sábado, 28 de diciembre de 2013

Capítulo 4.


4

          Paula había formado parte de su mundo desde que tenía memoria. Y también el resto de su familia, dándole los hermanos y hermanas que no había tenido. Pero Paula había sido siempre a la que había estado más unido y con la que había compartido todo.

          Se moriría antes de decirle lo mucho que la echaría de menos. En primer lugar, ellos nunca se habían puesto sentimentales con su relación y no quería estropear aquel excitante capítulo que se abría ante su vida. Estaba celoso a muerte y le costaría adaptarse a estar solo, pero eso no quería decir que no se alegrara de su oportunidad.

-          Me alegro de que hayas conseguido ese trabajo.

-          Yo también. Pero te he pedido que vinieras porque tengo un problema y... creo que podrías ayudarme.

-          Claro. Lo que sea.

-          Nueva York es un mundo diferente y no me siento exactamente... preparada para él.

          Parecía que le estaba costando encontrar las palabras adecuadas.

-          Claro que estás preparada. Has trabajado para esto toda tu vida. Siempre he sabido que saldrías de aquí y harías algo especial se dio la vuelta hacia ella-. Es tu última meta, Pau. Puede que te ponga nerviosa, pero lo harás de maravilla.

-          Gracias.

          Sonrió, pero parecía muy preocupada y nerviosa.

          Pedro esperaba que no fuera a romper su código de no ponerse sentimental.

          Ella se aclaró la garganta y se dio la vuelta para mirar hacia el río concentrada como si fuera la primera vez que lo veía. Dios, esperaba que no se pusiera a llorar. Ella no era ninguna llorona, cosa que él había agradecido siempre. Sólo la había visto llorar por la muerte de su pony y cuando aquel estúpido de Bobby Hitchcock le había dado plantón en su baile de graduación. Por suerte, él no había tenido ninguna cita y había podido acompañarla.

          Lo habían pasado de maravilla y Pedro hasta había pensado en pedirle que saliera con él en serio. Estaba tan bonita con aquel traje amarillo, que se le había secado la garganta y para su sorpresa, se había excitado un poco cuando habían bailado. Hasta había estado a punto de besarla en la pista de baile, pero había recuperado la razón pensando en lo que le harían sus hermanos si la tocaba siquiera. Y además, besarla hubiera sido como besar a su hermana.

          Ella seguía mirando al río.  

-          Peter, yo...

-          Yo también -la atajó para que no pusiera en palabras lo que él mismo sentía.

-          Oh, no lo creo. El asunto es, Peter... que todavía... soy virgen.

          La sorpresa fue tal, que Pedro se atragantó con la paja que estaba mordisqueando y empezó a toser con violencia. Cuando las palmadas de Paula no consiguieron calmarlo, ella se acercó al río con su sombrero y lo llenó de agua.

-          Bebe.

          Pedro bebió y se quitó el sombrero para echarse el resto del agua por encima de la cabeza. Cuando se sacudió el agua de los párpados e inspiró con fuerza, se sintió algo mejor.

          Ella seguía arrodillada frente a él cuando tuvo el valor de mirarla.  

-          ¿Y qué? -preguntó con voz cascada.

-          Que tengo veintiséis años.

-          ¿Y?

          Sabía que su respuesta carecía de ingenio, pero tenía bloqueado el cerebro. Lo cierto era que si se hubiera puesto a pensar en el asunto, habría llegado a la conclusión de que Paula debía de ser virgen. Sus hermanos la habían acorazado desde el momento en que había entrado en la pubertad.

-          Que no puedo ir a una gran ciudad así. No puedo ser consejera de unas chicas que probablemente ya lo habrán experimentado a los trece años.

-          Ya entiendo.

          Y de forma demasiado gráfica. Estaba pensando en la horrible posibilidad de que le pidiera a él que se encargara de solucionar el problema.

-          Pues yo creo que puedes ir perfectamente a Nueva York sin... experiencia. La castidad está en auge últimamente. Podrías ser un modelo para ellas.

-          ¡Oh, Peter! ¡Yo no quiero ser ningún modelo de castidad! Yo no elegí ser virgen por algún con-vencimiento profundo. Sabes tan bien como yo que la culpa de todo esto la tienen mis hermanos.

          Sus hermanos. Dios, le arrancarían la piel a tiras si le pusiera un solo dedo encima.

-          ¡Pero tus hermanos no van a ir a Nueva York!

          En cuanto lo dijo, supo que había caído de la sartén al fuego

-          No, y ése es el otro asunto. Estaré sin tener ni idea del sexo y sola en una ciudad abarrotada de hombres sofisticados. Si lo que quieres de mí es que me tire a los pies del primer truhán de ciudad que me tome por una boba por no saber nada...

          Aquella era una trampa mortal. Y que lo ahorcaran, si no se sentía tentado.

-          Por supuesto que no, pero...

-          Necesito a un hombre agradable, Peter. Alguien que me pueda resolver este problema antes de irme.

          ¡Oh, Dios! Iba a pedírselo a él. El corazón se le desbocó y se preguntó si tendría valor para rechazarla.

-          Escucha, Pau. No sabes lo que estás diciendo.


-          Sé exactamente lo que estoy diciendo y tú eres la única persona en quien puedo confiar para encontrar a ese hombre. 













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