lunes, 10 de febrero de 2014

Capítulo 31.


31

          Pedro quería tirar el colgante donde fuera. En los tortuosos días que siguieron desde la mañana de la partida de Paula, había intentado hacerlo en la basura, en el río y por un precipicio, pero no lo había conseguido.

          El día en que ella se había ido, había permanecido en un promontorio fuera del pueblo mirando cómo su coche desaparecía y, bastante después de perderse en la distancia, seguía allí con el colgante en la mano.

          En las semanas que siguieron mantuvo la perla en un cajón de su habitación y había adquirido la costumbre de metérsela en el bolsillo de los vaqueros al empezar el día con la débil esperanza de que, después de un tiempo de vivir en la ciudad, ella se cansara y volviera a casa.

          Mientras tanto, él realizaba su trabajo en el rancho como un robot. Cuando Paula había vivido en Copperville, le había gustado su trabajo, pero ahora la rutina diaria se le hacía insoportable sin ella. Era ella la que había hecho que su vida fuera interesante y ahora ella había cumplido su sueño y lo había dejado atrás.

          En un caluroso día de finales de septiembre, estaba una tarde tirando piedras al río cuando llegó a una decisión vital. En cuanto sus padres murieran, vendería el rancho y se iría a recorrer mundo. Eso no supliría la pérdida de Paula, pero tendría que servir.

          Entonces, toda la farsa le pareció estúpida. Aparentar que amaba un rancho que no conservaría en cuanto sus padres murieran era una injusticia para ellos. Sin embargo, contarles la verdad después de tantos años, no sería fácil. Pero tendría que hacerlo y acabar con aquella hipocresía.

          Esperó hasta que acabaron de cenar. Apenas había sido capaz de probar el mejor asado de su madre, pero se obligó a tomar hasta el último bocado y mantener una conversación sobre antigüedades y sementales.

          Desde que había entrado en el rancho esa tarde, lo había visto con unos ojos nuevos. Ahora que había decidido que aquel lugar no lo encadenaría, podía valorar las brillantes vigas y la chimenea de piedra, el pesado mobiliario de cuero alrededor de la chimenea y la mesa de caoba labrada del comedor.

          No sería un mal sitio para vivir.., algún día y con la persona adecuada. Pero no podía esperar que sus padres lo mantuvieran sin él hasta que se asentara, ya que antes de que llegara ese día tenía muchas cosas que hacer.

          Por fin, apartó su plato a un lado y los miró.

-          Tengo que hablar con vosotros. Es... bastante serio.

-          Por fin -exclamó su madre con un suspiro.

          Pedro la miró con sorpresa.

-          ¿Qué quieres decir?

-          Tu madre ha estado muerta de preocupación por ti desde que se fue Pau. Y yo también un poco, debo admitir. Has estado comportándote como un robot, como si hubieras perdido a tu mejor amigo, que supongo que es lo que ha pasado.

          Pedro sintió ardor en el cuello. Había estado tan absorto en sí mismo últimamente, que no se había dado cuenta de que su estado de ánimo había afectado a sus padres.

-          Siento haber estado insoportable.

-          Lo has estado -admitió su padre.

-          No, no lo ha sido, Horacio -Ana dirigió a su marido una mirada de advertencia-. Ha estado un poco sombrío, eso es todo.

-          Para mí es lo mismo -dijo su padre.

-          Estoy de acuerdo -aceptó Pedro-. Pero estoy a punto de serlo más -inspiró con fuerza-. Sé que los dos habéis trabajado mucho para levantar este rancho todos estos años.

-          Ha sido un trabajo por amor -dijo Ana.

          No se lo estaba poniendo fácil. Pedro se aclaró la garganta.

-          Os agradezco lo que habéis hecho y sé que el objetivo era pasarme el rancho a mí algún día, pero...

-          No lo quieres -terminó su padre por él.

          Pedro miró a su padre a los ojos y su resolución casi se derrumbó al ver la gran decepción en su mirada.

-          Podría -dijo con suavidad-, con el tiempo, cuando me haya quitado esta ansiedad por recorrer mundo. Esta noche, he empezado a comprender lo bonito que es, pero ahora mismo para mí es como un elefante sentado en mi pecho y ahogándome.

-          Quieres ir a Nueva York, ¿verdad? -preguntó su madre en voz baja.

-          Quizá.

          Desde luego que quería. No se había permitido a sí mismo seguir aquel derrotero en sus planes, pero ahora que su madre había puesto la idea en palabras, supo inmediatamente que empezaría por Nueva York, aunque no sabía cómo se lo tomaría Paula.

-          ¿Y qué diablos harías en Nueva York?

          El tono de su padre traicionaba la profundidad de su decepción.

-          No estoy seguro. Probablemente intentaría encontrar un trabajo en alguna pequeña compañía aérea o en algún aeropuerto. Ya sabes que me encantan los aeroplanos, papá. Siempre me han gustado.

-          ¡Ya tienes un maldito aeroplano! ¡Puedes volar con él todo lo que quieras!

-          ¡Horacio! -Ana apoyó una mano en el brazo de su marido-. Esa no es la cuestión. Quiere volar por su cuenta como ha hecho Pau. Además, la echa de menos como un loco. No sé si será algo más que amistad, aunque estoy empezando a creer que sí -miró a Pedro-. No he querido entrometerme, pero he tenido la fuerte sensación de que Pau y tú habéis traspasado las fronteras de la amistad este verano. Y Ale también lo cree.

-          ¿Has estado hablando con la madre de Paula de eso?

          Pedro sintió un fuerte ardor en la cara.

-          Para ser sincera, mucha gente del pueblo tenía sus sospechas. Nos preguntábamos si Pau decidiría quedarse en casa después de todo. Y cuando se fue, lo sentí mucho por ti.

-          Lo sabía -Horacio tiró la servilleta en la mesa y apartó la silla-. Esto era todo por una mujer. Si Paula hubiera tenido el buen juicio de quedarse en Coppervile, podríais haberos casado y no estarías comparando el rancho con un maldito elefante.

-          ¡No eches la culpa a Paula! -en su agitación, Pedro se levantó-. Siempre he sentido lo mismo. Los dos lo hemos sentido, Pau y yo. Nos pasábamos horas de pequeños hablando de los sitios que veríamos y de las cosas tan excitantes que haríamos en cuanto nos fuéramos de Copperville.

-          Muchos críos hablan así, pero después se hacen mayores y se dan cuenta de que lo que tienen aquí es mucho mejor que lo que puedan encontrar por ahí fuera.

          Pedro miró a su padre e intentó ponerse en su piel. Después de casi treinta años de deslomarse por crear una herencia para su hijo, ahora aquel hijo rechazaba su legado. Y Pedro odiaba hacerle daño a su padre.

-          Puede que sea mejor, papá, pero nunca lo apreciaré si no veo algo del resto del mundo.

-          Por supuesto que debes -intervino su madre.

-          Entonces quizá deberíamos vender el rancho ya -dijo Horacio-. No merece la pena matarnos a trabajar si no se lo vamos a pasar a nadie.

-          ¡Oh, Horacio! ¡Por Dios bendito! -Ana parecía enfadada-. Olvida tu orgullo herido por un minuto y escucha lo que tu hijo está diciendo. Necesita tiempo para explorar el mundo. Y necesita estar con la mujer a la que...

          A Pedro se le hizo un nudo en al garganta.

-          Mamá, no saques conclusiones tan pre...

-          Saco las conclusiones que quiera, muchas gracias -lo miró enfadada-. Y Pau siente lo mismo por ti, a menos que este muy equivocada. Y también creo que los dos añoraréis enseguida Copperville y volveréis a criar a vuestros hijos aquí.

-          ¿Hijos? -Pedro casi se atragantó-. Lo último que sé es que Pau no tenía ninguna intención de casarse, cuanto menos de tener niños. Creo que esta vez te has pasado un poco.

          Su madre sonrió.

-          No, yo creo que eres tú el que se ha quedado corto. Vete a Nueva York y haz esas preguntas. Mira a ver qué respuestas te da -Ana miró hacia su marido-. Lo único que necesitamos es contratar a alguien una temporada hasta que estos dos vuelvan a casa.

          Horacio frunció le ceño.

-          ¿Y si no vuelven? Entonces todo será para nada.

-          Eso es la mayor tontería que te he oído decir Horacio. ¿Nada? Este rancho ha sido el sueño de tu vida. Esperabas poder pasárselo a tu hijo, pero también lo querías para ti mismo. Lo has pasado de maravilla viviendo la vida del rancho y no te atrevas a decir que sólo estabas haciendo un sacrificio por tu hijo.

          Poco a poco, la expresión de Horacio fue suavizándose.

-          Supongo que tienes razón, Ana. La verdad es que no me imagino otro sitio para vivir. Por eso no puedo entender que alguien en su sano juicio quiera irse a vivir a ese nido de ratas que es Nueva York.

-          Cada persona es diferente, pero estos dos volverán, ya lo veras.

-          Mamá, no puedo hacer ninguna promesa.

          Pero Pedro no pudo evitar barajar unas pocas fantasías. Quizá podría tenerlo todo, unos cuantos años de aventuras con Paula y una familia y la seguridad allí en Coppervile con la única mujer a la que quería. Pero a Paula podría no interesarle aquel plan. Después de todo, le había devuelto el colgante.


-          No tienes que hacernos ninguna promesa -dijo su madre-. Pero supongo que tendrás que hacerle alguna a Pau. 













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