viernes, 27 de diciembre de 2013

Capítulo 3


3


          Quizá pedirle ayuda a Peter no fuera a resultar tan sencillo, pensó Paula mientras se dirigía al camino que daba al río. Allí estaba ella sonrojada por un comentario inocuo como montar. Quizá hubiera leído demasiados libros de aquellos y ahora le parecía que todo tenía alguna connotación sexual. Desde luego, no podía ir a Nueva York sin resolver aquel asunto.

          Esquivando alguna ocasional rama baja, Paula iba a un cuerpo por delante de él. Peter sabía que algo pasaba. Ella nunca había podido guardarle ningún secreto, así que le contaría su plan en cuanto llegaran al banco arenoso del río que había sido siempre su rincón favorito. De niños lo habían usado para imitar las batallas de la Guerra de las Galaxias y, cuando crecieron, solían ir allí a beber refrescos y hablar de lo que les estuviera pasando en la vida en aquel momento.

          Paula nunca había enseñado aquel escondite a nadie más, ni tampoco Peter, por lo que ella sabía. Antes de que ninguno de los dos supiera nada del sexo, ya habían discutido allí si los hombres y las mujeres harían los bebés igual que los caballos, cabras y perros. Más adelante, Peter había puesto fin a sus conversaciones sobre el asunto y ahora Paula quería abrir de nuevo la discusión, pero no estaba segura de tener valor suficiente.

-          Bueno, ¿cuál es tu proyecto para este verano? -preguntó Peter tras ella-. Siempre tienes uno.

          Pero Paula no quería hablar mientras estuvieran montados a caballo.

-          Todavía me lo estoy pensando.

-          ¿De verdad? Pues normalmente ya lo tienes planeado hacia abril. Nunca me olvidaré del año que estabas fascinada con Australia y no dejabas de lanzar el aparato ese infernal mientras yo asaba gambas en la barbacoa.

-          ¿Y cómo iba yo a saber que encabritaría a los caballos?

          Peter lanzó una carcajada.

-          Eso hubiera encabritado hasta a un muerto. ¿Sigues jugando o ya has tenido compasión de tus vecinos?

-          Ya no juego.


          Paula apenas tenía que guiar a Peppermint después de las veces que había hecho aquel recorrido. Se podía oler el río cerca ya y la yegua aceleró el paso. Como siempre, Paula deseaba ver aquella primera imagen de la playa en miniatura rodeada casi por completo por altos farallones.

          La yegua llegó al banco y empezó a bajar hacia la arena. Frente a ellos, el río discurría plácidamente y, aparte de unos cuantos patos flotando, la orilla estaba desierta.  

          No había peligro de que nadie los oyera y Paula confiaba en que Peter la escuchara sin reírse. No podía confiar en nadie mejor que en él. Y sin embargo, por mucho que se lo repitiera, seguía sintiendo aquel extraño cosquilleo en el estómago.

          Peter dio de beber a su caballo y lo ató bajo el sicómoro en que Paula había atado a Peppermint antes de ir a sentarse al lado de ella a la sombra.

          Agarró una piedra como siempre y la lanzó al agua.

-          ¿Sabes algo ya de esa maestra de tu nueva escuela?

-          Sí -Paula agarró un puñado de hierba seca y lo estrujó entre los dedos-. Me mandó un e-mail y me invita a quedarme con ella hasta que encuentre mi propio apartamento.

          Peter miró a Paula. Se había preguntado si le habría sugerido aquel paseo por estar preocupada por algo. Quizá aquel traslado la asustara. Paula había alquilado una casita desde que había conseguido su primer trabajo de consejera en el colegio de secundaria de Copperville, pero vivir en un pequeño pueblo minero de Arizona con tus padres a menos de tres kilómetros era muy diferente a vivir sola en una urbe como Nueva York.

-          ¿Y no te podría alquilar una habitación en su casa?

          Paula sacudió la cabeza.

-          No tiene sitio. Tendré que dormir en el sofá hasta que encuentre un apartamento. Además, quiero tener mi propia casa. Después de crecer en una casa llena de hermanos, he descubierto que me encanta la intimidad de vivir sola.

-          Crees que estás viviendo sola. Tu familia se pasa por tu casa cada poco.

-          Ya lo sé -suspiró-. Los quiero, pero estoy deseando estar menos cerca para variar.  

          Peter podía entenderla. Ésa era una de las razones por las que él había sacado su licencia de piloto privado y buscaba cualquier excusa para pilotar su avioneta Cessna sólo por el placer de estar solo.

-          Puede que te sientas sola.

-          Probablemente, pero después de vivir en una pecera, la soledad no me suena tan mal.

-          Ya -Peter arrojó otra piedra al agua-. Te escucho.



          Aspiró la mezcla familiar de olores: la humedad del río, la dulzura de la hierba, la ligera colonia floral que hacía años que Paula usaba. Maldita sea, iba a echarla de menos. Había evitado enfrentarse a aquella emoción desagradable, pero le asaltó entonces de repente y no le gustó nada. 













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Acá uno mas, gracias por comentar y seguir la nove. Mañana capaz que suba otros dos. Sigan comentando acá o en mi tw (@LasPepitasDePau). 

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