miércoles, 15 de enero de 2014

Capítulo 19.

19

          Con cierto esfuerzo, Pedro consiguió introducir a bordo del Cessna una pequeña nevera sin que sus padres lo notaran. Dentro, estaban las margaritas que había comprado en Flagstaff y hielo del hotel para mantenerlas frescas. El hielo nunca había sido para él una sustancia erótica, pero desde que Paula había mencionado frotarlo contra ciertas partes de su anatomía, ahora no podía mirar una cubitera sin excitarse.

          Y ahora, por fin, estaba pilotando la avioneta de vuelta a Copperville con sus padres. Su cita con Paula sería dentro de pocas horas y, aun así, demasiadas para sus nervios. No se había atrevido a llamarla de nuevo considerando el estado en que lo había dejado la otra vez, pero no se la había quitado de la cabeza ni un instante.

          Cuando llegaron a casa, Pedro y su padre descargaron las maletas mientras su madre entraba para escuchar los mensajes. Cuando Pedro entró en la cocina escuchó la voz de Paula.

-          Este mensaje es para Peter -dijo con la voz de la Paula de siempre-. Peter, no te molestes en cenar antes de venir a verme. Yo haré la cena. Algo simple, de picar probablemente. Ah, no te molestes por el hielo. Tengo un montón. Puede que esté en el jardín trasero o algo así cuando llegues, así que pasa directamente.

          A Pedro casi se le cayeron las maletas que llevaba en la mano.

          Su madre se dio la vuelta para mirarlo con una sonrisa.

-          ¿Has quedado con Pau esta noche?

-          Sí -intentó sonar normal, pero era difícil mientras pensaba en Paula dándole de comer algún manjar exótico con los dedos vestida con una sensual lencería. Y aquella sutil referencia al hielo y el hecho de que quisiera que entrara directamente. Apostaría un millón de dólares a que sabía dónde la encontraría y no era precisamente en el jardín trasero-. Prometí pasarme a contarle cómo había ido el viaje.

          Ana lo miró con gesto especulativo.

-          Te da pena que se vaya del pueblo, ¿verdad?

-          La verdad es que no. Estoy contento por ella. Es lo que siempre ha querido.

-          Ya lo sé y todos estamos contentos por ella, pero tú estás nervioso. Te lo noto en la cara. Tienes el color subido. Creo que estás disgustado por que se vaya y te deje aquí.

-          Desde luego que no -Pedro posó las maletas y agarró a su madre por los hombros-. Tienes una imaginación calenturienta, mamá -entonces, le dio un beso en la mejilla y notó el cansancio alrededor de sus ojos. Tres días sin parar eran mucho para sus padres, que tenían ya casi setenta años-. Creo que iré a revisar el tanque de comida por el que estaba preocupado papá.

-          ¿No iba a hacerlo él?

-          Sí, pero, ¿por qué no os tomáis los dos la tarde libre? Ya habéis trabajado mucho en este viaje. Relajaos el resto del día.

          Su madre asintió.

-          Veré si consigo convencerlo. Creo que está más agotado de lo que quiere admitir -miró a Pedro con gratitud-. Gracias, hijo. No sé lo que hubiéramos hecho sin ti.

-          No te preocupes -Pedro sonrió y se dirigió a la puerta. Al salir se cruzó con su padre-. Intenta convencer a mamá de que descanse el resto de la tarde, ¿de acuerdo? Está agotada.

-          Tengo que examinar el tanque de pienso.

-          Lo haré yo. No tiene sentido que vayamos los dos con este calor.

          Su padre le pasó la mano por el hombro.

-          Gracias, hijo. Si no vigilo a tu madre, no parará hasta que caiga rendida.

-          Eso mismo pienso yo.

          Pedro se fue a los corrales con sensación de alivio. Trabajar solo era lo que necesitaba para poder pasar las siguientes horas.

          Pedro nunca había estado más nervioso que mientras conducía a casa de Paula poco antes las ocho.

          La nevera a su lado con la botella de vino había sido fácil de esconder ante sus padres. Él había llevado otras veces vino a casa de Paula, pero había tenido que ocultar la cadena de margaritas que había hecho cuando no lo había visto nadie. Su madre parecía vigilarlo con más atención, así que tendría que tener cuidado con parecidas preparaciones en el futuro.

          El futuro. Se le ocurrió entonces una idea terrible. Quizá esa noche fuera la última. Después de todo, una vez resuelto el problema de la virginidad de Paula, no necesitaría seguir con aquel arriesgado asunto. Ella lo quería para un trabajo en concreto y, después de esa noche, el trabajo estaría terminado.

          Maldición, no podía pensar en eso o se deprimiría. Y definitivamente planeaba disfrutar. Si sus hermanos descubrían lo que estaba pasando lo freirían, así que tenía que hacer que el riesgo mereciera la pena.

          Aparcó en el camino y notó que estaba temblando como un potrillo recién nacido. Las luces del salón estaban apagadas y con el corazón desbocado, agarró la nevera y subió los escalones del porche.

          Tal y como había esperado, la puerta no estaba a cerrada. Entró con el pecho comprimido del esfuerzo por respirar con normalidad y tropezó con una margarita. Un reguero de ellas iba desde el recibidor por todo el pasillo. No tenía duda de dónde acabaría aquel sendero. Se dio la vuelta y cerró con llave.

          Posó despacio la nevera y el sombrero en la mesita del salón, abrió la nevera y sacó la cadena de margaritas y el vino. Esquivando las margaritas se fue a la cocina a abrir la botella. Si no lo hacía entonces dudaba poder hacerlo más adelante. Con la cadena de margaritas metida en un brazo, la botella en una mano y dos copas en la otra, siguió el reguero de margaritas.

          Se había preparado a sí mismo para una tentadora imagen de Paula tendida en la cama y con poca ropa encima, pero la escena que ella había creado lo dejó sin aliento. La sangre le martilleó en las sienes al contemplar la fantasía de todo hombre: una virgen encerrada en un burdel.

          Unas cortinas de terciopelo rojo y las bombillas rojas daban un ambiente de pecaminoso placer. Sus guantes de piel esperaban en una mesilla y en la otra una bandeja de comida que podría haber sido sacada de una orgía romana: tomates enanos, melocotones aterciopelados, espárragos helados y racimos de uvas maduras.

          Fuera por la fruta o por alguna fragancia exótica que Paula hubiera añadido, la habitación ya olía a sexo y una suave música de fondo sonaba en el estéreo. Había colocado espejos enmarcados con pañuelos en distintos ángulos y todos reflejaban la pieza central de la habitación, una cama cubierta de virginal satén blanco con una montaña de cojines de satén de todas las formas y tamaños.

          Reclinada sobre aquel nido había una mujer a la que Pedro apenas reconocía. Aunque las diminutas tiras de satén blanco que cubrían sus senos parecían inexistentes, conseguían resaltar su escote, donde la perla descansaba en su suave valle. Deslizó la mirada hacia el liguero y las bragas que definían su feminidad en formas que él ni siquiera hubiera imaginado posibles. Los ligueros sujetaban unas medias blancas con perlas y encaje en el borde. Lo último que asimiló fue que Paula, una mujer que siempre usaba zapatos de deporte o botas bien usadas, tenía unas sandalias blancas de tacón alto.

          Paula esbozó una lenta sonrisa.

-          ¿Qué piensas?

-          Yo no... –tragó saliva-. No creo que esto se trate de pensar.

-          Cierto –miró a su cremallera-. Pero he conseguido la reacción que quería. ¿Quieres... quitarte esa ropa? Parece un poco... apretada.

-          Hum, Sí.

          Bajó la vista y vio que todavía llevaba la botella, las copas y las margaritas, pero tenía el cerebro tan abotargado, que no sabía dónde ponerlo. Ya era un milagro que no se le hubiera derramado el vino en la moqueta.

          Paula extendió los dos brazos.

-          Yo sujetaré la botella y las margaritas. Puedo servir el vino si quieres mientras te desnudas.

          Pedro la miró con los dos brazos extendidos y tuvo el impulso de tirar todo lo que llevaba en las manos y unirse a ella al instante en aquella tentadora cama. Gimió con suavidad y agitó la cabeza para despejarse. Necesitaba hasta el último ápice de control del que dispusiera para conseguir la lenta seducción que había planeado.

-          ¿Te pasa algo? -preguntó ella.

-          Sólo que me has dejado sin aliento y estoy haciendo un esfuerzo por recuperarme.

-          ¿De verdad que he hecho eso?

-          Sí, de verdad -le pasó la botella y los vasos y cuando los posó al lado de la bandeja, le dio la corona de margaritas-. Normalmente soy más educado cuando entro en la habitación de una dama con vino y flores y se las doy sin esperar a que me las pidan.

-          ¡Oh! -Paula sonrió y se puso la cadena alrededor del cuello. Bordearon sus senos como una mano atrayendo la atención a la provocativa redondez que sobresalía del diminuto sujetador que llevaba-. ¿Cómo me quedan?

-          Más excitantes de lo que había imaginado.

          Ella lo miró a los ojos con los suyos cargados de intensidad.

-          Es excitante, ¿verdad? Nosotros dos y... todo esto. ¿Quién lo hubiera imaginado?

-          Desde luego no yo.

          Paula miró el vino.

-          Los libros dicen que el alcohol adormece placer sexual.

-          Pensé que necesitarías relajarte un poco -se rió-. Pero quizá lo necesite yo más que tú. No pareces nada nerviosa.

-          Pues tengo un millón de mariposas en el estómago.

-          ¿De verdad?

-          Por supuesto. Nunca había actuado así con un hombre.

          Pedro se sintió halagado de que aquel regalo se lo diera a él.

-          Eso hace que esta noche sea muy especial para mí también.

-          Me alegro. ¿Sabes? Creo que un poco de vino no me sentará mal.

-          Yo estoy tan tenso, que te garantizo que no me afectará.

-          Y yo no quiero estar inhibida.

          Pedro lanzó una carcajada.

-          ¿Es esto inhibición?

-          Más o menos. Los libros dicen que una mujer puede volver loco a un hombre si la encuentra en la cama... tocándose.

          Pedro tragó saliva.

-          ¿De verdad? -por el penoso bulto de sus pantalones, los libros debían tener razón, pensó Paula-. ¿Y crees que un poco de vino podría animarte a hacer eso?

-          Podría.

-          Entonces bebe.

          Paula se sonrojó.

-          Sólo un poco entonces -se inclinó hacia la mesilla y sirvió media copa a cada uno. Entonces alzó la suya y se reclinó contra las almohadas-. Ahora desnúdate para mí, Peter. Y hazlo despacio.

          Él se quedó con la boca abierta.

-          ¿Qué quieres decir con despacio?

-          Provócame un poco. Crea el suspense.

-          ¿Qué suspense? Ya has visto todas las partes de mi cuerpo después de lo de la otra noche. ¿Qué diferencia hay en cómo me quite la ropa ahora?

-          Créeme, hay una gran diferencia. Y no dejes de mirarme todo el tiempo mientras lo haces.

          La sospecha le hizo fruncir el ceño.

-          ¿Y cómo sabes tú que hay diferencia?

-          Una amiga mía de la universidad tuvo un streep tease masculino el día de su cumpleaños. Y fue muy bueno.

-          ¡Pero yo no soy un exhibicionista!

-          Tu cuerpo es incluso más bonito que el suyo -se frotó el labio inferior con el borde de la copa de vino antes de sacar la lengua y pasarla por el borde-. Haré que te merezca la pena, vaquero.

          Con aquel seductor movimiento de su lengua por la copa, podría convencerle hasta de que bebiera arsénico, pensó Pedro. Decidió beber el vino primero y se acercó a la mesilla, donde dejó los preservativos que llevaba en el bolsillo. Ella los miró y después a él.

-          Yo también he comprado.

-          ¿Y cómo sabías el tamaño?

-          Tenía bastante idea.

          Pedro recordó sus manos sobre él, su boca absorbiéndolo y pensó que sí, que debía saberlo muy bien.

-          Entonces, ¿te desnudaras para mí, Peter?

-          Júrame que no se lo dirás nunca a nadie.

-          Te lo juro por la tumba de Tutankamón -Alcanzó el control remoto y subió un poco el volumen; la percusión era cada vez más insistente-. Ahora hazlo, Alfosno. Hazme retorcerme.

          Paula intentó aparentar una calma total reclinada contra los cojines esperando a que Pedro se desnudara, pero por dentro estaba ardiente de anticipación. El no tenía ni idea del cuerpo tan precioso que tenía.

          Llevaba una camisa de manga larga vaquera incluso aunque era verano. La mayoría de los vaqueros usaban camisas de manga larga para no arañarse con las ramas. Si hacía demasiado calor, se enrollaban las mangas, pero esa noche Pedro llevaba los puños abrochados.

          Lentamente, se los desabrochó ejecutando los movimientos habituales con tentador cuidado. A Paula se le aceleró el corazón. Realmente iba a hacer aquello por ella.

          Dio un sorbo a su vino cuando tiró del primer corchete de la camisa sin apartar la mirada de ella para seguir uno a uno hacia abajo. Cada chasquido de un corchete era como la llama de un fósforo. Paula ansiaba que llegara el siguiente, ver cada sección nueva de piel a la vista.

          Pedro se sacó la camisa con languidez de los pantalones y la dejó colgando abierta. Paula esperó a que se la quitara, pero como para torturada, se acercó despacio a una silla y se sentó. Se quitó una de las botas lentamente y después la otra, seguida de los calcetines.

          «Se está desnudando porque va a hacerme el amor». La idea la envolvió como una caricia humedeciéndola de necesidad.

          Él se levantó y se acercó a ella entonces.

-          He pensado que este juego se puede jugar entre dos.

-          ¿De verdad? -susurró ella con voz sensual.

-          Hiciste un buen trabajo por teléfono. Si te desabrochas ahora el sujetador para mí, podré verte.

          Paula se estremeció. La oscuridad la había protegido durante su primer encuentro y la distancia y el teléfono en el segundo. Deseaba ser descarada y atrevida esa vez, experimentar las maravillas que sólo había leído. Y Pedro le estaba pidiendo que lo hiciera.

          Siguiendo sus pasos, apuró el resto del vino y posó la copa al lado de la de él.

-          Y hazlo despacio -murmuró él.

          Con el corazón desbocado, se recostó contra las almohadas y extendió los dedos sobre el cierre de las dos copas de satén. Entonces esperó hasta que él se quitó la camisa y pudo admirar por fin su escultural torso.

          Estaba magnífico. No le extrañaba que le hubiera gustado tanto pelear con él de adolescentes. Pero ahora deseaba más.

          Pedro se levantó con las manos en las caderas y enarcó las cejas indicando que le tocaba a ella.

          Paula presionó el cierre y cuando cedió, lo sujetó mientras se deslizaba un tirante por el hombro. Después le siguió el otro con la misma lentitud. Lenta, muy lentamente, dejó que la prenda se abriera dejando sólo la perla y las margaritas. La cadena de flores se quedó enganchada en un pezón haciendo que se endureciera. El instinto le hizo frotarse el otro con las margaritas para erizarlo también.

          La mirada de Pedro se ensombreció y contuvo el aliento.

          Paula se detuvo y dirigió la mirada a la hebilla de su cinturón.

          Sin apartar la vista de sus senos, Pedro abrió la hebilla y sacó despacio el cinturón de las trabillas.

-          Ahora, tócatelos -susurró.

          El corazón se le aceleró un poco más. Deslizando las manos por la caja torácica, Paula sujetó el peso de sus senos y los alzó como ofreciéndoselos. Entonces deslizó los pulgares hacia los pezones y empezó a acariciarse.

-          ¡Oh, Pau!

          A Pedro le temblaron las manos cuando se desabrochó los vaqueros.

          El efecto de sus pulgares deslizándose por sus pezones mientras él la miraba fue increíble. La sensación descendió hasta el vértice de sus piernas, donde la palpitación exigía satisfacción. Ahora que Paula sabía lo que significaba la plenitud, la deseaba de nuevo.

          Pedro se quitó los pantalones y los calzoncillos de una sola vez sin medir ya sus movimientos.

          La imagen de su cuerpo excitado le hizo lanzar un gemido a Paula. Su deseo tenía una forma ahora y sentía una vaciedad por dentro que él podría llenar. Más que alivio necesitaba que la llenara.

          Pedro se acercó al borde de la cama.

-          Dijiste que ibas a darme de comer.

-          Sí -tenía la respiración agitada-. Lo que tú quieras.

-          Me gusta oír eso -dijo con voz ronca apoyando la rodilla en la sábana de satén-. Ya veo lo que quiero.

          Con delicadeza, le quitó la mano de un seno y la reemplazó por la suya.

          Ante la caricia recordada, el corazón se le desbordó por completo.

-          ¿Hay algo que... pueda hacer?

-          Arquea la espalda.

          Ella lo hizo alzando los senos.

          Pedro utilizó los dientes para apartar las margaritas. Cuando se metió un pezón en la boca, ella lanzó un gemido al comprender que estaba a punto del clímax. No le hacía falta mucho más. Parecía que esa vez, la fantasía que habían creado en aquella habitación la había convertido en una mujer salvaje. Esperaba que Pedro estuviera preparado para aquello.

          Durante tres días, Pedro había estado soñando con el cuerpo de Paula. Saborear y acariciar sus senos, besar y chupar hasta saciarse, era un paraíso. Cuando la respiración de ella empezó a acelerarse, aligeró la caricia para no llevarla al límite demasiado pronto. Y además, sabía dónde quería estar cuando ella llegara al clímax.

-          Eres tan preciosa -murmuró.

-          Tú también.

          Paula deslizó los dedos por su torso, frotándole los pezones hasta que se le pusieron tan duros como el resto del cuerpo. Entonces, bajó la mano.

-          Todavía no.

          Pedro se apartó sabiendo que no podría tolerar sus manos sobre él hasta recuperar un poco el control. Jugueteó con la cadena de margaritas sobre sus senos, teñida de rosa por las luces rojas. El polen se derramó sobre sus senos y él lo lamió. Entonces tomó la perla entre sus dientes; sin dejar de acariciarle los senos, se metió la perla en la boca y jugueteó con ella en la lengua de forma sugerente, la alzó en la boca y la depositó, húmeda y brillante en el valle entre sus senos.

-          ¿Sabes lo que quiero ahora? -susurró contra su piel.

-          Creo... que sí.

-          ¿Estás preparada, para eso?

          La respiración se le agitó más a Paula.

-          Si lo estás tú...

-          Quiero devorarte. Entera.

-          Pero... puede que me vuelva loca.


-          Eso es lo que pretendo. 













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Lean el que sigue... 

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