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Paula había
formado parte de su mundo desde que tenía memoria. Y también el resto de su
familia, dándole los hermanos y hermanas que no había tenido. Pero Paula había
sido siempre a la que había estado más unido y con la que había compartido
todo.
Se moriría
antes de decirle lo mucho que la echaría de menos. En primer lugar, ellos nunca
se habían puesto sentimentales con su relación y no quería estropear aquel
excitante capítulo que se abría ante su vida. Estaba celoso a muerte y le
costaría adaptarse a estar solo, pero eso no quería decir que no se alegrara de
su oportunidad.
-
Me alegro de que hayas conseguido ese trabajo.
-
Yo también. Pero te he pedido que vinieras porque tengo
un problema y... creo que podrías ayudarme.
-
Claro. Lo que sea.
-
Nueva York es un mundo diferente y no me siento
exactamente... preparada para él.
Parecía que
le estaba costando encontrar las palabras adecuadas.
-
Claro que estás preparada. Has trabajado para esto toda
tu vida. Siempre he sabido que saldrías de aquí y harías algo especial se dio
la vuelta hacia ella-. Es tu última meta, Pau. Puede que te ponga nerviosa,
pero lo harás de maravilla.
-
Gracias.
Sonrió, pero
parecía muy preocupada y nerviosa.
Pedro
esperaba que no fuera a romper su código de no ponerse sentimental.
Ella se
aclaró la garganta y se dio la vuelta para mirar hacia el río concentrada como
si fuera la primera vez que lo veía. Dios, esperaba que no se pusiera a llorar.
Ella no era ninguna llorona, cosa que él había agradecido siempre. Sólo la
había visto llorar por la muerte de su pony y cuando aquel estúpido de Bobby
Hitchcock le había dado plantón en su baile de graduación. Por suerte, él no
había tenido ninguna cita y había podido acompañarla.
Lo habían
pasado de maravilla y Pedro hasta había pensado en pedirle que saliera con él
en serio. Estaba tan bonita con aquel traje amarillo, que se le había secado la
garganta y para su sorpresa, se había excitado un poco cuando habían bailado.
Hasta había estado a punto de besarla en la pista de baile, pero había recuperado
la razón pensando en lo que le harían sus hermanos si la tocaba siquiera. Y
además, besarla hubiera sido como besar a su hermana.
Ella seguía
mirando al río.
-
Peter, yo...
-
Yo también -la atajó para que no pusiera en palabras lo
que él mismo sentía.
-
Oh, no lo creo. El asunto es, Peter... que todavía...
soy virgen.
La sorpresa
fue tal, que Pedro se atragantó con la paja que estaba mordisqueando y empezó a
toser con violencia. Cuando las palmadas de Paula no consiguieron calmarlo,
ella se acercó al río con su sombrero y lo llenó de agua.
-
Bebe.
Pedro bebió
y se quitó el sombrero para echarse el resto del agua por encima de la cabeza.
Cuando se sacudió el agua de los párpados e inspiró con fuerza, se sintió algo
mejor.
Ella seguía
arrodillada frente a él cuando tuvo el valor de mirarla.
-
¿Y qué? -preguntó con voz cascada.
-
Que tengo veintiséis años.
-
¿Y?
Sabía que su
respuesta carecía de ingenio, pero tenía bloqueado el cerebro. Lo cierto era
que si se hubiera puesto a pensar en el asunto, habría llegado a la conclusión
de que Paula debía de ser virgen. Sus hermanos la habían acorazado desde el
momento en que había entrado en la pubertad.
-
Que no puedo ir a una gran ciudad así. No puedo ser
consejera de unas chicas que probablemente ya lo habrán experimentado a los
trece años.
-
Ya entiendo.
Y de forma
demasiado gráfica. Estaba pensando en la horrible posibilidad de que le pidiera
a él que se encargara de solucionar el problema.
-
Pues yo creo que puedes ir perfectamente a Nueva York
sin... experiencia. La castidad está en auge últimamente. Podrías ser un modelo
para ellas.
-
¡Oh, Peter! ¡Yo no quiero ser ningún modelo de
castidad! Yo no elegí ser virgen por algún con-vencimiento profundo. Sabes tan
bien como yo que la culpa de todo esto la tienen mis hermanos.
Sus
hermanos. Dios, le arrancarían la piel a tiras si le pusiera un solo dedo
encima.
-
¡Pero tus hermanos no van a ir a Nueva York!
En cuanto lo
dijo, supo que había caído de la sartén al fuego
-
No, y ése es el otro asunto. Estaré sin tener ni idea
del sexo y sola en una ciudad abarrotada de hombres sofisticados. Si lo que
quieres de mí es que me tire a los pies del primer truhán de ciudad que me tome
por una boba por no saber nada...
Aquella era una trampa mortal. Y
que lo ahorcaran, si no se sentía tentado.
-
Por supuesto que no, pero...
-
Necesito a un hombre agradable, Peter. Alguien que me
pueda resolver este problema antes de irme.
¡Oh, Dios!
Iba a pedírselo a él. El corazón se le desbocó y se preguntó si tendría valor
para rechazarla.
-
Escucha, Pau. No sabes lo que estás diciendo.
-
Sé exactamente lo que estoy diciendo y tú eres la única
persona en quien puedo confiar para encontrar a ese hombre.
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