30
Paula sabía
que las dos últimas semanas en Copperville serían duras, pero no había
imaginado que tanto. Se moría de deseo por Pedro, pero eso ya lo había
esperado. Pero los momentos que no había esperado eran los peores, momentos en
que su primer impulso era llamarlo para compartir alguna confidencia de su vida
y se iba a marcar el teléfono sin darse cuenta. Entonces, la verdad la asaltaba.
No importaba lo que hubieran prometido acerca de ser siempre amigos, su amistad
estaba muerta.
Pero la más
exquisita tortura todavía estaba pendiente: la fiesta de aniversario de sus
padres junto con su despedida en el parque. Todo Copperville acudiría... y
también Pedro, por supuesto.
Para el día
de la fiesta, Paula ya había empaquetado casi todas sus cosas y se había dado
cuenta demasiado tarde de que el único vestido lo bastante festivo como para el
acontecimiento que no había guardado era el de margaritas. Pedro probablemente
pensaría que se lo había puesto a propósito, y la única razón por la que seguía
colgado era porque se había olvidado de meterlo en la bolsa que iba a dar a una
asociación de caridad.
Llegó al
parque temprano para ayudar a sus hermanos y cuñadas en los preparativos. Trabajaron
sin descanso bajo el ardiente calor, hinchando globos, encendiendo las
barbacoas y persiguiendo a los revoltosos niños. Paula dio las gracias por la
frenética actividad que la ayudaba a apartar a Pedro de sus pensamientos.
Pero el
pulso se le aceleró en cuanto vio su furgoneta y a él bajar y empezar a
descargar cajas de cerveza.
-
Voy a ayudarle -anunció Gonzalo.
-
No empecéis a probarlas hasta que hayamos terminado
aquí -le advirtió Joan, su esposa.
Paula los
miró de soslayo trabajar, gastarse bromas y reírse. Pronto, sus otros tres
hermanos se reunieron con ellos y todos actuaban como amigos, así que empezó a
tener esperanzas de que ya hubieran hecho las paces con Mac.
-
¡Eh, Dozer! -lo llamó Cindy-. Es hora de que Fede y tú
empecéis a cocinar. La gente está empezando a llegar y la pareja homenajeada
estará aquí en pocos minutos.
-
Ya voy -gritó Dozer.
Deena siguió
atando globos en la parra más cercana.
-
Hammer -llamó a su esposo-. Necesito que vigiles a
Santino y a Anne en los columpios.
Hammer se
dirigió a los columpios.
-
Santi, hijo. Déjale montar a Ann.
Paula
intentó no fijarse en Pedro mientras vaciaba hielo en un contenedor para poner
los cuencos de las ensaladas. Nunca lo había usado para hacer el amor con Pedro
como había planeado, pero cada vez que lo veía se acordaba.
-
Cindy, ¿en qué nevera metiste las hamburguesas y los
perritos calientes?
-
En la roja.
Paula vació
la última bolsa de hielo en el contenedor.
-
Joan, esto ya está.
-
¿Para qué es? -preguntó Pedro.
Paula lo
miró y supo por el brillo de su mirada que había pretendido que la pregunta la
alterara. Se sonrojó sin poder remediarlo.
-
Nosotros, eh...
-
Es para las ensaladas, para que no nos envenenemos con
la mahonesa -respondió con rapidez Joan.
-
No sirve sólo para eso -dijo Gonzalo agarrando un trozo
de hielo para meterlo por la espalda de su mujer.
Ella lanzó
un grito y agarró un puñado de hielo antes de salir corriendo tras él por el
parque.
Y así fue
como Pedro y Paula se quedaron solos. Pedro agarró un trozo de hielo y lo miró.
-
Nunca llegamos a hacerlo.
Paula tenía
la garganta tan seca, que no podía hablar. Sólo sacudió la cabeza.
-
Supongo que ya nunca lo haremos -dejó caer el hielo al
suelo y se acercó más a ella-. ¿Qué tal estás?
-
Bien -se arriesgó a mirarlo a los ojos y apartó la
vista de nuevo. Demasiado potentes-. ¿Y tú?
-
Bien. Pensé llamarte para ver cómo te iba pero no
quería poner las cosas peor.
-
Sí, probablemente me hubiera sentido peor. Peter, ¿mis
hermanos...?
-
¿Que si me pegaron? No, aunque por una parte me hubiera
gustado. Podría haber hecho que me sintiera mejor.
Paula miró
enfrente. Joan y Gonzalo ya se estaban acercando, así que no tenían mucho
tiempo. Bajó la voz al hablar.
-
Maldita sea, no pienso consentir que aceptes la culpa
de todo esto. Fue idea mía y soy yo la que debería sentirme culpable, no tú.
-
Como te he dicho, podría haberte rechazado.
-
Tú sabías que iba buscar a quien fuera para hacerlo y
tenías miedo de que acabara con gentuza.
-
Sí y también estaba ese vestido -Paula lo miró
enfadada-. ¿Por qué te lo has puesto hoy, Pau?
-
Porque había empaquetado todo lo demás.
-
¿Y la perla?
El corazón
le dolió tanto que apenas podía respirar.
-
Pedro, yo...
-
Prométeme una cosa.
-
¿Qué?
-
Que la llevarás puesta en Nueva York.
-
¡Dios, no puedo dejar un instante a mi gente sin que la
disciplina caiga por tierra! -exclamó Joan, que había llegado en ese momento.
Gonzalo miró
con suspicacia a Pedro.
-
Vamos, Peter. Tengo un cargamento de hamacas en la
furgoneta que quiero que me ayudes a instalar.
-
Claro.
Pedro miró a
Paula, que estaba frotando la perla con una mano. La soltó y se dio la vuelta.
Su petición la había confundido por completo. Sabía que llevar la perla sería
un constante recuerdo de él que impediría que se fuera con nadie más.
Cuanto más
lo pensaba, más se enfadaba. ¿Quién se creía que era, intentando atarla de esa
manera cuando él no tenía ninguna intención de comprometerse?
Sus padres
llegaron poco después. En cuanto la fiesta estuvo en pleno apogeo, Paula
procuró hacerla especial para ellos sabiendo que en una semana ya no podría
verlos ni hablar con ellos. Se preguntó de nuevo si no estaría cometiendo un
grave error al irse, pero ya no podía cambiar las cosas y, además, necesitaba
alejarse de Pedro. Si se quedaba allí, se le rompería el corazón sin remedio.
Aunque
dedicó toda su atención a la fiesta, no podía dejar de escuchar su voz, su
risa, ser consciente de su mirada, de su presencia. Era como si un hilo
invisible la atara a él.
Por fin,
decidió que el colgante de perla era parte del problema. No podía llevarlo a
Nueva York y mucho menos ponérselo. Pedro debía saberlo.
Se disculpó
con el pretexto de que necesitaba ir a los aseos del parque y, cuando se apartó
de la multitud, se lo quitó con manos temblorosas. Una vez hecho, se sintió
como si se hubiera enganchado el corazón en un alambre de púas.
Pero eso era
lo que tenía que hacer. Encontró a Pedro comiendo pastel y charlando con un par
de rancheros vecinos.
-
Perdóname, Peter.
-
Claro -la miró con debilidad-. ¿Qué pasa?
Ella estiró
la mano y le metió la perla en el bolsillo de la camisa.
-
¿Puedes guardarme esto?
Entonces, conteniendo
un sollozo, se dio la vuelta y se alejó de allí.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Holis!! Aparecí después de dos semanas, casi. Bueno acá les dejo dos capítulos; solo quedan 4 o 6 capítulos, mas o menos, y termina la nove, así que disfruten lo que queda.
GRACIAS por leer y comenten por fis!
LOS QUIERO♥
buenísimos los capítulos,seguí subiendo.
ResponderEliminar