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Paula
reconoció la suerte que tenía de que le cayeran bien todas las mujeres que sus
hermanos habían escogido como esposas y que el sentimiento fuera mutuo. Cuando
los chicos se reunían para su partida de póquer los miércoles por la noche, sus
mujeres buscaban canguros y se reunían en casa de una de ellas para jugar al
pinocle. Paula siempre estaba invitada.
Esa noche se
reunían en casa de Joan y Gonzalo. Gonzalo era el hermano mayor de Paula y el
líder de sus cinco hermanos. Había sido el primero en casarse, en comprar una
casa y en tener niños.
Desde el
momento en que su, sobrina, Sara, había llegado al mundo, Paula había decidido
que ser tía era lo mejor del mundo, aunque estaba un poco cansada de ser una
tía soltera. Llegó pronto a casa de Joan para poder ver a Sara, que tenía ahora
ocho años y a Joe, de seis años, antes de que los acostaran.
Después de
dar a cada niño el juego que les había comprado en Phoenix, siguió a la
pelirroja de su cuñada a la cocina a ayudar a preparar las bebidas y canapés
para la partida.
-
Gracias por los
juegos. La verdad es que van a echarte de menos cuando te vayas a Nueva York.
-
Yo también a
ellos.
Paula vació unas patatas de en un
cuenco y abrió el frigorífico para sacar la salsa casera de Joan.
-
¡No lo sé!
Llevarás una vida tan excitante, que no creo que eches de menos nada de aquí.
-
Claro que sí.
Adoro este pueblo, a mi familia y mis amigos.
-
Yo también, pero
daría lo que fuera por estar en tu piel.
-
¿De verdad?
Paula miró a su cuñada. Con sus
antepasados hispanos y su orientación vital hacia la familia y los niños,
parecía haber cumplido su sueño.
-
Pensaba que eras
una madre vocacional.
-
No me interpretes
mal. Soy muy feliz. Pero el reto ha desaparecido. Cuando me casé, todo era
nuevo. El sexo era nuevo, tener niños era nuevo y comprar esta casa y
arreglarla era nuevo. Pero ahora todo sigue una cómoda rutina. Y yo deseo...
más mundos que conquistar, supongo.
-
Lo entiendo muy
bien. Ése es el motivo por el que me voy a Nueva York. Es mi monte Everest
-vaciló antes de hacer una sugerencia-. ¿Has pensado en volver a estudiar?
-
Ya he conseguido
los folletos. Estoy pensando... no te rías, en convertirme en consejera matrimonial.
-
¿No bromeas?
Joan, eso sería maravilloso. Desde luego, tú debes saber los ingredientes para
conseguir un buen matrimonio.
Joan la miró de soslayo.
-
No me llamaría
experta, pero entiendo lo que pasa cuando en una pareja uno pierde el interés
por, el otro.
Paula se quedó con la boca abierta.
-
¿Quieres
decir...?
-
Quiero decir que
las cosas se están haciendo verdaderamente aburridas en la cama. He pensado en
ir a Phoenix a comprar algunos libros sobre la materia. No me atrevería a
hacerlo en Copperville porque todo el pueblo pensaría que soy una ninfómana.
-
Desde luego.
¿Sabes, yo...? -Paula se detuvo antes de ofrecerle un par de libros-. Creo que
es una buena idea.
-
Imaginaba que lo
entenderías. Escucha, no estoy diciendo nada en contra de tu hermano. Es un
tipo estupendo. Es sólo que a los dos nos sentaría bien seguir algunas
indicaciones.
-
Seguro. La
mayoría de la gente lo hace. Ya sabes cómo es. Te acostumbras a cierta forma de
hacer las cosas y entonces todo se vuelve mecánico.
-
Absolutamente.
Paula se sentía como una impostora
por dejar que su cuñada imaginara que tenía alguna experiencia.
Joan le dio un abrazo.
-
Gracias por
escucharme y animarme. Incluso aunque seas más joven que yo, siempre te he considerado
más sofisticada por algún motivo. Quizá sea por el título universitario.
Paula le devolvió el abrazo.
-
La teoría no lo
es todo.
-
No. Lo ideal
sería tener las dos cosas.
-
No podría estar
más de acuerdo.
Y si Pedro la ayudaba, tendría las
dos cosas por fin.
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Lean el que sigue→
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