14
Paula se
sentó con las piernas cruzadas en la manta y esperó a que Pedro subiera a su
lado. La noche era cálida, pero ella sentía estremecimientos de delicia.
Estaban solos, como cuando eran pequeños, apartados del mundo y listos, en
cierto sentido, para jugar.
-
El cielo está tan limpio -susurró Pedro al saltar a su
lado. Vamos a echarnos de espaldas para mirar las estrellas como solíamos
hacer.
-
¿Y no hacer nada más?
Paula lo
deseaba intensamente. Pedro le dio un beso en plena boca.
-
Te contaré mi sueño.
-
¡Estupendo! -estiró la falda bajo ella y se echó en la
manta para mirar al firmamento-. Estrella Polar, la Osa Mayor, la Osa Menor...
Pedro estaba
echado a su lado con el brazo y el muslo rozando los de ella.
-
Orion, las Siete Hermanas.
-
¿Y?
-
Y nada. Ésas son todas las que sé.
-
Pues yo creía que habías dado clases de astronomía.
-
Aprendí algunas cosas para el examen, pero ya las he
olvidado.
-
Cuéntame tu sueño.
Él se quedó
en silencio por un momento. Entonces, con un leve suspiro de rendición empezó.
-
A ti te habían invitado a una fiesta de Halloween y me
pediste que te prestara a la yegua porque querías aparecer como lady Godiva.
-
¿Y tenía el pelo largo como ella?
-
Hasta la cintura. Querías practicar sin el disfraz para
ver cómo te sentías antes de ir a la fiesta, así que me pediste que te
acompañara al camino del río. Montaste a pelo con un vestido suelto sin nada
debajo. A mitad de camino, te quitaste el vestido y lo tiraste a los arbustos.
Paula se estremeció. Era una imagen muy
sexual.
-
Pero el pelo me tapaba, ¿verdad?
-
No del todo. Y ya sabes cómo es el viento en el
sendero, así que cuando iba detrás de ti, vi varias imágenes de lado.
Estabas... estabas preciosa. Y montada, así, balanceándote sobre el lomo del
caballo, empezaste a excitarte.
-
¿Y cómo podías saberlo?
-
Tenías la piel sonrojada, la respiración más agitada y...
los pezones muy erectos - Pedro la agarró de la mano y se aclaró la garganta.
Aquello
describía lo que Paula estaba sintiendo en ese mismo momento. Como Pedro no
seguía, preguntó:
-
¿Y te despertaste entonces?
-
No.
-
¿Qué pasó?
-
Que tuviste un orgasmo.
-
¿Qué?
-
Lo que me excitó tanto que te desmonté del caballo y te
hice el amor allí mismo en el suelo.
Paula no
estaba segura de quién estaba apretando más, si ella a él o él a ella.
-
¿Fue bonito?
-
Ésa no es la palabra. Fue salvaje y primitivo, sin
barreras. Te mordí en el cuello y tú me clavaste las uñas en la espalda. Fue...
fantástico.
-
¡Uau!
Paula se
preguntó qué pensaría si supiera que tenía todo el cuerpo palpitante en ese
mismo instante.
Pedro le
soltó la mano y se volvió de medio lado para mirarla.
-
No quiero que te asustes por ese sueño, Pau. Nunca
sería así en la vida real.
Ella se
volvió de medio lado apoyando la cabeza en el brazo.
-
Pues es una pena.
Pedro contuvo
el aliento.
-
¿Te gustaría eso?
-
Que si me gustaría producirte tanto deseo como para
arrancarme del lomo de un caballo y hacerme el amor en el suelo? Por supuesto
que sí. Pero como tú has dicho, sólo era un sueño. En la vida real...
-
En la vida real te deseo más que eso.
Ella dio un
respingo.
-
¿De verdad?
Pedro alzó
una mano temblorosa hasta su mejilla y la acarició.
-
En la vida real, deseo arrancarte ese vestido ahora
mismo. Pero no lo haré. No sería justo para ti.
-
¡Pues claro que seria justo!
Pedro lanzó
una carcajada nerviosa.
-
No, no lo sería.
-
Pero reprimirte no sería justo para ti.
Pedro deslizó
la mano por la parte trasera de su cuello con una suave caricia.
-
La justicia no tiene nada que ver con todo esto. Nunca
imaginé poder estar así echado a tu lado. Es como conseguir un regalo que no
has tenido el sentido de saber que deseabas - le rozó un tirante del vestido-.
¿Qué te ha hecho ponerte esto esta anoche?
-
Me pareció adecuado.
-
Lo es -murmuró él antes de buscar sus labios y besarla
hasta llevarla al límite.
Paula no se
había dado cuenta de que Pedro había empezado a desabrocharle el vestido hasta
que la tela se aflojó sobre sus senos y él se retiró un poco acabando el beso.
Entonces, abrió los ojos. La cara de Pedro estaba en sombras, pero podía notar
su pecho agitado mientras le bajaba la cremallera del todo.
-
Párame cuando quieras.
-
No quiero pararte.
El corazón
le palpitaba como si se le fuera a salir del pecho.
-
Quiero que sepas que puedes -deslizó con cuidado un
tirante entre sus dedos arrastrando el vestido hasta exponer sus senos.
Entonces se quedó sin aliento-. ¡Oh, Pau!
La tendió de
espaldas con suavidad y le bajó el vestido hasta la cintura. Entonces lanzó un
gemido y sacudió la cabeza.
-
¿En qué estás pensando?
-
En que eres más bonita que en mi sueño. Y has estado
ahí todo el tiempo...
A ella se le
secó la boca de deseo.
-
Toda tapada.
-
Sí. Maldición. Todos estos años...
-
¿No vas a... tocarme?
-
Estoy fascinado sólo con mirarte.
Pero por fin
dibujó la aureola de su pezón haciendo que se erizara aún más antes de abarcarlo
con tanta ternura y cuidado como si fuera una porcelana preciosa. A Paula le
encantó que la tratara así, pero deseaba más. Quizá necesitara demostrárselo.
Se arqueó hacia delante llenando su palma con el seno.
-
¡Ah, Pau!
Inspirando
jadeante, Pedro bajó la cabeza y se metió el pezón en la boca.
Sí. Paula le
atrajo la cabeza y se alzó hacia su caricia. Oh, sí. Aquella era la caricia por
la que había estado esperando, el movimiento de su lengua, la punta de su
lengua, la suave presión al chupar que le encendía aquel sensible punto entre
las piernas. Sin ninguna vergüenza, le ofreció el otro pecho y él le dedicó la
misma atención amorosa que al primero mientras seguía tocándolo.
Cuando ella
se retorció sobre la manta, la falda se deslizó hacia arriba. O quizá él la
hubiera subido con aquella manera tan sutil que tenía de despojarle de la ropa.
Entonces, deslizó la mano entre sus muslos apretándola contra la seda mojada de
sus bragas. El dorso de su mano encontró el punto que palpitaba y apretó. Paula
se estremeció y Pedro volvió a besarla en la boca antes de apartarse un poco de
sus labios.
-
¿Quieres que pare?
-
No -susurró ella jadeante-. Pero yo no... nunca...
-
¿Ningún hombre te había puesto la mano ahí antes?
-
No se habían atrevido.
Pedro frotó
la frente contra la de ella.
-
Pero debes haber hecho esto... tú misma.
-
No, lo he leído.
-
No es lo mismo.
-
Ya lo sé, pero... Prométeme que no te reirás, pero no
quería estar sola cuando sucediera.
-
¡Oh, cariño! -la besó con ternura en la frente, la
nariz, los párpados y por fin en los labios-. No estás sola ahora.
Y entonces,
en medio de aquellos besos hechizantes, deslizó la mano por la cinturilla de
sus bragas. Cuando ella sintió sus dedos deslizarse por sus húmedos rizos, dio
un respingo.
-
¿Es eso un «no»?
Ella empezó
a temblar para contener la necesidad de apretar los muslos. Su mano allí era maravillosa,
pero la asustaba también.
-
Ha sido sólo una reacción.
-
¿Debo parar?
-
No, pero esto es tan personal... Peter.
-
Sí señora. Lo más personal del mundo.
Deslizó la
mano hacia abajo y empezó un lento masaje.
A Paula le
costaba respirar cada vez más por el efecto de su caricia.
-
Al menos... está completamente oscuro.
-
Eso puede ayudar. Al menos a primera vez.
Paula se
sentía como si la estuviera transformando en una masa líquida y caliente.
-
¡Oh, Peter!
Se apretó a
sus hombros cuando la tensión aumentó.
-
No tardará mucho ahora -dijo él inclinándose para darle
un suave beso en los labios-. Déjate ir, Pau.
-
No sé cómo se hace.
-
Tu cuerpo lo sabe. Abandónate y siente -la apretó un
poco más-. Justo ahí.
Ella gimió
cuando la presión se hizo insoportable y el cuerpo se le arqueó y tembló bajo
su mano.
Pedro se
acercó a su oído para susurrarle:
-
¿Te acuerdas de mi sueño? Tú montabas desnuda hacia el
río tan excitada que tuviste un orgasmo y entonces yo te arranqué del caballo,
te tiré al suelo, te abrí las piernas y...
Ella gritó
cuando las convulsiones la asaltaron oleada a oleada hasta el delicioso alivio.
Y todo el tiempo, sin dejar de apretarse contra Pedro, el hombre que le había
llevado a aquella tierra de magia y había conseguido que pasara aquel milagro.
Y él la apretó con la misma fuerza cubriéndole la cara de besos y riéndose con
suavidad triunfante.
Pedro
mantuvo abrazada a Paula y escuchó con orgullo sus suspiros de satisfacción
mientras descansaba en sus brazos. Él estaba tenso, pero podía aguantar la
presión.
-
Así que te ha gustado.
-
Me ha encantado -su voz era perezosa, sensual y muy
diferente de la Pau que él conocía-. Peter, has usado la fantasía, después de
todo.
-
Tenía que conseguir que pasaras esa barrera.
-
¿Lo ves? La fantasía puede funcionar.
-
Me has convertido en un fiel creyente.
Ella suspiró
de nuevo.
-
Me alegro tanto de que hayas sido tú, Peter.
-
Yo también.
Saber que
había conseguido que tuviera el primer orgasmo le hacía sentirse como un rey.
De todos los logros de su vida, aquel debía ser del que estaba más orgulloso.
Por otra
parte, se sentía en una auténtica agonía. Paula había tenido razón cuando había
dicho que, si no terminaba, podía quedar frustrado, pero había otras formas de
conseguir satisfacción mutua y su cuerpo se las estaba exigiendo. Pero no podía
esperar que ella hiciera aquello por él considerando su falta de experiencia.
Ni siquiera se lo pediría.
Entonces,
sintió sus dedos en la hebilla del cinturón.
-
¿Qué estás haciendo?
-
Si te echas un poco hacia atrás, podría hacerlo mejor.
Estaba
intentando desabrocharle la bragueta y era evidente que no había desvestido a
un hombre nunca antes.
De repente,
él se sintió protector ante su inocencia.
-
Mira, eres nueva en esto, así que no creas que espero
que...
-
¿Quieres que pare? Es que, aquí en la oscuridad, me
siento más valiente. Y quiero hacerlo, Peter. De verdad que quiero.
Ya casi le
había liberado del confinamiento de los vaqueros, lo que dejaba sólo el algodón
de sus calzoncillos entre él y el paraíso. Sólo la consideración contenía su
urgente necesidad.
-
¡Oh!
-
Confieso que soy una novata en darle placer a un
hombre, pero he leído ampliamente.
Aunque sus
palabras eran académicas, su tono era sensual como el infierno..
Paula lo
frotó por encima del algodón.
-
¿Y bien?
Con un
suspiro, él la besó con fiereza.
-
Considerando que está oscuro y todo eso, me encantaría
-murmuró contra sus labios.
-
Entonces, alza las caderas para que te pueda quitar la
ropa. Soy demasiado novata como para superar encima impedimentos.
Él se
sonrojó de anticipación. Nunca en su vida se le habían acercado de aquella manera
y le parecía tremendamente excitante.
-
De acuerdo.
Alzó las
caderas y ella le quitó los pantalones y calzoncillos de un solo movimiento.
-
¡Dios bendito!
Parecía
intimidada. Bueno, al menos no la había decepcionado y eso le produjo
satisfacción.
-
¿Has cambiado de idea?
-
No, sólo estoy impresionada. Quédate echado y déjame
acostumbrarme a la idea.
Pedro lo
hizo y comprendió que estaba temblando como un primerizo. Cuando por fin le rodeó
el miembro con una sola mano, cerró ojos y apretó los dientes. Podría explotar
en cualquier momento, pero no lo haría. Se preguntó cómo había sobrevivido
tanto tiempo sin las atenciones de Paula.
-
Tu piel es tan suave aquí...
-
Hum...
-
Déjame humedecerla.
Antes de que
se diera cuenta de lo que iba a hacer, ella ya se había inclinado y había empezado
a usar la lengua.
-
¡Pau!
Ella alzó la
cabeza.
-
¿Te estoy sorprendiendo?
-
¡Desde luego! No estás preparada para ese paso todavía.
-
¿Seguro? -deslizó la mano por su dura virilidad-. ¿O no
lo estás tú? Tienes la cara tensa.
-
Estoy intentando controlarme. Y cuando haces esas
cosas... inesperadas, me resulta muy difícil.
-
¡Ah! No quieres que esto acabe tan rápido.
-
Exacto.
Pedro gimió
cuando ella se lanzó a un ritmo increíble para alguien que no había practicado
aquella actividad antes. Debía de tener muy buenos libros.
-
Porque si sufres de eyaculación pre...
-
¡No!
-
Porque hay técnicas para eso.
-
Pau, normalmente... funciono bien.
Apretó la
mandíbula para luchar contra la explosión cuando ella exploró la punta de su
pene con dedos aleteantes. Pedro tuvo la certeza de que estaba reaccionando así
porque eran los dedos de Paula los que estaban explorando.
-
Quizá sea porque te haya deseado mucho tiempo sin
saberlo...
-
Eso es una bonita idea.
Paula se
agachó y pasó la lengua por donde antes habían acariciado los dedos.
Pedro estaba haciendo tal esfuerzo por contener el clímax,
que pensó que se desmayaría.
-
¿Dónde... has aprendido esto?
-
En un libro -entonces sopló en la piel mojada-. ¿Te
gusta esto?
El estrujó
la manta con las dos manos y se quedó mirando en blanco al cielo estrellado.
Nunca había experimentado algo igual a aquello.
-
Sí, me gusta.
-
Una pena que no tengamos un poco de hielo.
-
¿Hielo? ¿Para... qué?
-
Se supone que produce una sensación fantástica si lo
pones ahí mismo durante el orgasmo -dijo, apretándole un punto sensible bajó
sus testículos.
El no sabía
nada de hielo, pero lo que le estaba haciendo con los dedos le estaba
produciendo un efecto fantástico. Gimió con suavidad.
-
¿Te está costando contenerte?
-
Se podría decir que sí.
-
Entonces, vamos a probar esto.
Le apretó en
la base del pene con una mano tirando hacia abajo ligeramente y tomó la punta
en su boca.
El efecto
fue increíble. La acción de su boca le produjo un intenso placer mientras que
su sujeción en la base mantenía el clímax a raya. Pedro gimió, bramó y agitó la
cabeza de lado a lado.
Entonces,
ella aflojó la mano, lo tomó por completo en su boca y todo el control de Pedro
se hizo añicos. Intentó apartarse de su boca, seguro de que no era lo que ella
pretendía, pero Paula no se lo permitió. Su mundo explotó al abandonarse al
orgasmo más cataclísmico de su vida. Cuando la espiral de su universo empezó a
descender, la levantó, la abrazó y besó aquellos labios con sabor a pasión.
Se sentía
como si le hubieran cambiado el eje. Aquella tarde había empezado como una
sesión educativa en la que él debía ser el maestro y ella la pupila. Y de
alguna manera, en los minutos anteriores, Paula había invertido los papeles por
completo. Y en el camino, lo había convertido en su esclavo.
-
Podemos probar el hielo en otra ocasión -susurró ella.
-
Seguro -dijo abrazándola sin energía más que para
respirar.
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Lean el que sigue...
Lean el que sigue...
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