31
Pedro quería
tirar el colgante donde fuera. En los tortuosos días que siguieron desde la
mañana de la partida de Paula, había intentado hacerlo en la basura, en el río
y por un precipicio, pero no lo había conseguido.
El día en
que ella se había ido, había permanecido en un promontorio fuera del pueblo
mirando cómo su coche desaparecía y, bastante después de perderse en la distancia,
seguía allí con el colgante en la mano.
En las
semanas que siguieron mantuvo la perla en un cajón de su habitación y había
adquirido la costumbre de metérsela en el bolsillo de los vaqueros al empezar
el día con la débil esperanza de que, después de un tiempo de vivir en la
ciudad, ella se cansara y volviera a casa.
Mientras
tanto, él realizaba su trabajo en el rancho como un robot. Cuando Paula había
vivido en Copperville, le había gustado su trabajo, pero ahora la rutina diaria
se le hacía insoportable sin ella. Era ella la que había hecho que su vida
fuera interesante y ahora ella había cumplido su sueño y lo había dejado atrás.
En un
caluroso día de finales de septiembre, estaba una tarde tirando piedras al río
cuando llegó a una decisión vital. En cuanto sus padres murieran, vendería el
rancho y se iría a recorrer mundo. Eso no supliría la pérdida de Paula, pero
tendría que servir.
Entonces,
toda la farsa le pareció estúpida. Aparentar que amaba un rancho que no
conservaría en cuanto sus padres murieran era una injusticia para ellos. Sin embargo,
contarles la verdad después de tantos años, no sería fácil. Pero tendría que
hacerlo y acabar con aquella hipocresía.
Esperó hasta
que acabaron de cenar. Apenas había sido capaz de probar el mejor asado de su
madre, pero se obligó a tomar hasta el último bocado y mantener una
conversación sobre antigüedades y sementales.
Desde que
había entrado en el rancho esa tarde, lo había visto con unos ojos nuevos.
Ahora que había decidido que aquel lugar no lo encadenaría, podía valorar las
brillantes vigas y la chimenea de piedra, el pesado mobiliario de cuero
alrededor de la chimenea y la mesa de caoba labrada del comedor.
No
sería un mal sitio para vivir.., algún día y con la persona adecuada. Pero no
podía esperar que sus padres lo mantuvieran sin él hasta que se asentara, ya
que antes de que llegara ese día tenía muchas cosas que hacer.
Por fin,
apartó su plato a un lado y los miró.
-
Tengo que hablar con vosotros. Es... bastante serio.
-
Por fin -exclamó su madre con un suspiro.
Pedro la
miró con sorpresa.
-
¿Qué quieres decir?
-
Tu madre ha estado muerta de preocupación por ti desde
que se fue Pau. Y yo también un poco, debo admitir. Has estado comportándote
como un robot, como si hubieras perdido a tu mejor amigo, que supongo que es lo
que ha pasado.
Pedro sintió
ardor en el cuello. Había estado tan absorto en sí mismo últimamente, que no se
había dado cuenta de que su estado de ánimo había afectado a sus padres.
-
Siento haber estado insoportable.
-
Lo has estado -admitió su padre.
-
No, no lo ha sido, Horacio -Ana dirigió a su marido una
mirada de advertencia-. Ha estado un poco sombrío, eso es todo.
-
Para mí es lo mismo -dijo su padre.
-
Estoy de acuerdo -aceptó Pedro-. Pero estoy a punto de
serlo más -inspiró con fuerza-. Sé que los dos habéis trabajado mucho para
levantar este rancho todos estos años.
-
Ha sido un trabajo por amor -dijo Ana.
No se lo
estaba poniendo fácil. Pedro se aclaró la garganta.
-
Os agradezco lo que habéis hecho y sé que el objetivo
era pasarme el rancho a mí algún día, pero...
-
No lo quieres -terminó su padre por él.
Pedro miró a
su padre a los ojos y su resolución casi se derrumbó al ver la gran decepción
en su mirada.
-
Podría -dijo con suavidad-, con el tiempo, cuando me
haya quitado esta ansiedad por recorrer mundo. Esta noche, he empezado a
comprender lo bonito que es, pero ahora mismo para mí es como un elefante
sentado en mi pecho y ahogándome.
-
Quieres ir a Nueva York, ¿verdad? -preguntó su madre en
voz baja.
-
Quizá.
Desde luego
que quería. No se había permitido a sí mismo seguir aquel derrotero en sus
planes, pero ahora que su madre había puesto la idea en palabras, supo
inmediatamente que empezaría por Nueva York, aunque no sabía cómo se lo tomaría
Paula.
-
¿Y qué diablos harías en Nueva York?
El tono de
su padre traicionaba la profundidad de su decepción.
-
No estoy seguro. Probablemente intentaría encontrar un
trabajo en alguna pequeña compañía aérea o en algún aeropuerto. Ya sabes que me
encantan los aeroplanos, papá. Siempre me han gustado.
-
¡Ya tienes un maldito aeroplano! ¡Puedes volar con él
todo lo que quieras!
-
¡Horacio! -Ana apoyó una mano en el brazo de su
marido-. Esa no es la cuestión. Quiere volar por su cuenta como ha hecho Pau.
Además, la echa de menos como un loco. No sé si será algo más que amistad,
aunque estoy empezando a creer que sí -miró a Pedro-. No he querido
entrometerme, pero he tenido la fuerte sensación de que Pau y tú habéis
traspasado las fronteras de la amistad este verano. Y Ale también lo cree.
-
¿Has estado hablando con la madre de Paula de eso?
Pedro sintió
un fuerte ardor en la cara.
-
Para ser sincera, mucha gente del pueblo tenía sus
sospechas. Nos preguntábamos si Pau decidiría quedarse en casa después de todo.
Y cuando se fue, lo sentí mucho por ti.
-
Lo sabía -Horacio tiró la servilleta en la mesa y
apartó la silla-. Esto era todo por una mujer. Si Paula hubiera tenido el buen
juicio de quedarse en Coppervile, podríais haberos casado y no estarías
comparando el rancho con un maldito elefante.
-
¡No eches la culpa a Paula! -en su agitación, Pedro se
levantó-. Siempre he sentido lo mismo. Los dos lo hemos sentido, Pau y yo. Nos
pasábamos horas de pequeños hablando de los sitios que veríamos y de las cosas
tan excitantes que haríamos en cuanto nos fuéramos de Copperville.
-
Muchos críos hablan así, pero después se hacen mayores
y se dan cuenta de que lo que tienen aquí es mucho mejor que lo que puedan
encontrar por ahí fuera.
Pedro miró a
su padre e intentó ponerse en su piel. Después de casi treinta años de
deslomarse por crear una herencia para su hijo, ahora aquel hijo rechazaba su
legado. Y Pedro odiaba hacerle daño a su padre.
-
Puede que sea mejor, papá, pero nunca lo apreciaré si
no veo algo del resto del mundo.
-
Por supuesto que debes -intervino su madre.
-
Entonces quizá deberíamos vender el rancho ya -dijo
Horacio-. No merece la pena matarnos a trabajar si no se lo vamos a pasar a
nadie.
-
¡Oh, Horacio! ¡Por Dios bendito! -Ana parecía
enfadada-. Olvida tu orgullo herido por un minuto y escucha lo que tu hijo está
diciendo. Necesita tiempo para explorar el mundo. Y necesita estar con la mujer
a la que...
A Pedro se
le hizo un nudo en al garganta.
-
Mamá, no saques conclusiones tan pre...
-
Saco las conclusiones que quiera, muchas gracias -lo
miró enfadada-. Y Pau siente lo mismo por ti, a menos que este muy equivocada.
Y también creo que los dos añoraréis enseguida Copperville y volveréis a criar
a vuestros hijos aquí.
-
¿Hijos? -Pedro casi se atragantó-. Lo último que sé es
que Pau no tenía ninguna intención de casarse, cuanto menos de tener niños.
Creo que esta vez te has pasado un poco.
Su madre
sonrió.
-
No, yo creo que eres tú el que se ha quedado corto.
Vete a Nueva York y haz esas preguntas. Mira a ver qué respuestas te da -Ana
miró hacia su marido-. Lo único que necesitamos es contratar a alguien una
temporada hasta que estos dos vuelvan a casa.
Horacio
frunció le ceño.
-
¿Y si no vuelven? Entonces todo será para nada.
-
Eso es la mayor tontería que te he oído decir Horacio.
¿Nada? Este rancho ha sido el sueño de tu vida. Esperabas poder pasárselo a tu
hijo, pero también lo querías para ti mismo. Lo has pasado de maravilla
viviendo la vida del rancho y no te atrevas a decir que sólo estabas haciendo
un sacrificio por tu hijo.
Poco a poco,
la expresión de Horacio fue suavizándose.
-
Supongo que tienes razón, Ana. La verdad es que no me
imagino otro sitio para vivir. Por eso no puedo entender que alguien en su sano
juicio quiera irse a vivir a ese nido de ratas que es Nueva York.
-
Cada persona es diferente, pero estos dos volverán, ya
lo veras.
-
Mamá, no puedo hacer ninguna promesa.
Pero Pedro no
pudo evitar barajar unas pocas fantasías. Quizá podría tenerlo todo, unos cuantos
años de aventuras con Paula y una familia y la seguridad allí en Coppervile con
la única mujer a la que quería. Pero a Paula podría no interesarle aquel plan.
Después de todo, le había devuelto el colgante.
-
No tienes que hacernos ninguna promesa -dijo su madre-.
Pero supongo que tendrás que hacerle alguna a Pau.
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Sigue →
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