jueves, 6 de febrero de 2014

Capítulo 29.


29

          Pedro hubiera deseado que los hermanos Blakely hubieran empezado a vapulearlo en cuanto desaparecieron de la vista de Paula. Una bonita pelea hubiera sido mejor a lo que estaba pasando en el Ore Cart.

          Se sentía abotargado, lo que era otra razón para preferir sentir algo, al menos saber que estaba vivo. Pero no la empezaría él. Debería sentir un profundo dolor por haber perdido a Paula, pero el dolor no había empezado todavía.

-          Te toca -dijo Hammer, que acababa de arrancar los dardos del tablero y se los pasó con las puntas hacia afuera.

          Pedro los tomó y miró a Hammer con estoicismo cuando una de las puntas se le clavó en la palma.

-          ¡Ah! ¿Te clavé el dardo? Lo siento.

-          No te preocupes.

-          Vigila donde pone los pies -dijo Dozer-. Un tipo como él podría pasarse la raya para sacar ventaja.

-          No dejo de vigilarlo -dijo Gonzalo.

          Pedro apretó la mandíbula y tiró los dardos. Sentía que los hermanos lo estaban probando, intentando que se desplomara, si los retaba empezando una pelea o abandonando el bar, habría perdido su amistad para siempre. Si se quedaba y aguantaba, con el tiempo lo perdonarían.

          Por desgracia estaba empezando a ganar la partida. Tirar dardos le estaba sentando de maravilla, aunque hubiera preferido estar en un campo de fútbol.

          A propósito, desafinó la puntería en el lanzamiento

-          ¡Eh, playboy! -exclamó Dozer-. Estás perdiendo la concentración.

-          No me extraña -se mofó Gonzalo- El chico tiene muchas cosas en la cabeza. No me extraña que lleve todo el verano perdiendo al póquer.

-          Todavía no puedo creerlo -esa vez fue Fede, que de todos los hermanos parecía más dolido que enfadado- No puedo creer que jugaras todos los miércoles con nosotros como si tal cosa.

-          Te hace perder la confianza en los amigos, ¿verdad?

          Esa vez fue Hammer el que soltó la pulla.

          Pedro tiró su último dardo en medio de la diana y se dio la vuelta para enfrentarse a los hermanos. Al mirarlos, le asaltó la pena. Nada volvería a ser lo mismo.

-          Lo siento -dijo con suavidad.

          Ellos le devolvieron la mirada en silencio hasta que habló Fede.

-          ¿Te habrías casado con ella si no fuera a irse a Nueva York?

          Pedro no vio nada malo en decir ya la verdad.

-          Sí.

          Gonzalo lanzó un bufido de impaciencia.

-          Y entonces, ¿por qué diablos no haces que se quede?

-          No creo que pueda.

-          Podrías -dijo Gonzalo-. Ella puede aparentar que es una de esas mujeres que se divierten con lo primero que encuentran y después se olvidan, pero no lo es. Siempre pensamos que se enamoraría hasta el alma del primer chico con el que hiciera el amor, porque no es del tipo de las que se toman el sexo con ligereza, por mucho que ella diga. Esa es la principal razón por la que la hemos estado protegiendo todo el tiempo. Podría quedar destrozada si cayera con el tipo equivocado.

-          Quizá yo sea el tipo equivocado.

          Hammer apuró su jarra de cerveza y la posó en la barra con un fuerte golpe.

-          Quizá. No creas que me vuelve loco tener a un mentiroso hijo de perra por cuñado.

-          No, él no nos ha mentido exactamente -lo defendió Fede.

-          No, se trata más de traicionar la confianza de los amigos. Eso no es bueno, pero te digo que es probable que Pau haya perdido el corazón por ti. Creo que debes convencerla de que se quede en casa y se case contigo, Peter. Es la única solución -aseguró Gonzalo.

-          Pedro consideró la idea y, por un instante, la esperanza brilló en su corazón. Sabía que Pau lo amaba. Si siquiera le hubiera dado una sola indicación de que realmente no quería ir a Nueva York... Pero no lo había hecho.

          Dio un largo sorbo.

-          Tienes razón. Pero no creo que pueda hacerlo. Toda su vida me ha hablado de dejar este pequeño pueblo detrás y experimentar la excitación de vivir en una gran ciudad. Siempre me culparía por no haber realizado su sueño.

          Él lo sabía muy bien. A pesar de lo mucho que quería a sus padres, no conseguía borrar cierto resentimiento cuando pensaba en cómo lo habían atrapado en el rancho.

-          Maldición. Tienes algo de razón -Gonzalo miró al suelo-. Odio esto. Si fueras otro tipo, lo pasaría de maravilla rompiéndote la cara.

-          Hazlo.

-          No podemos pegarte, Peter -intervino Fede-. No, después de haber dicho que lo sientes y que te casarías con ella si supieras que saldría bien.

-          Quizá saliera bien -intervino Dozer-. Quizá después de una temporada se olvidara de ese sueño de la gran ciudad. Es como el sofá que quería Cindy, pensaba que se moriría si no lo compraba, pero no podíamos permitírnoslo. Entonces, se quedó embarazada y se olvidó del maldito sofá.

          La sonrisa de Pedro fue triste.

-          Me gustaría que tuvieras razón, Dozer, pero he oído a Pau hablar de esto durante años. Vosotros tenéis reconocimiento con vuestro fútbol y ella se siente ensombrecida la mayor parte del tiempo.

-          ¿Esa idea ha sido por nosotros?

-          De alguna manera sí. Como nadie de su familia había hecho una cosa remotamente parecida, eso le traería el respeto de los demás. Creo que necesita irse.

-          No puedo creer que esté celosa de nosotros, cuando ella ha sido la más inteligente y ha sacado siempre sobresalientes.

-          Pero sacar un sobresaliente no hace que salga tu foto en los periódicos como cuando ganas un partido de fútbol. Ella está muy orgullosa de todos vosotros, pero quiere su granito de fama. Eso es todo.

          Gonzalo se frotó la mandíbula.

-          Pareces conocerla muy bien.

          Hammer se aclaró la garganta.

-          Un poco demasiado bien, si quieres mi opinión. ¿Por qué no le dijiste que no, Pedro?

-          Debería haberlo hecho. Dios sabe que debería Pero ella parecía tan resuelta a conseguirlo... Y estaba pensando en Donny Beauford.

-          ¡Dios salve a América! -exclamó Hammer-. ¿Beauford?

-          Desde luego yo prefiero diez veces antes a Pedro que a Beauford -comentó Fede-. Mejor dicho, cien veces. Supongo que antes o después lo haría con alguien.

-          Eso ya lo sabíamos -declaró Gonzalo- pero queríamos estar seguros de que fuera el tipo adecuado.

-          Yo me he estado preguntando algo -dijo Pedro con intriga-. ¿Cómo pensabais vigilarla cuando estuviera en Nueva York?

          Gonzalo sonrió.

-          Nos hemos hecho una fotografía especial que pensábamos regalarle de despedida. Hicimos que el fotógrafo se arrodillara y alzara la cámara, así que se nos ve enormes.

-          Íbamos a pedirle que la colocara en la mesilla para que recordara a su familia -explicó Dozer-. Cualquier tipo que la viera podría pensárselo dos veces, sobre todo si le hacíamos alguna visita sorpresa de vez en cuando.

          Pedro sacudió la cabeza.

-          Sorprendente.

-          Está claro que no tendríamos que habernos molestado tanto -meditó Gonzalo- Si miramos la parte positiva de este desastre, puede que Pedro nos haya hecho un favor.

          Hammer miró con furia a Pedro.

-          Eso no me lo creo.

-          Piénsalo -prosiguió Gonzalo-. Ya sabes cómo es Pau cuando se lanza a por algo o alguien. Como un pequeño buldog. Si está enamorada de Peter, no se interesará por ninguno de esos buitres de ciudad.


          Pedro pensó que era de lo mejor que había escuchado en toda la noche aunque no cambiara el hecho de que Paula fuera a irse y su vida quedaría vacía. Así que, si quería conservar la cordura, tendría que empezar a imaginarse la vida sin Paula. 













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