se le aceleró el corazón. Realmente iba a hacer aquello por ella.
Dio un sorbo
a su vino cuando tiró del primer corchete de la camisa sin apartar la mirada de
ella para seguir uno a uno hacia abajo. Cada chasquido de un corchete era como
la llama de un fósforo. Paula ansiaba que llegara el siguiente, ver cada
sección nueva de piel a la vista.
Pedro se
sacó la camisa con languidez de los pantalones y la dejó colgando abierta.
Paula esperó a que se la quitara, pero como para torturada, se acercó despacio
a una silla y se sentó. Se quitó una de las botas lentamente y después la otra,
seguida de los calcetines.
«Se está
desnudando porque va a hacerme el amor». La idea la envolvió como una caricia
humedeciéndola de necesidad.
Él se
levantó y se acercó a ella entonces.
-
He pensado que este juego se puede jugar entre dos.
-
¿De verdad? -susurró ella con voz sensual.
-
Hiciste un buen trabajo por teléfono. Si te desabrochas
ahora el sujetador para mí, podré verte.
Paula se
estremeció. La oscuridad la había protegido durante su primer encuentro y la
distancia y el teléfono en el segundo. Deseaba ser descarada y atrevida esa
vez, experimentar las maravillas que sólo había leído. Y Pedro le estaba pidiendo
que lo hiciera.
Siguiendo
sus pasos, apuró el resto del vino y posó la copa al lado de la de él.
-
Y hazlo despacio -murmuró él.
Con el
corazón desbocado, se recostó contra las almohadas y extendió los dedos sobre
el cierre de las dos copas de satén. Entonces esperó hasta que él se quitó la
camisa y pudo admirar por fin su escultural torso.
Estaba
magnífico. No le extrañaba que le hubiera gustado tanto pelear con él de
adolescentes. Pero ahora deseaba más.
Pedro se
levantó con las manos en las caderas y enarcó las cejas indicando que le tocaba
a ella.
Paula presionó
el cierre y cuando cedió, lo sujetó mientras se deslizaba un tirante por el
hombro. Después le siguió el otro con la misma lentitud. Lenta, muy lentamente,
dejó que la prenda se abriera dejando sólo la perla y las margaritas. La cadena
de flores se quedó enganchada en un pezón haciendo que se endureciera. El
instinto le hizo frotarse el otro con las margaritas para erizarlo también.
La mirada de
Pedro se ensombreció y contuvo el aliento.
Paula se
detuvo y dirigió la mirada a la hebilla de su cinturón.
Sin apartar
la vista de sus senos, Pedro abrió la hebilla y sacó despacio el cinturón de
las trabillas.
-
Ahora, tócatelos -susurró.
El corazón
se le aceleró un poco más. Deslizando las manos por la caja torácica, Paula
sujetó el peso de sus senos y los alzó como ofreciéndoselos. Entonces deslizó
los pulgares hacia los pezones y empezó a acariciarse.
-
¡Oh, Pau!
A Pedro le
temblaron las manos cuando se desabrochó los vaqueros.
El efecto de
sus pulgares deslizándose por sus pezones mientras él la miraba fue increíble.
La sensación descendió hasta el vértice de sus piernas, donde la palpitación
exigía satisfacción. Ahora que Paula sabía lo que significaba la plenitud, la
deseaba de nuevo.
Pedro se
quitó los pantalones y los calzoncillos de una sola vez sin medir ya sus
movimientos.
La imagen de
su cuerpo excitado le hizo lanzar un gemido a Paula. Su deseo tenía una forma
ahora y sentía una vaciedad por dentro que él podría llenar. Más que alivio
necesitaba que la llenara.
Pedro se
acercó al borde de la cama.
-
Dijiste que ibas a darme de comer.
-
Sí -tenía la respiración agitada-. Lo que tú quieras.
-
Me gusta oír eso -dijo con voz ronca apoyando la rodilla
en la sábana de satén-. Ya veo lo que quiero.
Con
delicadeza, le quitó la mano de un seno y la reemplazó por la suya.
Ante la
caricia recordada, el corazón se le desbordó por completo.
-
¿Hay algo que... pueda hacer?
-
Arquea la espalda.
Ella lo hizo
alzando los senos.
Pedro
utilizó los dientes para apartar las margaritas. Cuando se metió un pezón en la
boca, ella lanzó un gemido al comprender que estaba a punto del clímax. No le
hacía falta mucho más. Parecía que esa vez, la fantasía que habían creado en
aquella habitación la había convertido en una mujer salvaje. Esperaba que Pedro
estuviera preparado para aquello.
Durante tres
días, Pedro había estado soñando con el cuerpo de Paula. Saborear y acariciar
sus senos, besar y chupar hasta saciarse, era un paraíso. Cuando la respiración
de ella empezó a acelerarse, aligeró la caricia para no llevarla al límite
demasiado pronto. Y además, sabía dónde quería estar cuando ella llegara al
clímax.
-
Eres tan preciosa -murmuró.
-
Tú también.
Paula
deslizó los dedos por su torso, frotándole los pezones hasta que se le pusieron
tan duros como el resto del cuerpo. Entonces, bajó la mano.
-
Todavía no.
Pedro se
apartó sabiendo que no podría tolerar sus manos sobre él hasta recuperar un
poco el control. Jugueteó con la cadena de margaritas sobre sus senos, teñida
de rosa por las luces rojas. El polen se derramó sobre sus senos y él lo lamió.
Entonces tomó la perla entre sus dientes; sin dejar de acariciarle los senos,
se metió la perla en la boca y jugueteó con ella en la lengua de forma sugerente,
la alzó en la boca y la depositó, húmeda y brillante en el valle entre sus
senos.
-
¿Sabes lo que quiero ahora? -susurró contra su piel.
-
Creo... que sí.
-
¿Estás preparada, para eso?
La respiración
se le agitó más a Paula.
-
Si lo estás tú...
-
Quiero devorarte. Entera.
-
Pero... puede que me vuelva loca.
-
Eso es lo que pretendo.
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Lean el que sigue...
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